Capítulo 4 — La convocatoria #3
—Has decidido que el dolor te concede derecho a abrir la vida de todos nosotros encima de una mesa. Entiendo por qué lo haces. Incluso puede que, si estuviera en tu lugar, hiciera algo parecido. Pero no pretendas convertirlo en virtud.
Nadie habló.
Gabriel sostuvo su mirada.
—No pretendo que sea una virtud.
—Bien.
—Pretendo que funcione.
Constance bajó los ojos.
—Eso me preocupa todavía más.
Gabriel abrió su sobre.
Delacroix observó cómo los dedos de Constance se cerraban lentamente sobre el brazo del sillón.
—Le escribí: «Sé que la llave fue manipulada antes de que Héloïse subiera».
Esta vez el silencio no fue simplemente ausencia de ruido.
Fue una interrupción física.
Vauclair miró a Gabriel.
Thibault dejó de moverse.
Geneviève se volvió hacia Constance sin comprender por qué.
Corbin frunció el ceño.
Delacroix no miró a Gabriel.
Miró a Constance.
Ella permaneció inmóvil.
Demasiado inmóvil, quizá.
O quizá Delacroix estaba empezando a ver importancia porque Gabriel acababa de colocarla allí.
—¿Qué llave? —preguntó Olivier.
Gabriel respondió:
—La de la Chambre des Tilleuls.
Vauclair se puso en pie otra vez.
—¿Qué demonios significa manipulada?
—Eso forma parte de lo que encontré.
—¿Qué encontraste?
—Marcas.
—¿Dónde?
—En la llave.
—¿Qué clase de marcas?
Gabriel miró hacia Delacroix.
El detective sostuvo su mirada.
—Esta tarde le pedí verla.
—Lo sé.
—Y se negó.
—No me negué.
—Pospuso. Es una forma educada de negación temporal.
—Quería llegar a esto primero.
—Ya hemos llegado.
Gabriel respiró.
—La enseñaré.
Constance habló.
—¿Dónde está?
La pregunta salió con una rapidez apenas perceptible.
Delacroix la miró.
Ella lo vio.
Durante una fracción de segundo, la serenidad de Constance pareció endurecerse alrededor de sí misma.
Gabriel respondió:
—Guardada.
—Eso no responde —dijo Vauclair.
—Está a salvo.
Thibault soltó una risa breve.
—Estamos encerrados en una casa por una llave que está guardada porque otra llave fue manipulada. Empiezo a admirar la coherencia temática.
Delacroix sonrió.
—Siempre es tranquilizador cuando una noche encuentra su estilo.
Gabriel no parecía apreciar ninguno de los dos comentarios.
—La veremos después.
Delacroix suspiró.
—Otra vez.
—Armand…
—No. Esta vez sí voy a insistir. Si esa llave es una pieza material relacionada con la muerte, quiero verla antes de seguir escuchando acusaciones.
Gabriel dudó.
Delacroix vio que estaba a punto de ceder.
Entonces Constance dijo:
—Déjalo terminar.
Todos la miraron.
Ella continuó.
—Ya nos ha traído hasta aquí. Ya ha cerrado la puerta. Ya ha leído las cartas. Si cree que todavía hay algo que necesitamos entender antes de ver esa llave, que lo diga de una vez.
Gabriel asintió lentamente.
—Gracias.
—No te estoy apoyando.
—Lo sé.
Constance se acomodó de nuevo.
Delacroix no dijo nada.
Aquella intervención podía ser razonable.
También podía significar otra cosa.
Todavía no había suficiente para decidir.
—¿Qué le escribió a Éliane? —preguntó Thibault.
Éliane lo miró.
—Ya lo he dicho.
—Has dicho una parte.
Gabriel sostuvo su carta.
—Que sé que destruyó una carta de Héloïse después de su muerte.
Geneviève se volvió hacia ella.
—¿Destruiste una carta?
Éliane palideció.
—No ahora.
—¿Una carta de mi hija?
—He dicho que no ahora.
—¿Por qué?
—Porque no tiene que ver con su muerte.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque sé lo que decía.
—Entonces dilo.
Éliane se puso de pie.
—No.
Thibault también se levantó.
—Éliane…
—Tú cállate.
Aquello hizo que la habitación se quedara quieta.
Delacroix miró a Thibault.
Éliane también.
La intensidad de la reacción había dicho bastante más que la negativa.
Gabriel dejó la carta sobre la mesa.
—Esto es lo que quiero.
Éliane se volvió hacia él.
—¿Humillarnos?
—No.
—Pues vas muy bien.
—Quiero que dejemos de fingir que aquella noche todos hicimos exactamente lo que declaramos.
No es cierto. Tú quemaste una carta. Mariette mintió sobre dónde estaba.
Corbin salió del salón cuando dijo que no lo había hecho.
Thibault sabe por qué su firma no coincide con determinados documentos.
Brissac presentó cuentas que no son iguales a las que yo he encontrado después.
Vauclair dejó fuera detalles médicos que inicialmente anotó.
Geneviève sabía más sobre los problemas económicos de lo que reconoció. Y Constance…
Se detuvo.
Ella lo miró.
—Continúa.
Gabriel bajó la voz.
—Constance sabía que Héloïse pensaba hacer algo el lunes que podía destruir a la familia.
La mujer no reaccionó.
—Eso no es un secreto —dijo.
—No. Pero mentiste sobre la última conversación que tuvisteis.
Thibault se volvió.
Geneviève también.
Constance tardó un segundo.
—¿En qué?
—Dijiste que Héloïse únicamente te había hablado de retirar ciertos poderes administrativos.
—Eso dijo.
—También te dijo que, si descubría que su firma había sido utilizada sin autorización, acudiría a la justicia.
