Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 4 — La convocatoria #2
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Capítulo 4 — La convocatoria #2

—Durante las primeras semanas pensé que el problema era que nadie quería escucharme. Después comprendí que no era eso.

Miró a cada uno.

—El problema era que yo tampoco sabía qué preguntar.

Thibault se sentó finalmente, aunque permaneció inclinado hacia delante.

—Y ahora sí.

—Ahora sé algo más importante.

Gabriel tomó uno de los sobres.

—Sé que casi todos mentisteis.

La frase no produjo indignación inmediata.

Eso interesó más a Delacroix que cualquier protesta.

La negación, cuando llegaba tarde, acostumbraba a ser más útil que cuando llegaba rápida.

Geneviève habló primero.

—¿Sobre qué?

Gabriel la miró.

—Esa es la pregunta.

—No puedes convocarnos aquí y acusarnos a todos de mentir sin decir sobre qué.

—Puedo demostrar que vuestras declaraciones no eran ciertas.

Corbin se levantó.

—Eso es una acusación seria.

—Lo sé.

—Entonces será mejor que sea preciso.

—Lo seré.

Gabriel seleccionó varios sobres y los colocó uno al lado del otro.

—Estas son las cartas que recibisteis.

Thibault se quedó quieto.

Éliane miró hacia él.

Olivier palideció un poco más.

Geneviève dijo:

—No veo por qué tienes copias.

—Porque yo las escribí.

—No me refería a eso.

—Lo sé.

Delacroix miró los sobres.

—¿Eran distintas?

Gabriel lo miró.

—Sí.

Aquella respuesta cambió algo.

Hasta entonces cada destinatario había podido suponer que los demás habían recibido una convocatoria semejante, quizá con variaciones menores.

Thibault fue el primero en comprenderlo.

—¿Qué les dijiste a los demás?

Gabriel no respondió.

Éliane habló.

—Mi carta decía que habías encontrado algo que yo destruí después de la muerte de Héloïse.

Thibault la miró.

No fue una mirada discreta.

Geneviève también.

Éliane se arrepintió en el mismo instante de haber hablado.

Gabriel tomó un sobre.

—La tuya decía exactamente eso.

—¿Era verdad?

—En parte.

Éliane se puso en pie.

—¿En parte?

—Siéntate.

—No me digas que me siente.

—Entonces quédate de pie.

Ella permaneció inmóvil, furiosa.

Thibault miró a Gabriel.

—¿Qué decía la mía?

—Lo sabes.

—Quiero saber si era verdad.

Gabriel tomó otro sobre.

—Que sé que una garantía atribuida a Héloïse no llevaba su firma auténtica.

El silencio fue inmediato.

Geneviève volvió la cabeza hacia su hijo.

—¿Qué?

Thibault no la miró.

—Gabriel.

—¿Sí?

—¿Era verdad?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque comparé firmas.

Corbin intervino.

—Eso no demuestra una falsificación.

—No. Demuestra que existen suficientes diferencias como para que alguien deba explicarlas.

Thibault se levantó.

—Abre la puerta.

—No.

—Ahora.

—No.

—Has conseguido que venga aquí diciéndome que tienes una prueba contra mí y ahora admites que solo tienes una comparación de firmas.

Gabriel lo miró.

—Viniste.

Thibault se quedó callado.

Fue un golpe limpio.

Delacroix vio en su rostro la respuesta antes de que la pronunciara.

—Sí.

—¿Por qué?

Thibault se volvió hacia él.

—No pienso responderte.

—No hace falta. Ya has respondido.

Geneviève se puso de pie.

—¿Qué garantía?

—Madre…

—¿Qué garantía?

—No ahora.

—¿Cuándo? ¿Después de que alguien cierre otra puerta?

Constance la miró.

—Geneviève.

—No.

La madre se volvió hacia ella.

—¿Tú sabías esto?

Constance no respondió inmediatamente.

Thibault lo hizo por ella.

—Dejadlo.

—¿Tú sabías?

—Geneviève —repitió Constance—, ahora mismo no ayudará.

Geneviève soltó una risa breve, vacía.

—Entonces sí.

La información quedó instalada en la habitación.

Delacroix no necesitó perseguirla todavía.

Gabriel tomó otra carta.

Corbin lo detuvo.

—Antes de continuar, quiero dejar algo claro. Ninguno de nosotros está obligado a participar en esto.

—No.

—Ni a responderte.

—No.

—Ni a responder al señor Delacroix.

—No.

—Entonces abre la puerta.

Gabriel sostuvo su mirada.

—No hasta la mañana.

La frase produjo un silencio distinto.

Más grave.

No había dicho hasta que terminemos.

Había dicho hasta la mañana.

Vauclair miró el reloj.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

—Son poco más de las nueve.

—Sí.

—Pretendes mantenernos aquí toda la noche.

—Si hace falta.

—No puedes.

—Ya lo estoy haciendo.

Thibault lanzó una carcajada.

—Eso es una confesión bastante eficiente.

Corbin respiró lentamente.

—Gabriel, escúchame. No sé quién te ha aconsejado esto, pero jurídicamente estás cometiendo un error muy serio.

—Nadie me aconsejó.

—Eso se nota.

Delacroix tuvo que mirar hacia la chimenea para no sonreír.

Corbin continuó.

—Si alguien intenta salir, ¿vas a impedirlo?

—No físicamente.

—Entonces abre la puerta.

—No.

—No puedes sostener ambas cosas.

—Sí puedo. Si alguien quiere romper una ventana, forzar una salida secundaria o llamar la atención de alguna casa cercana, puede hacerlo. No tengo intención de disparar a nadie.

—Qué alivio —murmuró Thibault.

