Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 6 — La habitación imposible #2
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Capítulo 6 — La habitación imposible #2

La casa había adquirido un silencio distinto.

No era el silencio normal de una propiedad después de que el servicio se retirara, sino uno producido por saber exactamente cuántas personas permanecían dentro y empezar a imaginar dónde podía encontrarse cada una.

El reloj del vestíbulo marcaba las once y cuarto cuando Delacroix pasó junto a él.

Miró la esfera de manera casi automática.

Gabriel lo vio.

—Funciona bien.

—Eso dicen todos los relojes hasta que llegan las preguntas.

La escalera absorbió sus pasos. Al llegar a la galería superior, Delacroix se detuvo.

—Desde aquí, ¿se oía la cena?

Gabriel miró hacia abajo.

—En ocasiones.

—¿Palabras?

—No. Voces.

Vauclair señaló el corredor.

—Con la puerta del comedor abierta, quizá algo más.

—Aquella noche, ¿estaba abierta?

Gabriel pensó.

—No recuerdo.

Delacroix sonrió débilmente.

—Estamos mejorando.

Continuaron hasta la Chambre des Tilleuls.

Gabriel abrió con la llave original, pero Delacroix le pidió que no girara más de lo imprescindible. El metal ofreció una leve resistencia antes de mover el pestillo.

—¿Ha notado eso?

—Sí.

Entraron.

La habitación seguía exactamente como la habían dejado horas antes, aunque la noche había eliminado el jardín de las ventanas y las había convertido en superficies negras.

Delacroix encendió otra lámpara sobre el escritorio.

La luz se concentró en el centro de la estancia y dejó los rincones más oscuros.

—Cierre la puerta —dijo.

Gabriel obedeció.

—Ahora con llave.

Gabriel lo miró.

—¿Con esta?

—Despacio.

Envolvió parcialmente el aro con el pañuelo antes de entregársela.

Gabriel introdujo la llave y comenzó a girarla.

La cerradura se endureció al final del movimiento.

—Ahí.

—Sí.

—No fuerce.

El pestillo terminó de entrar.

Delacroix se acercó.

La llave quedó colocada desde dentro, exactamente como había quedado aquella noche.

La observó.

Nada extraordinario.

Una puerta cerrada.

Una pieza de metal.

Una habitación.

Eso era lo que convertía algunos misterios en verdaderamente difíciles: no parecían estar haciendo nada.

—Ahora la puerta está exactamente como cuando encontraron a Héloïse.

Gabriel miró la llave.

—Sí.

—¿Excepto por el daño producido al forzarla?

—La estructura se reparó. La cerradura es la misma.

Delacroix tomó el picaporte.

No se movió más allá del juego normal.

—Ventanas.

Vauclair fue hacia una.

—Estaban así.

Bajó el pestillo.

Después la otra.

Delacroix comprobó ambos.

Mecanismos antiguos, sencillos y sólidos. Para abrirlos había que estar dentro.

—¿Pudo alguien cerrarlos desde fuera?

Gabriel negó.

—No.

—¿Lo intentó la policía?

—Sí.

—¿Con algún hilo, herramienta, mecanismo?

—Todo eso.

—¿Resultado?

—Nada.

Delacroix abrió una ventana. Una ráfaga húmeda entró inmediatamente, moviendo la cortina y trayendo olor a tierra.

Se inclinó hacia fuera. La pared descendía casi lisa hasta el jardín.

Había una moldura estrecha entre plantas, insuficiente para caminar sobre ella con sensatez; un acróbata desesperado podía quizá intentarlo, pero no cerrar después los pestillos interiores.

—¿Tejado?

—Demasiado arriba.

—¿Árbol?

—Ninguno llega a las ventanas.

Delacroix volvió a cerrar.

Después fue hacia la chimenea.

—¿Cuándo se encendió por última vez antes de la muerte?

Gabriel pensó.

—Aquella tarde.

—¿Por qué no por la noche?

—No hacía suficiente frío. Héloïse dijo que la habitación estaba cargada.

