Capítulo 5 — La versión oficial #3
—¿Cuáles?
—Asuntos patrimoniales.
—¿La garantía?
Corbin no respondió.
—¿La firma de Héloïse?
Silencio.
—¿Sabía usted que no era auténtica?
—No.
Thibault levantó la cabeza.
Corbin lo miró.
La tensión entre ambos fue inmediata.
Delacroix vio más de lo que dijeron.
—¿Quién le llevó el documento?
Corbin respondió.
—No recuerdo.
Thibault soltó una risa breve.
—Ahora sí estamos todos muy olvidadizos.
—Cállate.
El abogado lo dijo sin pensar.
Todos lo miraron.
Corbin cerró los ojos un instante.
—Perdón.
Delacroix se acercó un poco.
—¿Por qué necesita que calle?
—No necesito nada.
—Entonces volvamos a después de la cena.
Corbin endureció el rostro.
—Ya he dicho que no hablé con Héloïse.
—¿Entró en la biblioteca?
—No lo sé.
—Hace cinco minutos dijo que no.
—Y ahora digo que no lo sé.
—Vamos progresando.
Geneviève intervino.
—Sébastien.
Corbin la miró.
Ella no dijo nada más.
No hizo falta.
Aquella mirada contenía demasiados años de confianza profesional.
Corbin respiró.
—Salí del comedor.
Delacroix esperó.
—Fui a la biblioteca.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Quería comprobar un documento.
—¿Cuál?
—Uno que Héloïse había dejado allí.
—¿Qué documento?
Corbin miró a Thibault.
Otra vez.
—Una copia de la garantía.
El silencio se volvió pesado.
Delacroix no apartó los ojos.
—¿La encontró?
—Sí.
—¿Qué hizo con ella?
—Nada.
—¿La leyó?
—Sí.
—¿Y?
Corbin tragó saliva.
—Advertí una irregularidad.
Thibault se puso de pie.
—Sébastien.
—Siéntate.
—No.
—He dicho…
—No me importa lo que hayas dicho.
Delacroix levantó una mano.
—Señor de Mareuil.
Thibault lo miró.
—Siéntese.
—Esto no le concierne.
—Llevamos varias horas demostrando lo contrario.
Thibault permaneció de pie unos segundos más.
Después volvió a sentarse.
Corbin continuó.
—La firma no me pareció… consistente.
—¿Con la de Héloïse?
—Sí.
—¿Y eso ocurrió después de la cena?
—Sí.
—Entonces sí salió.
—Sí.
—¿Y mintió en su declaración original?
Corbin apretó los labios.
—Sí.
La palabra cayó de manera casi física.
Gabriel cerró los ojos.
No con sorpresa.
Con confirmación.
Delacroix vio la reacción.
—¿Por qué?
Corbin miró hacia Geneviève.
Luego hacia Thibault.
—Porque si decía que había ido a revisar aquella garantía después de una discusión sobre falsificación, habría convertido inmediatamente el asunto financiero en el centro de la investigación.
—¿Y quería evitarlo?
—Sí.
—¿Por proteger a Thibault?
—Por proteger a la familia.
Constance levantó la vista.
Corbin añadió rápidamente:
—Y porque en ese momento no creía que tuviera relación con la muerte de Héloïse.
Delacroix sonrió apenas.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La extraordinaria capacidad de todos ustedes para decidir qué podía tener relación con una muerte antes de saber por qué había muerto.
Corbin no respondió.
—¿Cuánto tiempo estuvo en la biblioteca?
—No lo sé.
—¿Cinco minutos?
—Quizá.
—¿Diez?
—No.
—¿Quién puede confirmarlo?
Nadie.
Delacroix miró a Gabriel.
—¿Usted lo vio salir?
—Sí.
—¿Lo vio volver?
Gabriel pensó.
—No.
—¿Alguien?
Silencio.
Corbin se puso rígido.
—Esto es absurdo. No maté a Héloïse.
Delacroix lo miró.
—No he dicho que lo hiciera.
—Lo está insinuando.
