Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 5 — La versión oficial #4
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Capítulo 5 — La versión oficial #4

—No que supiéramos.

Corbin intervino.

—Había copias de documentos financieros.

—¿La garantía?

—Sí.

Thibault levantó la mirada.

—¿La misma copia?

Corbin dudó.

—No sé.

—Tú la habías leído abajo.

—Sí.

—¿Y después apareció arriba?

Corbin se quedó pensando.

—Podría haber otra copia.

—¿Podría?

—Sí.

Delacroix miró a Gabriel.

—¿Quién recogió los papeles de la biblioteca antes de que Héloïse subiera?

Gabriel negó.

—No lo sé.

—¿Héloïse?

—Probablemente.

—Otra vez.

Gabriel respiró.

—No lo vi.

Delacroix dejó escapar una exhalación lenta.

La investigación policial había hecho algo muy humano: había convertido una noche caótica en una secuencia ordenada después de que todos supieran el resultado.

La mujer se había levantado.

Había subido.

Había cerrado.

Había muerto.

Pero cuanto más intentaban colocar cada gesto en el tiempo, más se deshacía la simplicidad.

—¿Qué ocurrió después de que subiera? —preguntó.

Gabriel respondió.

—Nadie fue inmediatamente detrás.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que intentó verla?

—Quizá una hora.

—¿Por qué?

—Creí que necesitaba estar sola.

—¿Quién sugirió ir finalmente?

Gabriel pensó.

—Yo.

Geneviève negó.

—Fui yo.

—No.

—Dije que llevaba demasiado tiempo arriba.

—Después de que yo preguntara por ella.

Constance habló.

—Creo que fue Éliane quien notó que no había bajado.

Éliane negó.

—No. Yo pensé que se había acostado.

Vauclair observaba la escena con expresión sombría.

—Esto no cambia la causa de muerte.

Delacroix lo miró.

—Todavía no estamos en la causa.

—Entonces ¿qué estamos haciendo?

—Descubriendo cuánto tiempo estuvo sola sin que nadie supiera exactamente cuándo empezó a estarlo.

Vauclair calló.

Delacroix continuó.

—Gabriel, cuando finalmente subió, ¿llamó?

—Sí.

—¿Respuesta?

—Ninguna.

—¿Probó el picaporte?

—Sí.

—Cerrado.

—Sí.

—¿Quién estaba con usted?

—Thibault.

Thibault asintió.

—Yo.

—¿Alguien más?

—Geneviève llegó después.

—Constance también —dijo Geneviève.

Constance negó.

—Más tarde.

Otra discrepancia.

Delacroix no mostró sorpresa.

—¿Intentaron usar otra llave?

Gabriel asintió.

—La copia de servicio.

—¿Funcionó?

—No. La llave de Héloïse seguía puesta desde dentro.

—¿Cómo supieron que estaba puesta?

—Porque la copia no entraba completamente.

—¿Podían verla por el ojo de la cerradura?

Gabriel negó.

—No bien.

—¿Forzaron la puerta inmediatamente?

—Sí.

Thibault corrigió.

—Primero intentamos llamar varias veces.

Gabriel asintió.

—Sí.

—¿Cuánto tardaron en romperla?

—No mucho.

—¿Herramienta?

—Hombro primero. Después una barra pequeña de la zona de servicio.

Delacroix miró a Gabriel.

—¿Dónde estaba esa barra?

—Abajo.

—¿Quién fue a buscarla?

Thibault levantó la mano.

—Yo.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Cuánto tardó?

—No sé.

Delacroix sonrió débilmente.

—Naturalmente.

Thibault también.

—Empiezo a entender el problema.

—Me alegra.

—¿Eso significa que me cae mejor?

—No abuse del progreso.

Reconstruyeron el trayecto.

Desde la puerta de Héloïse hasta la zona donde se guardaban herramientas de servicio.

Thibault bajó.

Regresó.

Casi tres minutos.

Tres minutos en los que Gabriel permaneció junto a una puerta cerrada y otros comenzaban a llegar.

Tres minutos que nadie había considerado importantes.

Delacroix no creía que lo fueran.

Pero ya no daba nada por sentado.

Cuando terminaron, el reloj del comedor marcaba cerca de las once.

Nadie había reparado en el paso del tiempo.

La casa estaba completamente silenciosa.

Afuera, la lluvia había vuelto, ligera pero constante, golpeando los cristales con una insistencia casi discreta.

Delacroix pidió que todos regresaran al salón.

Esta vez nadie protestó.

Algo había cambiado.

No confiaban más en él.

Simplemente empezaban a comprender el método.

Al entrar, Gabriel se acercó al estudio.

—La llave.

Delacroix asintió.

—Ahora sí.

Gabriel fue hasta un escritorio pequeño situado contra la pared y abrió un cajón interior con una llave que llevaba en otro llavero. Sacó una caja estrecha de madera oscura.

La sostuvo un instante.

Delacroix observó sus manos.

Gabriel abrió.

Dentro había un hueco forrado de terciopelo.

Vacío.

Nadie habló.

Gabriel se quedó inmóvil.

Delacroix miró la caja.

Después el cajón.

Después a Gabriel.

—¿La guardaba aquí?

—Sí.

—¿Cuándo la vio por última vez?

Gabriel parecía haber dejado de respirar.

—Esta tarde.

Constance se puso de pie.

Thibault miró alrededor.

Vauclair frunció el ceño.

Gabriel introdujo la mano en el cajón, apartó papeles, abrió otro compartimento, volvió a mirar dentro de la caja como si el objeto pudiera materializarse por insistencia.

—Estaba aquí.

Delacroix no se movió.

—¿Está seguro?

Gabriel levantó la cabeza.

—Completamente.

La habitación entera cambió.

Porque una cosa era descubrir que una llave podía haber sido manipulada cinco meses atrás.

Otra muy distinta era descubrir que alguien acababa de hacerla desaparecer.

Delacroix miró a cada uno de los presentes.

Nadie sonreía.

Nadie hablaba.

Y por primera vez desde que Gabriel había cerrado la puerta principal, la noche dejó de parecer una reconstrucción del pasado.

Algo acababa de ocurrir dentro de Les Ormes.