Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 4 — La convocatoria #4
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Capítulo 4 — La convocatoria #4

—Precisamente porque ya lo ha hecho. Señora de Mareuil, puedo pasar la noche discutiendo si Gabriel tiene derecho a mantener cerrada la puerta o puedo utilizar esa misma noche para averiguar por qué su hija murió detrás de otra puerta cerrada cinco meses atrás.

Geneviève se quedó inmóvil.

La comparación la golpeó.

Delacroix suavizó ligeramente la voz.

—Y si al amanecer sigo creyendo que murió por causas naturales, seré el primero en decírselo.

—¿Y si no?

—Entonces tendremos un problema bastante más serio que la cerradura de entrada.

Nadie discutió eso.

Corbin habló.

—No voy a responder preguntas que puedan incriminarme en un delito que no tiene relación con la muerte.

Delacroix lo miró.

—Tiene derecho.

—Bien.

—También tengo derecho a preguntarme por qué evita responder.

Corbin apretó la mandíbula.

—Eso es coerción.

—No. Coerción es lo que hizo Gabriel. Esto es conversación desagradable.

Thibault murmuró:

—La diferencia empieza a parecer académica.

—Las diferencias académicas alimentan a muchos abogados. Conviene respetarlas.

Corbin no sonrió.

Mariette habló desde cerca de la chimenea.

—¿Y si alguien cuenta algo que no tiene que ver con la señorita Héloïse?

Delacroix se volvió hacia ella.

—Entonces procuraré recordar que las personas tienen derecho a cometer más de un error en su vida sin que todos sean asesinatos.

—¿Y Gabriel?

Gabriel respondió antes que él.

—No publicaré nada de lo que se diga esta noche hasta que Delacroix haya terminado.

Mariette lo miró.

—¿Lo promete?

Gabriel dudó.

—Sí.

—¿Aunque no tenga que ver con ella?

—Sí.

Delacroix observó al anfitrión.

Aquella promesa no formaba parte del plan original.

Quizá por primera vez desde que comenzó la noche, Gabriel cedía algo.

Éliane habló.

—¿Y después?

Nadie necesitó preguntar después de qué.

Gabriel miró hacia la caja.

—Después dependerá de lo que descubramos.

—Eso no es una promesa.

—No puedo prometer que voy a proteger delitos ajenos si descubro que están relacionados con la muerte de Héloïse.

—¿Y si no?

—Entonces no me importan.

Thibault sonrió sin humor.

—Qué reconfortante saber que nuestras miserias menores han dejado de interesarte.

Gabriel lo miró.

—Nunca me interesaron.

—Solo las utilizaste para traerme.

—Sí.

—Eres un hijo de puta.

Geneviève dijo su nombre.

—Thibault.

—¿Qué? ¿También vamos a proteger las formas?

Gabriel recibió el insulto sin responder.

Delacroix observó que le temblaba ligeramente una mano.

No de miedo.

Agotamiento.

La tensión de cinco meses acababa de empezar a liberarse y quizá Gabriel no había calculado el efecto físico de conseguir finalmente lo que quería.

Delacroix se levantó.

—Necesito el expediente.

Gabriel señaló la mesa.

—Está ahí.

—Completo.

—Sí.

—Las declaraciones originales.

—Copias certificadas.

—Fotografías.

—También.

—Planos de la casa.

Gabriel asintió.

—Los hice yo mismo.

—Naturalmente.

—Soy arquitecto.

—Eso no lo vuelve menos previsible.

Gabriel casi sonrió.

Delacroix caminó hacia la caja y empezó a revisar el contenido sin sacar todavía nada.

Había sobres numerados, varias carpetas, fotografías en papel mate, hojas mecanografiadas, notas manuscritas y un plano de Les Ormes enrollado. Gabriel había trabajado.

Mucho.

Demasiado para un hombre que supuestamente solo quería aceptar una conclusión policial.

—¿Dónde está la llave de Héloïse?

Gabriel volvió a tensarse.

—En mi estudio.

Constance levantó los ojos.

Delacroix lo vio.

—¿Aquí abajo?

—Sí.

—¿La tiene guardada?

—En un cajón cerrado.

—Quiero verla.

—Ahora.

Esta vez no hubo después.

Delacroix asintió.

—Ahora.

Gabriel caminó hacia la puerta.

Constance habló.

—¿No sería mejor empezar por las declaraciones?

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Por qué?

Constance recibió la pregunta con aparente tranquilidad.

—Porque una marca sobre una llave no significa nada si no sabemos cuándo apareció.

—Correcto.

—Entonces verla ahora puede condicionarlo.

—También correcto.

Constance sostuvo la mirada.

—Por eso lo digo.

Delacroix sonrió ligeramente.

—Y por eso voy a verla.

Ella frunció apenas el ceño.

—No entiendo.

—Si me condiciona, será responsabilidad mía. Si alguien desea que no la vea todavía, prefiero saberlo cuanto antes.

Nadie dijo nada.

Constance fue la primera en asentir.

—Justo.

Gabriel salió hacia el estudio.

Delacroix iba a seguirlo cuando Geneviève habló.

—Un momento.

Todos se volvieron.

La mujer estaba de pie junto a la chimenea, más pálida que durante la cena pero todavía erguida.