—No. Estoy demostrando que la secuencia oficial se construyó sobre una declaración falsa.
La frase apagó la defensa.
Delacroix tomó de nuevo el expediente.
—Y eso cambia algo importante.
Gabriel lo miró.
—¿Qué?
—Hasta ahora teníamos un misterio de habitación cerrada apoyado en la idea de que los movimientos de todos antes de la muerte eran conocidos.
Cerró la carpeta.
—No lo eran.
La habitación quedó en silencio.
Delacroix se volvió hacia la silla vacía de Héloïse.
—Ahora quiero saber exactamente cuándo subió.
Éliane frunció el ceño.
—Ya hemos dicho que no estamos de acuerdo.
—Por eso.
—¿Cómo piensa averiguarlo?
Delacroix miró el corredor.
—Por la misma razón por la que sabemos que Corbin mintió.
Thibault arqueó una ceja.
—¿Alguien lo vio?
—Quizá.
Miró a Mariette.
Ella se tensó.
—Señora Besson.
—Sí.
—Aquella noche usted servía.
—Sí.
—Después de retirar parte de la mesa, ¿adónde fue?
Mariette bajó la mirada.
—A la cocina.
—¿Toda la noche?
Silencio.
Gabriel la miró.
Ella no respondió.
Delacroix esperó.
—No.
—¿Adónde fue?
Mariette levantó la vista.
—No tiene que ver con la señorita Héloïse.
—Eso ya lo ha dicho.
—Y sigue siendo verdad.
—Puede ser.
—Entonces déjelo.
—No puedo.
Mariette apretó las manos.
—¿Por qué?
—Porque si estuvo en algún punto del corredor o de la planta superior durante el intervalo que estamos reconstruyendo, puede haber visto a alguien.
La mujer palideció.
Constance la observó.
Geneviève también.
—No vi nada —dijo Mariette.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso no es lo mismo que no haber estado allí.
Mariette no respondió.
Éliane miró hacia ella con algo parecido a compasión.
Thibault, en cambio, parecía cada vez más atento.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó.
Mariette lo fulminó.
—Nada que le importe.
—Si estabas revolviendo nuestras habitaciones…
—Thibault —dijo Constance.
—¿Qué? Llevaba meses desapareciendo cosas.
Mariette se puso de pie.
—Cállese.
El tono sorprendió a todos.
Thibault también.
La mujer estaba pálida, pero por primera vez no parecía insegura.
—No vuelva a hablarme como si todavía trabajara para usted.
El silencio fue inmediato.
Thibault abrió la boca.
La cerró.
Constance miró a Mariette con una atención distinta.
Delacroix intervino.
—No necesitamos resolver esto ahora.
Mariette lo miró.
—Entonces no me pregunte.
—La volveré a preguntar después.
Ella respiró.
—Lo sé.
—Bien.
Delacroix giró hacia los demás.
—Volvamos a Héloïse.
Reconstruyeron otra vez la secuencia.
La discusión.
Thibault saliendo.
Éliane levantándose.
Corbin desapareciendo hacia la biblioteca.
Gabriel hablando con Héloïse cerca de la escalera.
Y entonces apareció una nueva contradicción.
Olivier insistía en que Héloïse había subido con una carpeta roja.
Éliane recordaba una carpeta azul.
Gabriel no recordaba color.
Constance dijo que era marrón.
Thibault soltó una carcajada.
—Podemos detener la investigación. Claramente la asesinó un fabricante de papelería.
Delacroix lo ignoró.
—¿Importa la carpeta?
Olivier negó.
—No lo sé.
—Entonces todavía no.
Pero había algo más.
Si Héloïse subió con documentos, alguien pudo haberlos manipulado antes.
Si no subió con ellos, entonces parte de la historia cambiaba.
Delacroix miró a Gabriel.
—¿Dónde encontró la carpeta cuando entró después de forzar la puerta?
—Sobre el escritorio.
—¿Abierta?
—Sí.
—¿Papeles dentro?
—Sí.
—¿En orden?
—No lo sé.
—¿Faltaba algo?