Gabriel lo ignoró.

—Pero si alguien se marcha, mañana por la mañana enviaré copias de todo lo que he reunido durante estos meses a la policía, a varios periódicos y, en algunos casos, a personas concretas que he seleccionado para cada uno de vosotros.

Ahora sí.

Delacroix entendió.

No los retenía únicamente con una puerta.

La puerta era teatro.

La verdadera cerradura eran las cartas.

Olivier habló por primera vez desde que Gabriel abrió la caja.

—¿Qué tienes?

Gabriel lo miró.

—Eso es exactamente lo que has venido a averiguar.

Brissac palideció.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

—¿Qué tienes?

—Suficiente para que estés aquí.

Olivier abrió la boca.

No salió nada.

Delacroix apoyó los dedos contra el brazo de la butaca.

Había algo perversamente elegante en el sistema y, al mismo tiempo, algo desesperado.

Gabriel no poseía pruebas completas. Si las poseyera, no necesitaría aquello.

Había creado una serie de amenazas calibradas para conseguir que cada persona se presentara por miedo a que él supiera exactamente la parte de la verdad que cada una ocultaba.

Una trampa construida con información incompleta.

—¿Todas las cartas eran amenazas? —preguntó Delacroix.

Gabriel lo miró.

—No.

—¿Cuántas?

—Depende de lo que considere amenaza.

—Una frase que suele preceder a una explicación desagradable.

Gabriel tomó la carta de Geneviève.

—A ella le dije que sabía que Héloïse había descubierto movimientos de dinero realizados sin su autorización y que tenía razones para creer que Geneviève conocía parte de ellos.

La mujer permaneció inmóvil.

—Eso no era una amenaza.

—Añadí que, si no venía, entregaría la información a un abogado independiente.

Geneviève cerró los ojos.

—Sabías que vendría.

—Sí.

—Porque sabías que no permitiría un escándalo.

—Sí.

No había satisfacción en Gabriel.

Eso volvía la escena más difícil.

Constance lo observaba desde su sillón con una expresión que Delacroix todavía no lograba interpretar.

Gabriel siguió.

—A Brissac le dije que había encontrado un balance que no coincidía con determinadas cuentas presentadas a la familia.

Olivier no habló.

—A Corbin, que poseía un documento cuya fecha no correspondía con los registros notariales.

El abogado no se movió.

—A Vauclair, que las primeras notas médicas mencionaban una lesión que después prácticamente desapareció del informe.

El médico se puso rojo.

—No desapareció.

—No de forma literal.

—Entonces no digas que desapareció.

—Digo que dejó de tener importancia.

—Porque no la tenía.

—Eso es lo que quiero saber.

Vauclair se puso en pie.

—No necesito permanecer aquí para que un arquitecto revise mi trabajo médico.

Delacroix habló antes de que diera un paso.

—No.

Vauclair lo miró.

—¿No?

—No necesita permanecer aquí para eso. Pero quizá sí para explicarme por qué una lesión aparentemente insignificante ha conseguido que viniera a una casa donde sabía que iba a ser acusado de minimizarla.

El médico se quedó quieto.

—Vine porque Gabriel amenazó con enviar una acusación absurda al colegio profesional.

—Eso también es una razón.

—Por supuesto que lo es.

—Entonces siéntese. De momento nadie ha dicho que sea culpable de nada más grave que mala suerte social.

Vauclair siguió mirándolo.

Después volvió a sentarse.

Thibault murmuró:

—Empiezo a entender por qué Gabriel lo quería aquí.

Delacroix lo oyó.

—Yo también, y no me entusiasma.

Gabriel tomó otro sobre.

Mariette habló antes de que lo abriera.

—No hace falta leer la mía.

Todos la miraron.

Ella se puso tensa bajo tantas miradas.

—Decía que usted sabía que yo no estaba donde dije estar.

Gabriel asintió.

—Sí.

Geneviève la observó.

—¿Dónde estabas?

Mariette miró hacia ella.

—Eso no le importa.

La antigua señora y la antigua empleada permanecieron unos segundos enfrentadas por encima de una distancia social que ya no tenía la misma utilidad dentro de una casa cerrada.

—Héloïse murió aquella noche —dijo Geneviève.

—Lo sé.

—Entonces sí importa.

—No todo lo que hice aquella noche tiene que ver con su hija.

Delacroix intervino.

—Esa es probablemente la frase más sensata que he oído desde que empezó esta conversación.

Mariette lo miró.

—¿Me cree?

—No sé qué hizo.

—Entonces ¿cómo puede…?

—Porque la gente miente por muchas razones. Uno de los errores más cómodos de una investigación consiste en suponer que toda mentira oculta el mismo delito.

Gabriel lo miró.

—Pero todos mintieron.

—Eso parece.

—Entonces…

—Entonces tiene una casa llena de personas que no querían que determinadas verdades se supieran. Eso no significa que todas hayan matado a Héloïse. Tampoco significa que alguna lo hiciera.

Gabriel tensó la mandíbula.

—Yo sé que la mataron.

—Usted lo cree.

—Lo sé.

—Todavía no me ha demostrado la diferencia.

Gabriel metió la mano en la caja y sacó un sobre más.

Constance se incorporó apenas.

Delacroix vio el movimiento.

Gabriel también.

—La suya —dijo.

Constance no apartó la mirada.

—Sé lo que decía.

—Los demás no.

—No veo por qué deberían saberlo.

—Porque ya no estamos aquí para proteger secretos.

—Eso es muy fácil de decir cuando los secretos son ajenos.

Gabriel se quedó inmóvil.

Aquella frase sí le hizo daño.

Constance continuó con una calma casi maternal.