Capítulo 5 — La versión oficial #2
Cada versión añadía algo y deformaba otra cosa.
Corbin recordaba una discusión jurídica sobre autorizaciones.
Olivier insistía en que Héloïse no comprendía el daño que una auditoría abrupta podía provocar a la empresa.
Éliane recordaba menos palabras económicas y más el tono: Héloïse parecía cansada, no furiosa.
Constance recordaba una frase que nadie más había mencionado: que Héloïse estaba dispuesta a perder dinero si eso era lo que costaba dejar de participar en una mentira.
Thibault fue el último.
—¿Qué quiere que diga?
—Lo que recuerde.
—Recuerdo que mi hermana decidió anunciar delante de todos que yo era un inútil.
Geneviève cerró los ojos.
—Thibault.
—No estoy dramatizando. Eso es lo que sentí.
—No he preguntado qué sintió.
—Entonces va a perderse la mitad de la noche.
Delacroix lo miró.
—Eso me temo.
Thibault bajó la vista hacia la mesa.
—Me dijo que había usado su firma.
Nadie se movió.
—¿Lo había hecho?
—Ya hablaremos de eso.
—Ya estamos hablando.
—No ahora.
Delacroix no insistió.
—¿Qué respondió?
—Que no sabía de qué hablaba.
—¿Era verdad?
Thibault sonrió sin humor.
—No.
Geneviève palideció.
Constance no levantó la cabeza.
Delacroix registró el dato sin convertirlo todavía en espectáculo.
—¿Qué ocurrió después?
—Le pedí que viniera conmigo al salón pequeño. Quería explicarlo.
—¿Fue?
—No.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Unos minutos.
—¿Y después?
Thibault miró el asiento vacío.
—Me dijo que el lunes dejaría de cubrirnos.
—¿Usó esa palabra?
—No sé.
—Entonces.
—Dijo que no iba a seguir pagando nuestros errores.
—¿Nuestros o sus?
Thibault levantó la mirada.
—Míos.
La confesión se quedó en la mesa.
Delacroix no la empujó.
Aún no.
—¿Y luego Héloïse se levantó?
—Sí.
Éliane negó.
—No inmediatamente.
Thibault se volvió.
—¿Otra vez?
—Después de hablar contigo, se quedó unos minutos más.
—No.
—Sí.
—Yo salí primero.
—Exactamente.
Delacroix intervino.
—¿Usted salió?
Thibault se dio cuenta demasiado tarde.
—Sí.
—Eso no apareció antes.
—No me preguntó.
—Acabo de preguntar por la secuencia.
—Fui al fumoir.
—¿Solo?
Thibault miró hacia Éliane.
Ella se puso tensa.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé. Cinco minutos.
—¿Volvió?
—Sí.
—¿Héloïse seguía sentada?
Thibault dudó.
—Creo que no.
Delacroix miró a Éliane.
—¿Usted salió?
Ella no respondió inmediatamente.
—Más tarde.
—¿Hacia dónde?
—Al corredor.
—¿Por qué?
—Necesitaba aire.
Thibault sonrió.
—Dentro de la casa.
Éliane lo fulminó con la mirada.
—No todo el mundo necesita fumar para justificar salir de una habitación.
Delacroix intervino antes de que el intercambio se volviera más útil de lo necesario.
—¿Vio a Héloïse?
Éliane se quedó quieta.
—Sí.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Dónde?
—En el corredor.
—¿Antes de que subiera?
—Creo que sí.
—¿Cree?
—Sí.
—¿Hablaste con ella?
—Un momento.
Gabriel se inclinó hacia delante.
—Entonces tú fuiste la última.
—No lo sé.
—Me dijiste esta tarde que no.
—Porque no sé si fue después de ti.
Gabriel miró a Delacroix.
—Yo hablé con Héloïse junto a la escalera.
—¿Antes o después de Éliane?
—Después.
Éliane negó.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo.
—¿Cómo?
Gabriel abrió la boca.
Se detuvo.
Delacroix vio el problema.
—¿Había un reloj?
Gabriel lo miró.
—En el vestíbulo.
—¿Lo miró?
—No.
—Entonces no puede saberlo por la hora.
—No.