Delacroix se agachó y examinó el conducto con la lámpara. Era demasiado estrecho. No había nada que discutir.

—Paredes.

Gabriel casi sonrió.

—Las medí.

—Naturalmente.

—No hay huecos.

—¿Durante la restauración?

—Abrimos buena parte de los revestimientos. Conozco esta casa mejor que quien la construyó.

—Eso suele ocurrir con los arquitectos y los matrimonios. Quien llega después descubre cosas que el primero prefería ignorar.

Gabriel no respondió.

Delacroix recorrió las paredes, golpeó algunos puntos por mera disciplina y examinó el armario empotrado.

Ningún panel. Ningún segundo fondo capaz de ocultar a una persona adulta.

Debajo de la cama, nada. Tras las cortinas, nada.

El dormitorio ofrecía exactamente la clase de imposibilidad que las buenas habitaciones cerradas necesitaban: una falta casi ofensiva de imaginación arquitectónica.

—¿Había alguien escondido cuando Héloïse entró? —preguntó Vauclair.

Gabriel lo miró.

—La policía lo descartó.

—¿Cómo?

—No había dónde.

Delacroix abrió el armario.

—Una persona podría esconderse aquí.

Gabriel negó.

—La puerta estaba abierta cuando entramos.

—Eso no impide que alguien hubiera estado antes.

Vauclair se tensó.

—Entonces seguimos necesitando explicar cómo salió.

Delacroix asintió.

—Exactamente.

Cerró el armario.

La pregunta regresaba siempre.

Salir.

Todo el caso parecía haberse construido alrededor de ese verbo.

Delacroix fue hasta el punto donde habían encontrado el cuerpo.

—Doctor. Otra vez.

Vauclair se colocó junto a la alfombra.

—Héloïse estaba de costado. El torso aquí. La cabeza aproximadamente aquí. El brazo derecho extendido.

—¿Hacia la mesa?

—Sí.

—¿La jarra?

Vauclair señaló.

—Rota entre la mano y la pata de la mesa.

—¿Agua?

—En la alfombra.

—¿Vaso?

—También roto.

Gabriel frunció el ceño.

—Pensaba que el vaso no se había roto.

Vauclair lo miró.

—Sí.

—No.

—Gabriel, vi el suelo.

—Yo también.

Delacroix levantó una mano.

—¿Fotografías?

Gabriel señaló la carpeta que Delacroix todavía llevaba bajo el brazo.

Sacaron varias.

Una mostraba el dormitorio desde la puerta antes de retirar el cuerpo. La imagen era gris, granulada, pero suficiente.

Había cristales.

No resultaba fácil distinguir qué piezas pertenecían a una jarra y cuáles a un vaso.

Delacroix acercó la fotografía a la lámpara.

—¿Quién recogió los fragmentos?

—La policía —dijo Gabriel.

—¿Se conservaron?

—No todos.

—¿La jarra?

—Creo que sí durante unos días.

—¿Y después?

Gabriel negó.

—No sé.

Delacroix siguió mirando.

—¿La mano derecha de Héloïse estaba sobre los cristales?

Vauclair se acercó.

—Cerca.

—No he preguntado cerca.

El médico estudió la imagen.

—No. Por encima de algunos pequeños.

—¿Sangre en los cristales?

Vauclair tardó.

—No recuerdo.

—¿En la alfombra?

—Una cantidad mínima junto a la mano.

—¿La herida estaba en la palma?

—No.

Vauclair tocó nuevamente la base del pulgar.

—Aquí, hacia el lateral.

Delacroix miró su propia mano.

Después la llave envuelta sobre el escritorio.

—Descríbala.

—Superficial. Quizá tres o cuatro milímetros. No era una laceración importante.

—¿Recta?

—Más o menos.

—¿Había otras heridas en la mano?

—Una abrasión menor en un dedo, si recuerdo bien.

—¿Vidrio incrustado?

Vauclair cerró los ojos, esforzándose.

—No.

—¿Lo buscó?

