Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 6 — La habitación imposible
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Capítulo 6 — La habitación imposible

Gabriel fue el primero en mirar la puerta del salón.

Después lo hicieron todos los demás.

El movimiento resultó tan simultáneo que Delacroix habría encontrado cierta comicidad en él si no hubiese acabado de escuchar a un hombre afirmar que una pieza posiblemente relacionada con una muerte inexplicable había desaparecido dentro de una casa cuya puerta principal él mismo había cerrado menos de dos horas antes.

Thibault fue hacia el vestíbulo sin esperar instrucciones; Corbin se levantó con el maletín pegado a la pierna; Vauclair miró a Constance, después a Mariette y finalmente a Gabriel, como si esperara que alguno de ellos tuviese la decencia de admitir inmediatamente una broma.

Nadie lo hizo. La caja seguía abierta sobre el escritorio, mostrando un interior de terciopelo demasiado limpio para contener otra cosa que ausencia.

—Nadie sale de esta habitación —dijo Gabriel.

Thibault se detuvo junto a las puertas.

—Hace diez minutos tampoco podíamos salir de la casa. A este ritmo, antes de medianoche solo podremos mover los ojos.

—La llave estaba ahí.

—Lo hemos entendido.

—Alguien la ha cogido.

—Eso no lo sabemos —dijo Delacroix.

Gabriel se volvió hacia él.

—La vi esta tarde.

—Eso tampoco demuestra que alguien la haya cogido.

—La guardé yo mismo.

—¿Cuándo?

Gabriel abrió la boca.

La cerró.

Delacroix esperó.

—Por la tarde.

—La tarde es una unidad de tiempo excelente para una merienda y bastante mediocre para una investigación.

—Antes de que llegara usted.

—¿Inmediatamente antes?

—No sé. Quizá una hora.

—¿Había alguien más en la casa?

—El servicio.

—¿La caja estaba en este cajón?

—Sí.

—¿Cerrado?

—Sí.

—¿La llave del cajón?

Gabriel levantó el pequeño llavero que todavía sostenía.

—Conmigo.

—¿Todo el tiempo?

Otra pausa.

Thibault sonrió sin ganas.

—Empiezo a reconocer el método.

Gabriel lo ignoró.

—La mayor parte.

—No le he preguntado por la mayor parte.

—No recuerdo haber dejado el llavero en ninguna parte.

—Eso ya es distinto.

Gabriel miró otra vez la caja.

—Armand, la llave estaba aquí.

—Y puede seguir estando en alguna parte mucho menos emocionante.

—¿Dentro de un cajón vacío?

—No. Dentro de su propia memoria.

La frase lo irritó.

—No estoy confundido.

—Lleva cinco meses durmiendo mal, ha organizado una reunión clandestina, ha enviado amenazas individualizadas a media familia de su prometida, ha cerrado una casa con diez personas dentro y lleva desde que llegué mirando el reloj como si esperara que explotara.

Le concedo el derecho a estar confundido al menos una vez.

Thibault soltó una risa.

Gabriel no.

—La guardé aquí.

—Perfecto. Entonces vamos a reconstruir algo ocurrido esta tarde antes de seguir reconstruyendo octubre.

Delacroix cerró la caja, no el cajón, y apoyó una mano sobre el escritorio.

—¿Qué hizo con la llave la última vez que la vio?

Gabriel frunció el ceño.

—La saqué.

—Eso ayuda.

—Quería comparar unas marcas con una fotografía del informe.

—¿Qué marcas?

—Las que mencioné. En el metal.

—¿Dónde tenía la fotografía?

Gabriel miró hacia la caja de documentos que habían llevado al salón.

—En una carpeta.

Delacroix no se movió.

—¿Cuál?

Gabriel señaló una de color gris.

Mariette, que estaba más cerca, se inclinó para tomarla.

—No —dijo Delacroix.

Ella retiró la mano inmediatamente.