—¿Por algo que ocurrió entre ambas conversaciones?
Gabriel pensó.
—Corbin salió del salón.
Todos miraron al abogado.
Corbin se quedó inmóvil.
—No.
Gabriel frunció el ceño.
—Sí.
—Yo no salí.
—Te vi.
—No.
Delacroix sintió la primera grieta real.
No una discrepancia de memoria.
Una negación inmediata.
—Maître Corbin.
El abogado lo miró.
—¿Sí?
—Según su declaración original, permaneció en el salón después de la cena hasta que Gabriel pidió ayuda porque Héloïse no respondía.
—Correcto.
—¿Y mantiene eso?
—Sí.
Gabriel lo miraba con incredulidad.
—Saliste.
—No.
—Te vi cruzar el vestíbulo.
—Estás confundido.
—No.
Olivier intervino.
—Yo también recuerdo que salió.
Corbin se volvió hacia él.
—¿Cuándo?
—Después de la discusión.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que saliste.
Corbin respiró lentamente.
—Pude ir al lavabo.
Delacroix lo miró.
—Hace diez segundos dijo que no salió.
—Dije que no abandoné el salón de manera significativa.
Thibault soltó una carcajada.
—Eso sí es de abogado.
Corbin lo ignoró.
—No recuerdo cada desplazamiento menor.
—Pero recordó suficiente como para declarar que permaneció aquí —dijo Delacroix.
—Porque era sustancialmente cierto.
—Una expresión admirable.
Corbin apretó los labios.
Delacroix no levantó la voz.
—¿Adónde fue?
—No lo recuerdo.
—Sí lo recuerda.
—No.
—Maître Corbin.
—He dicho que no.
Delacroix se quedó mirándolo unos segundos.
Después caminó hacia la puerta del comedor.
—Entonces vamos a ayudarlo.
Corbin frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Reconstruyendo.
Salió al vestíbulo.
Los demás comenzaron a levantarse.
—¿Todos? —preguntó Geneviève.
—Todos.
Thibault sonrió.
—Empiezo a disfrutar esto más de lo que debería.
—Es una señal preocupante.
Delacroix esperó hasta que todos estuvieron en el vestíbulo.
La casa parecía diferente ahora que empezaban a desplazarse dentro de ella con propósito. Ya no era un espacio doméstico. Era un conjunto de distancias.
—Gabriel, ¿dónde vio a Corbin?
Gabriel señaló.
—Cruzando desde el comedor hacia el corredor de la biblioteca.
—¿A qué hora?
—No sé.
—¿Antes o después de hablar con Héloïse?
—Antes.
—¿Dónde estaba ella?
—Cerca de la escalera.
—¿Y Éliane?
Éliane señaló el pasillo lateral.
—Yo había ido hacia el jardín de invierno.
Delacroix miró a Corbin.
—¿La biblioteca está por allí?
—Sí.
—Muéstremela.
Gabriel abrió una puerta al fondo del vestíbulo.
Entraron en una biblioteca rectangular, de techo algo más bajo que el salón, con estanterías hasta media altura, dos ventanas y una mesa grande en el centro.
Había también un escritorio lateral y una puerta secundaria que comunicaba con un pasillo de servicio.
Delacroix miró a Corbin.
—¿Estuvo aquí?
—No lo recuerdo.
—Eso ya es mejor que no.
Corbin endureció el rostro.
—No estoy jugando.
—Yo tampoco.
Gabriel caminó hasta la mesa.
—Héloïse estuvo aquí durante la tarde con papeles.
—Lo sé.
—¿Usted estuvo con ella?
Corbin negó.
—No.
Constance levantó la vista.
—Sí.
El abogado se volvió.
—¿Perdón?
—Estuviste con ella aquí.
Geneviève miró a Constance.
—¿Lo sabías?
—La vi salir.
Corbin se quedó muy quieto.
Delacroix observó la habitación.
—¿Cuándo?
—Antes de la cena.
—Eso no es lo que estamos buscando.
—No.
Corbin exhaló.
—Entonces es irrelevante.
Delacroix lo miró.
—Es interesante que utilice tanto esa palabra.
—Porque usted intenta convertir cualquier detalle en sospecha.
