Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 5 — La versión oficial
18%

Capítulo 5 — La versión oficial

Gabriel abrió la puerta de su estudio, pero Delacroix no entró.

Se quedó en el umbral mirando la habitación durante un instante y después volvió la cabeza hacia el salón, donde los demás esperaban con esa mezcla incómoda de curiosidad y temor que suele aparecer cuando alguien está a punto de descubrir si una amenaza era real o solo estaba bien redactada.

—La llave puede esperar cinco minutos.

Gabriel frunció el ceño.

—Acaba de insistir en verla.

—Y sigo queriendo verla. Pero primero necesito saber qué se supone que ocurrió aquella noche según la versión que todos aceptaron.

—Está en el expediente.

—También está en nueve memorias diferentes y ya hemos comprobado que no se llevan especialmente bien entre sí.

Gabriel miró hacia el salón.

—¿Qué quiere hacer?

—Sentarlos otra vez.

—¿Aquí?

—No. En el comedor.

La respuesta sorprendió incluso a Gabriel.

—¿Ahora?

—Si esperamos hasta mañana perderemos la principal ventaja que nos ha proporcionado su método.

—¿Cuál?

—Que nadie puede fingir cansancio y marcharse.

Gabriel soltó aire por la nariz.

—No sé si eso era una broma.

—Yo tampoco. Es una de mis virtudes.

Volvieron al salón. Delacroix anunció que regresarían al comedor y recibió exactamente la cantidad de entusiasmo que había esperado.

Thibault preguntó si al menos quedaba vino.

Geneviève dijo que no estaba dispuesta a repetir una cena.

Corbin quiso saber si aquello era un interrogatorio formal.

Mariette no dijo nada, pero se levantó antes que nadie.

—No vamos a cenar —aclaró Delacroix—. Vamos a reconstruir.

Vauclair resopló.

—¿Qué diferencia hay?

—Que esta vez espero que el pescado no interfiera.

Thibault sonrió.

—Empiezo a pensar que todo habría sido más sencillo si lo hubieran invitado en octubre.

—Para ustedes, quizá. Para mí, no necesariamente.

Entraron de nuevo en el comedor. Morel había retirado casi todo.

Quedaban las copas de agua, un par de botellas, algunas servilletas dobladas y el mantel limpio salvo por pequeñas marcas circulares de humedad.

La ausencia del servicio había vuelto más evidente el tamaño de la mesa.

Durante la cena, los platos y el movimiento la habían llenado de vida; ahora parecía un tablero dispuesto para algo más incómodo.

Delacroix no ocupó su lugar anterior.

Se quedó de pie.

—Quiero que se sienten donde estaban el doce de octubre.

Hubo un silencio.

Thibault miró alrededor.

—¿Sin mirar el plano?

—Precisamente.

—Ya hemos discutido esto.

—Y ahora vamos a comprobarlo.

Geneviève señaló una silla.

—Yo estaba allí.

Constance negó.

—No. Estabas más cerca de Gabriel.

—No.

—Sí.

Olivier intervino.

—Creo que Geneviève estaba donde está ahora Éliane.

Éliane miró hacia la silla.

—Yo estaba al otro lado de Héloïse.

—Eso dije antes —respondió Geneviève.

Thibault sonrió.

—Excelente. Ya hemos perdido a cuatro personas y todavía nadie se ha sentado.

Delacroix apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—No intenten recordar dónde estaban ustedes. Intenten recordar a quién tenían delante.

La pregunta modificó ligeramente el esfuerzo.

Geneviève miró hacia el extremo opuesto.

—Constance.

—No —dijo Thibault—. Tenías a Brissac.

—Olivier estaba al lado de Corbin.

—Eso fue el viernes.

Brissac se quedó pensando.

—Sí. El sábado me senté frente a Thibault.

—Entonces yo estaba aquí —dijo Éliane.

Mariette, que seguía junto a la puerta, habló con cautela.

—La señora de Mareuil estaba ahí.

Señaló una silla.

Todos la miraron.

—Y la señorita Héloïse aquí. El señor Thibault dos lugares más allá. La señora Constance enfrente. El señor Corbin junto al señor Brissac.

Delacroix observó cómo varias expresiones cambiaban.

No porque Mariette hubiera revelado algo grave, sino porque de pronto una persona cuya memoria social valía menos que la de los invitados estaba imponiendo orden sobre todos ellos.

—¿Está segura? —preguntó Geneviève.

—Sí.

—¿Por qué?

Mariette respondió con una sencillez que rozaba la ironía.

—Porque servía la mesa.

Delacroix sonrió.

—Una profesión admirablemente enemiga de la abstracción.

Mariette señaló las demás posiciones. Gabriel en una cabecera.

Geneviève frente a él. Héloïse a la izquierda de su madre.

Thibault dos lugares más allá. Constance frente a Héloïse.

Corbin junto a Brissac. Éliane más cerca de Gabriel.

El asiento de Mariette, naturalmente, no existía porque aquella noche no había cenado con ellos.

Delacroix hizo que todos ocuparan esos lugares.

La mesa se transformó.

No por magia.

Por memoria.

Gabriel quedó frente a Geneviève, con la silla que Héloïse había ocupado meses atrás a su derecha. Constance, sentada enfrente de aquella plaza vacía, bajó la mirada. Thibault se movió incómodo. Éliane no miró el sitio de su amiga.

Delacroix dejó la silla vacía.

—¿Héloïse estuvo ahí toda la cena?

—Hasta que se levantó —dijo Mariette.