La irritación apareció de nuevo.

—No realicé una disección de una herida que parecía producida por una caída sobre cristal.

—Eso no responde.

Vauclair lo miró.

—No de manera específica.

Delacroix asintió.

—¿Y qué le hizo pensar que esa herida era del cristal?

El médico señaló la fotografía.

—Había una jarra rota a treinta centímetros.

—Eso explica proximidad.

—También explica causalidad de forma razonable.

—Puede.

—¿Qué quiere que diga?

—Lo que sabe. No lo que resultaba razonable.

Vauclair endureció la mandíbula.

—Sé que tenía una pequeña herida en la base del pulgar. Sé que había cristal roto cerca. Sé que no había señales de agresión. A partir de ahí hice una inferencia.

—Bien.

La palabra pareció desarmarlo.

Delacroix continuó:

—Eso es exactamente lo que necesitaba.

Vauclair lo miró con desconfianza.

—¿No piensa acusarme de negligencia?

—Todavía no tengo suficiente información para arruinarle la noche de manera tan específica.

Gabriel apoyó una mano sobre el escritorio.

—¿La herida pudo hacerla la llave?

Vauclair miró hacia la pieza envuelta.

—Pudo.

Gabriel respiró.

—Entonces…

—También pudo hacerla el cristal —añadió el médico—. O un alfiler. O una astilla metálica. O cualquier otra cosa. Una lesión pequeña no explica por sí misma una muerte.

Gabriel se quedó callado.

Delacroix miró la llave.

—¿La examinó aquella noche?

Vauclair negó.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Porque estaba en la cerradura.

—Y la puerta estaba cerrada desde dentro.

—Lo recuerdo.

—Precisamente por eso nadie la consideró un arma.

Delacroix levantó los ojos.

La frase fue tan sencilla que permaneció suspendida entre los tres.

Nadie la consideró un arma.

No porque alguien hubiera demostrado que no lo era.

Porque cumplía otra función dentro de la historia.

Demostrar que Héloïse había cerrado la puerta.

Delacroix no dijo nada.

Vauclair pareció darse cuenta de la fuerza involuntaria de sus propias palabras.

—No he dicho que lo fuera.

—Yo tampoco.

Gabriel estaba mirando la llave como si acabara de cambiar de forma.

Delacroix se acercó a la cerradura.

—Cuando Héloïse entró, ¿la llave estaba ya puesta por dentro?

Gabriel pensó.

—Normalmente sí.

—¿Normalmente?

—La dejaba allí durante el día cuando estaba en la casa.

—¿Y cualquiera podía tocarla?

—Sí.

—¿Sacarla?

—Sí.

—¿Llevarla abajo y volver a ponerla?

—Supongo.

—¿La puerta se cerraba desde fuera con la misma llave?

—Sí.

—Entonces no era una llave exclusivamente interior.

—No.

Delacroix la retiró con el pañuelo y examinó nuevamente la zona marcada.

—¿La policía comprobó si encajaba correctamente?

—Claro.

—¿Registró las marcas?

Gabriel tomó una de las fotografías.

—Aparecen, pero nadie les prestó atención.

—¿Por qué?

—Porque parecían desgaste.

—¿Y usted por qué dejó de creerlo?

Gabriel miró su pulgar.

—Porque me cortó.

Delacroix no respondió.

Fue hasta el tocador.

—¿Héloïse tenía medicamentos?

Vauclair contestó.

—Nada importante.

—¿Qué es importante para un médico?

—Nada que explicara una muerte.

—¿Sedantes?

—Un preparado suave ocasional para dormir.

—¿Dolores?

—Algún analgésico corriente.

—¿Corazón?

—No.

—¿Problemas previos?

—No conocidos.

—¿Había sido paciente suya mucho tiempo?

—Desde la adolescencia.

Gabriel intervino.

—Era sana.

Vauclair lo miró.

—Sí. En términos generales.

—No tenía enfermedad cardíaca.

—No diagnosticada.

—Nicolas.

—No puedo afirmar lo que no sé.