—No. Intento distinguir cuándo las personas cambian una respuesta después de descubrir que alguien puede contradecirlas.
Corbin no respondió.
Delacroix volvió a Gabriel.
—Después de la cena, ¿vio entrar a Corbin aquí?
—No. Solo lo vi ir hacia este corredor.
—¿Desde dónde?
—Junto a la escalera.
Delacroix regresó al vestíbulo y se colocó donde Gabriel indicaba.
Miró hacia el comedor.
Luego hacia el corredor.
Desde allí podía verse claramente cualquier persona que cruzara.
—¿Héloïse estaba con usted?
—Sí.
—¿Hablando?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Gabriel miró a los demás.
—Que estaba cansada.
—¿De qué?
—De todos.
Thibault bajó la mirada.
—¿Algo más?
—Le pedí que no tomara decisiones aquella noche.
—¿Y ella?
—Dijo que las decisiones ya estaban tomadas.
—¿Subió inmediatamente?
—No.
—¿Qué hizo?
Gabriel pensó.
—Miró hacia la biblioteca.
—¿Por qué?
—No sé.
Corbin se tensó.
Delacroix lo vio.
—¿Lo vio a usted?
Corbin respondió demasiado rápido.
—No.
—No le he preguntado todavía.
El abogado cerró la boca.
Delacroix miró a Gabriel.
—¿Héloïse pudo verlo?
—Si estaba en el corredor, sí.
—¿Dijo algo?
—No recuerdo.
Éliane habló desde atrás.
—Sí.
Gabriel la miró.
—¿Qué?
—Dijo: «Todavía no».
Corbin palideció.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Está segura?
—Creo que sí.
—¿A quién?
—No lo sé.
—¿Usted estaba presente?
—Venía del jardín de invierno.
—¿Desde dónde la oyó?
Éliane señaló un punto del corredor.
Delacroix caminó hasta allí.
La distancia era corta. Perfectamente posible.
—¿Qué ocurrió después?
—Héloïse subió.
Gabriel negó.
—No inmediatamente.
—Sí.
—No. Se quedó conmigo unos segundos.
—Eso no cambia nada.
—Cambia el orden.
Delacroix levantó una mano.
—Bien. Vamos a hacer lo más aburrido posible.
Thibault suspiró.
—Sabía que llegaría.
—Gabriel, vuelva al comedor.
—¿Para qué?
—Porque vamos a medir.
—¿Medir qué?
—Cuánto tarda una persona en hacer lo que todos aseguran que hizo.
Thibault sonrió.
—Esto mejora.
Delacroix lo miró.
—Usted será el primero.
La sonrisa desapareció.
Lo hizo salir desde su silla original en el comedor, caminar hasta el fumoir, permanecer allí un tiempo razonable, regresar al vestíbulo y volver a entrar.
Cronometraron.
Tres minutos y poco más sin detenerse.
Con cinco minutos dentro, casi nueve.
Thibault había declarado originalmente que estuvo fuera menos de cinco.
—Tal vez fui más rápido.
—¿Corriendo?
—No.
—Entonces su recuerdo es optimista.
Repitieron con Éliane.
Desde su asiento hasta el jardín de invierno, conversación breve en el corredor, regreso.
También más tiempo del que ella estimaba.
Después Gabriel.
Comedor, vestíbulo, encuentro con Héloïse, escalera.
La cronología empezaba a estirarse.
Cada persona había recordado su propio movimiento como algo breve, pero puestos uno detrás de otro ocupaban más tiempo del disponible según el horario policial.
Delacroix regresó al comedor y miró el reloj de pared.
—¿Este es el mismo?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Funciona bien?
—Pierde unos dos minutos por semana. Morel lo ajusta.
—¿Aquella noche estaba ajustado?
—Supongo.
—No suponga.
Gabriel apretó los labios.
—No lo sé.
Delacroix sonrió sin alegría.
—Cada vez me gusta más la precisión de este expediente.
Corbin parecía cada vez más incómodo.
Delacroix decidió volver a él.
—Maître Corbin, le haré una pregunta sencilla. ¿Habló con Héloïse después de la cena?
—No.
—¿Antes?
—Sí.
—En la biblioteca.
—Sí.
—¿Sobre qué?
—Documentos.