—No porque desconfíe de usted. Porque en este momento todos están bastante deseosos de tocar cosas que después necesitaremos recordar quién tocó.

Tomó él mismo la carpeta y la llevó al escritorio.

Dentro había fotografías de la puerta, la cerradura, la habitación después de que el cuerpo hubiera sido retirado y varios primeros planos de objetos que la policía consideró suficientemente interesantes para fotografiar antes de decidir que no eran interesantes en absoluto. Gabriel se acercó.

—Esa.

Señaló una fotografía de la llave sobre una regla graduada.

Delacroix la extrajo.

—¿Qué hizo?

—Puse la fotografía aquí.

Gabriel tocó el escritorio.

—Saqué la llave de la caja.

—¿Y?

—La comparé.

—¿Con qué?

—Con las marcas de la fotografía. Quería asegurarme de que no las había imaginado después.

—¿Las marcas aparecían?

—Muy poco.

—¿Después?

Gabriel miró la fotografía.

Su expresión cambió ligeramente.

—Morel entró.

—¿Para qué?

—No recuerdo.

—Inténtelo.

—Creo que para decirme que el coche del señor Delacroix había cruzado la verja.

Delacroix observó la carpeta gris.

—¿Y entonces?

Gabriel no contestó.

La irritación empezó a convertirse en duda.

Thibault se apartó de la puerta.

—Oh, no.

Gabriel lo miró.

—¿Qué?

—La guardaste en otro sitio.

—No.

—Vas a haber cerrado a nueve personas en una casa porque no recordabas dónde habías puesto una llave.

—Cállate.

Delacroix pasó las páginas de la carpeta.

Entre dos hojas mecanografiadas había un pequeño sobre de papel grueso sin ninguna anotación exterior. Lo tomó por los bordes y miró a Gabriel.

El hombre palideció.

—No.

—Una reacción poco alentadora para su seguridad anterior.

Abrió el sobre.

La llave cayó suavemente sobre el escritorio.

Durante un instante nadie dijo nada.

Después Thibault se sentó en el brazo de un sillón y empezó a reír.

No fue una carcajada cruel. Fue el tipo de risa que aparece cuando la tensión ha subido demasiado y necesita escapar por algún sitio antes de convertirse en otra cosa.

Éliane se cubrió la boca.

Incluso Olivier sonrió.

Geneviève no.

—Esto es ridículo.

Gabriel permanecía inmóvil delante de la llave.

—Yo…

—La puso en el sobre —dijo Delacroix— cuando Morel le avisó de mi llegada. Probablemente pensó devolverla a la caja después.

Gabriel se pasó una mano por la cara.

—No lo recuerdo.

—Ahora sí tenemos algo útil.

—¿Útil?

Delacroix lo miró.

—Hace menos de seis horas que ocurrió y estaba completamente seguro de recordar otra cosa.

La risa desapareció.

Gabriel entendió.

Delacroix miró a los demás.

—Quiero que recuerden este momento la próxima vez que alguno me diga que está absolutamente seguro de dónde estaba una persona cinco meses atrás a las diez y diecisiete de la noche.

Nadie discutió.

Thibault levantó una mano.

—¿Puedo recordar también que casi nos registramos mutuamente por una llave que él había guardado en una carpeta?

—Eso dependerá de cuánto cariño conserve por sus dientes.

Thibault sonrió.

Gabriel no.

—Lo siento.

Delacroix volvió a mirar la llave.

—No se disculpe conmigo. Ha demostrado mejor que yo una de las cosas que intentaba explicar.

—No tiene gracia.

—No he dicho que la tenga.

Tomó un pañuelo limpio del bolsillo y, con él, levantó la llave.

Era de tamaño corriente, fabricada en latón oscuro, con una pala sencilla y un aro ovalado ligeramente aplanado por décadas de uso. A simple vista no tenía nada extraño. Delacroix la acercó a la lámpara del escritorio.

Gabriel señaló.

—Ahí.

—¿Dónde?