Constance miró a Thibault.
Él bajó los ojos.
—Sí —dijo finalmente—. Lo dijo.
Geneviève se llevó una mano al pecho.
—¿Y no me lo contaste?
Constance la miró.
—¿Qué habría cambiado?
—Podrías haberme…
Geneviève se detuvo.
Delacroix vio cómo la frase moría porque no había una continuación que no sonara culpable.
Podrías haberme permitido detenerla.
Convencerla.
Proteger a Thibault.
Evitar un escándalo.
Ninguna opción mejoraba demasiado la mesa.
Constance habló con suavidad.
—No te lo conté porque ya estabas suficientemente asustada.
Geneviève se puso en pie.
—No estaba asustada.
Constance la miró.
—Claro que sí.
La madre de Héloïse volvió a sentarse sin contestar.
Gabriel permaneció junto a la caja.
—Por eso estamos aquí.
Thibault se frotó la cara.
—No. Estamos aquí porque nos tendiste una trampa.
—Sí.
La sinceridad lo desarmó.
—¿Ni siquiera vas a negarlo?
—No.
—¿Cuántas de esas cartas eran mentira?
Gabriel lo miró.
—Algunas.
—¿Cuántas?
—No voy a decirlo.
—Increíble.
—Si lo dijera, cualquiera cuyo secreto no hubiera sido descubierto todavía sabría que puede seguir ocultándolo.
—¿Y si inventaste lo mío?
—¿Lo inventé?
Thibault se quedó callado.
Gabriel sostuvo la mirada.
—Eso pensé.
Delacroix intervino antes de que la escena volviera a cerrarse sobre una sola acusación.
—Señor Fontenay.
Gabriel lo miró.
—Si entiendo correctamente, usted no sabe quién mató a Héloïse.
—No.
—No sabe cómo murió.
Gabriel dudó.
—No completamente.
—Y no sabe cuáles de estas mentiras están relacionadas con su muerte.
—No.
—Pero sabe que hubo mentiras.
—Sí.
—Y cree que obligando a todos a reconstruir aquella noche en el mismo lugar puede descubrir cuál importa.
—Sí.
Delacroix asintió.
—Ese es un plan.
Vauclair soltó una risa amarga.
—¿Va a felicitarlo?
—No he dicho que sea un buen plan.
Gabriel apretó los labios.
—Armand…
—También es ilegal, imprudente y, si desea una valoración profesional que no me ha pedido, bastante estúpido.
Thibault sonrió.
—Empiezo a apreciarlo de nuevo.
Delacroix continuó.
—Pero hay una diferencia entre actuar de forma estúpida y estar fuera de juicio.
El señor Fontenay quiere saber quién mató a la mujer con la que iba a casarse.
Teniendo en cuenta que acaba de demostrar que prácticamente todos ocultaban algo relacionado con su última noche, no encuentro su obsesión especialmente sorprendente.
Vauclair lo miró con incredulidad.
—Nos ha encerrado.
—Sí.
—¿Y eso no le preocupa?
—Me preocupa mucho menos que la posibilidad de que alguno de ustedes haya venido porque creía que Gabriel realmente podía demostrar algo.
Nadie habló.
Delacroix dejó que la frase hiciera su trabajo.
Después miró a Gabriel.
—Abra la puerta.
Gabriel se quedó inmóvil.
—No.
—Se lo estoy pidiendo una vez.
—Y yo le estoy diciendo que no.
—Entonces al menos deje de fingir que esto sigue siendo una invitación.
Gabriel aceptó el golpe.
—De acuerdo.
—Bien. Ahora estamos entendiendo la situación.
Thibault miró a Delacroix.
—¿Eso es todo?
—No.
—¿Qué va a hacer?
Delacroix miró hacia la puerta del vestíbulo, invisible desde el salón.
Después miró las ventanas.
—Puedo marcharme.
Gabriel palideció.
—Armand…
—Una ventana cuesta menos que una mala noche de hotel.
Thibault soltó una risa.
—Finalmente.
Delacroix siguió hablando.
—También puedo quedarme.
La risa desapareció.
Gabriel lo miró.
—¿Lo hará?
—Todavía no he terminado.
Delacroix se acomodó en la butaca.
—No voy a quedarme porque usted haya cerrado una puerta.
Eso solo conseguiría que me marchara por otra.
Me quedaré porque una mujer de veintiocho años murió en una habitación cerrada, porque las declaraciones que permitieron archivar su muerte empiezan a deshacerse después de una hora de conversación y porque acaba de decirme que existe una llave que fue manipulada y que todavía no me ha enseñado.
Eso me interesa bastante más que su capacidad para organizar reuniones.
Gabriel respiró.
—Entonces investigará.
—Sí.
Una reacción mínima atravesó su rostro.
Alivio.
No satisfacción.
Delacroix levantó un dedo.
—Pero a partir de ahora la investigación la dirijo yo.
Gabriel frunció el ceño.
—Esta es mi casa.
—Y por lo visto esa circunstancia le ha dado demasiadas ideas.
Thibault volvió a reír.
Delacroix no le prestó atención.
—Usted no acusa. No interrumpe cada respuesta.
No decide qué es importante. No amenaza con publicar nada durante las próximas horas.
Y si descubro que está ocultándome información para administrar esta noche como si fuera uno de sus edificios, abriré personalmente esa puerta aunque tenga que llevarme media cerradura con ella.
Gabriel lo miró durante varios segundos.
—De acuerdo.
—Dígalo de una manera que me permita creerlo.
—De acuerdo.
Esta vez sonó distinto.
Delacroix asintió.
—Perfecto.
Geneviève lo miraba como si acabara de traicionarla.
—¿Va a participar en esto?
—Sí.
—¿A pesar de lo que ha hecho?