—¿A qué hora?

Ella negó.

—No miré el reloj.

—¿Alguien?

Olivier respondió:

—Recuerdo que el reloj del comedor marcó las diez poco después.

—¿Poco después de que se levantara?

—Creo que sí.

Corbin negó.

—El postre se sirvió más tarde.

—Eso no contradice lo que digo.

—Si Héloïse se levantó antes del postre y el reloj marcó las diez poco después, entonces el postre tuvo que servirse después de las diez.

—Sí.

—No fue así.

Olivier lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tenía que regresar a París temprano al día siguiente y recuerdo pensar que la cena estaba siendo absurdamente larga. Miré mi reloj antes del postre. Eran las diez menos cuarto.

Thibault se inclinó hacia delante.

—Entonces ¿Héloïse seguía aquí?

—Sí.

Éliane negó.

—No.

Corbin la miró.

—Sí.

—No. Ya se había levantado.

—Eso no es lo que recuerdo.

Delacroix levantó una mano.

—Perfecto.

Vauclair soltó una risa seca.

—Otra vez esa palabra.

—Me resulta útil cuando alguien demuestra que una hora considerada precisa estaba sostenida por recuerdos que no coinciden ni en quince minutos.

Geneviève se pasó una mano por la frente.

—¿Qué quiere demostrar?

—Nada todavía. Quiero eliminar la ilusión de que el expediente es una fotografía.

Tomó una hoja del dosier de Gabriel y la dejó sobre la mesa.

—La policía estableció una secuencia. Cena. Discusión. Héloïse sube. Permanece en su dormitorio. Gabriel intenta verla más tarde. No responde. Se fuerza la puerta. Vauclair llega. Se determina una ventana probable de muerte. ¿Correcto?

Vauclair asintió.

—A grandes rasgos.

—Bien. Ahora quiero conocer los huecos entre esas frases.

Thibault lo miró.

—¿Todos?

—Especialmente los aburridos.

—Eso puede llevarnos hasta el amanecer.

—Gabriel ha hecho una planificación muy generosa.

Nadie sonrió demasiado.

Delacroix miró la silla vacía.

—Antes de levantarse, Héloïse dijo que el lunes llevaría las cuentas a un auditor independiente.

—Sí —respondió Brissac.

—¿Y hubo discusión?

—Sí.

—¿Quién habló?

Todos.

Otra vez.

Delacroix escuchó durante casi un minuto sin interrumpir.

Geneviève recordaba que Thibault respondió primero.

Thibault juraba que fue Olivier. Olivier decía que Corbin intentó calmar la situación.

Constance aseguraba que Héloïse dirigió la frase inicialmente a ella.

Gabriel estaba convencido de que la discusión se abrió con una pregunta sobre una garantía concreta.

Cuando acabaron, Delacroix apoyó las manos sobre la mesa.

—Vamos a hacer algo radical.

Thibault arqueó una ceja.

—Empieza a darme miedo.

—Una persona cada vez.

—Eso sí es revolucionario.

Delacroix señaló a Gabriel.

—Usted primero. Sin interpretación. ¿Qué recuerda?

Gabriel miró el asiento vacío.

—Héloïse tenía una carpeta sobre las rodillas.

La había traído de la biblioteca. Dijo que había encontrado irregularidades y que el lunes hablaría con alguien que no tuviera relación con la familia.

Thibault le pidió que esperara. Ella dijo que llevaba semanas esperando. Después mencionó una garantía.

—¿Palabras exactas?

—No.

—Entonces no las convierta en exactas.

Gabriel asintió.

—Dijo que había una firma suya que no reconocía.

Thibault bajó la mirada.

—¿Y después?

—Él dijo que podían hablar a solas.

—¿Usted?

—Thibault.

—¿Y Héloïse?

—Se negó.

—¿Por qué?

Gabriel dudó.

—Porque dijo que ya estaba cansada de hablar a solas.

Delacroix registró la frase.

—Siguiente. Geneviève.

La madre tardó.

—Héloïse estaba alterada. Yo intenté pedirle que dejara aquello para el día siguiente. Ella dijo que precisamente eso era lo que todos hacíamos siempre: dejar las cosas para después hasta que desaparecieran.

—¿Desaparecían?

Geneviève lo miró.

—No era literal.

—En las familias casi nada importante lo es.

Ella continuó.

—Thibault se enfadó. Constance intervino. Olivier dijo que Héloïse no comprendía las consecuencias de retirar dinero de la empresa en ese momento.

Brissac protestó.

—No dije eso.

—Sí.

—Dije que cualquier cambio precipitado podía provocar consecuencias.

—Es lo mismo.

—No exactamente.

Delacroix alzó una mano.

—Guardaremos esa pelea para después. Señora de Mareuil, continúe.

—Héloïse dijo que las consecuencias ya existían y que simplemente habíamos decidido que no contaban mientras nadie las nombrara.

Constance cerró los ojos un instante.

Delacroix lo vio.

—¿Y entonces?

Geneviève miró hacia su hija ausente, o hacia la silla que la representaba.

—Entonces dijo que el lunes se acababa.

—¿Se acababa qué?

—Eso.

—Señora de Mareuil.

Ella endureció la boca.

—La administración conjunta. Los poderes. El uso de sus fondos.

—¿La protección de Thibault?

La pregunta fue deliberadamente directa.

Geneviève no respondió.

Thibault sí.

—Sí.

Todos lo miraron.

Él continuó.

—Eso también.

Delacroix asintió.

—Bien.

Fue llamando a los demás.