—En el interior del aro.

Delacroix inclinó la pieza.

Había pequeñas marcas.

No una incisión evidente. Nada que pudiera verse desde dos pasos de distancia. Apenas irregularidades en el metal, un sector donde la superficie parecía menos redondeada y más áspera que en el resto.

—¿Esto es lo que encontró?

—Sí.

—¿Cuándo?

—En enero.

—Tres meses después.

—Algo así.

—¿Por qué utilizó la llave entonces?

Gabriel tardó un poco.

—Entré en la habitación.

—Ya podía entrar.

—Sí.

—Entonces.

Gabriel miró hacia los demás, incómodo.

—Había empezado a guardar allí algunas cosas de Héloïse. Cartas. Ropa. No quería que el servicio entrara sin avisar. Cerré desde fuera al marcharme y, cuando intenté girar, la llave se trabó un poco.

Éliane levantó la vista.

—Como dijo Héloïse.

Gabriel asintió.

—Sí.

Delacroix sostuvo la pieza bajo la luz.

—¿Se hizo daño?

Gabriel lo miró.

El silencio fue pequeño.

Suficiente.

—Sí.

Vauclair se incorporó.

—¿Qué?

Gabriel extendió la mano derecha.

—Aquí.

Tocó la base del pulgar.

El mismo lugar que Vauclair había señalado al describir la lesión de Héloïse.

Ahora nadie sonreía.

Delacroix no necesitó mirar al médico para saber que también lo había comprendido.

—¿Qué clase de herida? —preguntó.

—Un rasguño.

—¿Sangró?

—Un poco.

—¿Cómo?

—Al girar. Sentí un pinchazo. Miré la mano y había una línea pequeña.

—¿Examinó la llave inmediatamente?

—Sí.

—¿Y vio esas marcas?

—Entonces.

Vauclair se levantó y se acercó.

—Déjeme verla.

Delacroix no se la entregó.

—Después.

El médico lo miró.

—Soy médico.

—Y yo sostengo la llave.

—Esto puede cambiar todo.

—Precisamente.

Vauclair apretó la mandíbula.

Delacroix volvió a mirar a Gabriel.

—¿Le ocurrió algo después?

—¿Después de cortarme?

—Sí.

Gabriel negó.

—Nada.

—¿Mareo?

—No.

—¿Náuseas?

—No.

—¿Dolor?

—Solo la herida.

—¿Cuánto tardó en cerrar?

—La lavé. Ni siquiera le di importancia al principio.

Delacroix asintió.

Era demasiado pronto para convertir la coincidencia en una teoría. Una llave áspera podía cortar. Héloïse había tenido una pequeña lesión cerca de cristales rotos. Gabriel se había hecho otra meses después. Eso era todo.

Pero ya era bastante.

Constance seguía sentada.

No había dicho nada desde que apareció la llave.

Delacroix miró hacia ella solo un instante.

La mujer sostuvo su mirada.

Serena.

—¿Quiere verla? —preguntó él.

Constance negó.

—No sabría qué buscar.

—A veces eso ayuda.

—En su profesión, quizá.

—En la mía casi siempre buscamos demasiado tarde.

Ella no respondió.

Delacroix volvió a envolver la llave en el pañuelo.

—Subimos.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Todos?

—No.

El detective miró a Vauclair.

—Usted.

Después a Gabriel.

—Y usted.

Thibault levantó la mano.

—¿Por qué ellos?

—Porque uno encontró el cadáver y el otro lo examinó.

—Yo forcé la puerta.

—Lo sé.

—Entonces debería ir.

—Después.

Thibault bajó la mano.

—Me siento discriminado.

—Considérelo un descanso.

Delacroix miró a los demás.

—Nadie abandona el salón hasta que volvamos.

Corbin arqueó una ceja.

—¿También va a empezar a cerrar puertas?

Delacroix miró hacia Gabriel.

—No. La moda ya está suficientemente representada.

Subieron los tres.