—Si vamos a hacer esto, quiero saber una cosa.

Miró a Gabriel.

—¿Crees que alguno de nosotros mató a mi hija?

Gabriel se detuvo.

La pregunta no permitía refugiarse en la palabra sospecho.

—Sí.

Geneviève cerró los ojos.

Thibault miró al suelo.

Éliane se llevó una mano al cuello.

Constance no se movió.

Gabriel continuó.

—No sé quién.

Geneviève abrió los ojos.

—Pero crees que está aquí.

—Sí.

Un ruido pequeño recorrió la habitación.

No una exclamación.

Respiraciones.

Movimientos.

La consciencia de los cuerpos ajenos.

Delacroix miró alrededor.

Hasta ese momento, todos habían podido entender la noche como una obsesión de Gabriel, una humillación, una confrontación con secretos viejos.

Aquella frase hizo algo diferente.

Transformó a los demás.

Por primera vez empezaron a mirarse no solo como familiares, antiguos amigos o personas que compartían un escándalo.

Empezaron a mirarse como posibilidades.

Vauclair fue quien lo formuló.

—Eso es una locura.

Delacroix se volvió.

—Puede ser.

—¿Puede ser?

—Sí.

—¿Y vamos a aceptar que nos trate como sospechosos?

Delacroix miró hacia Gabriel.

—No.

Gabriel frunció el ceño.

—¿No?

—Usted ya los trató como sospechosos. Yo todavía no.

Después miró al resto.

—Para mí, de momento, son personas que estaban en una casa donde murió una mujer y que han demostrado una flexibilidad notable respecto de la verdad. Es menos romántico, pero más útil.

Thibault lo señaló con la copa vacía que todavía conservaba.

—Me gusta esa descripción.

—No era un cumplido.

—Eso mejora las cosas.

Delacroix fue hacia la mesa, tomó el expediente policial y lo abrió por la primera página.

Leyó la fecha.

Doce de octubre de 1929.

Héloïse de Mareuil.

Veintiocho años.

Muerte ocurrida en Les Ormes.

La burocracia tenía una capacidad admirable para convertir una vida en cuatro líneas y un sello.

Cerró la carpeta.

—Antes de mirar la llave, vamos a establecer una regla.

Gabriel se quedó junto a la puerta.

—¿Cuál?

Delacroix observó a todos.

—No quiero que nadie me diga lo que cree que ocurrió hasta que yo pregunte.

Quiero hechos. Lugares. Horas, cuando las recuerden.

Conversaciones, cuando puedan distinguirlas de lo que han pensado después.

Si no recuerdan, dicen que no recuerdan.

Si mintieron en octubre, tendrán una oportunidad de corregirlo.

Si vuelven a mentir esta noche, procuren hacerlo bien.

Estoy cansado y me irrita el trabajo mediocre.

Thibault soltó una risa.

Geneviève no.

Constance lo observaba con una atención nueva.

Delacroix continuó.

—Y otra cosa. Que alguien haya ocultado algo no lo convierte automáticamente en asesino. Tampoco lo vuelve inocente. Vamos a separar ambas cuestiones o terminaremos resolviendo nueve escándalos y ninguna muerte.

Miró a Gabriel.

—¿Entendido?

—Sí.

—Bien.

Gabriel se dispuso otra vez a salir.

Delacroix añadió:

—Y la puerta principal seguirá cerrada solo mientras nadie tenga una razón urgente para marcharse. Si alguien enferma, si hay una emergencia o si considero que esta situación empieza a ser peligrosa, se abre. No negociamos eso.

Gabriel dudó.

—De acuerdo.

—El llavero de salida.

Gabriel tocó el bolsillo interior de la chaqueta.

—Aquí.

Delacroix lo registró.

Un llavero.

Un bolsillo.

Un hombre convencido de que podía controlar hasta la mañana a nueve personas que no confiaban unas en otras.

Le pareció una idea pésima.

Y, desgraciadamente, también empezaba a parecerle una noche imposible de abandonar.

Gabriel fue hacia el estudio.

Esta vez Delacroix lo siguió.

Antes de cruzar la puerta del salón, volvió la cabeza.

Todos seguían allí.

Geneviève cerca de la chimenea.

Thibault de pie detrás de un sofá.

Constance sentada con las manos enlazadas.

Corbin junto a su maletín.

Vauclair rígido.

Éliane pálida.

Olivier mirando la caja de documentos.

Mariette separada del resto.

Nueve personas.

Nueve razones distintas para haber acudido a una casa donde ninguna quería estar.

Y, si Gabriel tenía razón, una de ellas había regresado cinco meses después al mismo lugar donde ya había matado.

Delacroix miró el expediente que llevaba bajo el brazo.

Después miró la escalera que ascendía hacia la Chambre des Tilleuls.

Habían hablado demasiado del cadáver.

Demasiado de la puerta.

Demasiado de las cosas que parecían imposibles después de la muerte.

Era hora de volver atrás.

A la cena.

A las discusiones.

A los movimientos.

A la mujer viva.

Gabriel se detuvo junto a la puerta de su estudio y miró hacia él.

—¿Por dónde quiere empezar?

Delacroix volvió la vista hacia el salón.

—Por la noche en que todos mintieron.