Capítulo 4 — La convocatoria
Gabriel tardó unos segundos en responder a Geneviève.
No porque no hubiera previsto la pregunta.
Delacroix tuvo la impresión contraria: la había previsto demasiadas veces.
Quizá incluso había ensayado una respuesta durante aquellos cinco meses y acababa de descubrir que las frases razonables, cuando llegaba el momento de pronunciarlas delante de las personas a quienes iban dirigidas, sufrían una desagradable tendencia a sonar menos razonables.
—Porque necesito que esta noche hablemos sin nadie más en la casa.
Geneviève lo observó.
—Eso ya lo has dicho.
—Entonces la respuesta no ha cambiado.
—No te estoy preguntando qué quieres. Te estoy preguntando por qué has hecho marcharse a todo el servicio como si esperases algo.
Thibault apoyó un hombro contra el marco del salón.
—Madre, creo que precisamente espera algo.
Gabriel miró hacia él.
—Sí.
La palabra acabó con cualquier posibilidad de que aquello siguiera pareciendo una excentricidad social.
Corbin cerró el maletín que había llevado consigo al comedor y lo sostuvo junto a la pierna.
—¿Qué?
—Que alguien diga la verdad.
Thibault dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Por supuesto.
—¿Qué significa eso? —preguntó Vauclair.
—Exactamente lo que parece.
—No, Gabriel. No significa exactamente lo que parece. Llevas toda la tarde diciendo que tienes algo que explicarnos, has hecho marcharse al servicio y ahora empiezas a hablar como si estuviéramos participando en una obra de teatro que solo tú has leído.
—Doctor —dijo Delacroix—, si sirve de consuelo, algunos teatros ofrecen vino durante los entreactos.
Vauclair lo miró.
—No me sirve.
—Era improbable.
Gabriel caminó hacia la consola del vestíbulo y abrió el cajón inferior.
Delacroix lo observó.
Dentro había un llavero pequeño con tres llaves.
Gabriel eligió la mayor.
No era una llave especialmente grande ni antigua. No tenía nada de ceremonial. Era una pieza de metal corriente, oscurecida por el uso, que podía abrir la casa sin necesidad de parecer importante.
Gabriel se acercó a la puerta principal.
Constance dijo su nombre.
—Gabriel.
Él no se volvió.
Introdujo la llave en la cerradura.
El sonido fue pequeño.
Un giro metálico, seco, seguido por el desplazamiento interior del mecanismo.
Nada más.
Sin embargo, Delacroix vio cómo varias personas cambiaban de postura simultáneamente.
Gabriel retiró la llave y la devolvió al llavero.
Guardó el conjunto en el bolsillo interior de la chaqueta.
Thibault se quedó mirándolo.
—¿Acabas de cerrar la puerta?
—Sí.
—¿Por qué?
Gabriel se volvió finalmente.
—Porque nadie va a marcharse todavía.
Durante uno o dos segundos, el silencio fue tan limpio que Delacroix pudo escuchar el fuego del salón a varios metros, el chasquido de una rama húmeda en alguna parte del jardín y el leve zumbido eléctrico de una lámpara del vestíbulo.
Después hablaron prácticamente todos.
Geneviève fue la primera en elevar la voz.
—Abre esa puerta.
Vauclair dijo algo sobre estar loco.
Corbin exigió que Gabriel le entregara la llave.
Olivier preguntó si aquello era una broma.
Thibault soltó una carcajada que no contenía humor.
Éliane no dijo nada, pero retrocedió medio paso.
Mariette miró hacia las ventanas.
Constance permaneció quieta.
Delacroix, que había esperado muchas reacciones posibles desde el momento en que vio marcharse a Morel, decidió que intervenir inmediatamente solo añadiría una voz más a un problema que ya tenía suficientes.
Gabriel tampoco habló.
Dejó que el ruido creciera.
Quizá aquello formaba parte de su plan.
Quizá simplemente no sabía cómo detenerlo.
—¡Abre la puerta ahora mismo! —repitió Geneviève.
—No.
Ella avanzó hacia él.
—¿No?
—No hasta que hayamos terminado.
—¿Terminado qué?
Gabriel miró a todos.
—La investigación.
Vauclair soltó una risa incrédula.
—Dios mío.
—No invoque todavía a nadie —dijo Delacroix—. La noche acaba de empezar.
El médico se volvió hacia él.
—¿Usted sabía esto?
—No.
La respuesta tuvo un efecto inmediato.
Corbin miró a Gabriel con mayor dureza.
—¿Ni siquiera Delacroix estaba informado?
—No de esta parte —dijo Gabriel.
—¿De qué parte sí? —preguntó Thibault.
Delacroix respondió antes que él.
—De que quería que examinara la muerte de Héloïse. Hasta hace aproximadamente treinta segundos seguía considerando que podía marcharme cuando me cansara.
—Todavía puede —dijo Gabriel.
Delacroix arqueó una ceja.
—Eso requeriría una explicación bastante creativa de la palabra puede.
Gabriel señaló las ventanas.
—No he sellado la casa. No hay hombres armados. No he puesto rejas nuevas. Si alguien quiere destrozar una ventana y salir, no puedo impedirlo.
Thibault miró hacia la puerta.
—Entonces abre.
—No.
—¿Por qué tendría que romper una ventana de tu casa para salir por una puerta que acabas de cerrar?
—Porque quiero que antes escuches.
—¿Escuchar qué?
—Por qué estás aquí.
—Sé por qué estoy aquí.
Gabriel lo miró.
—No. Sabes por qué crees que estás aquí.
La frase funcionó demasiado bien.
Thibault se calló.
Delacroix vio que no era el único.
Éliane levantó los ojos hacia Gabriel.
Corbin apretó el asa del maletín.
Olivier dejó de parecer indignado y empezó a parecer preocupado.
Mariette se quitó por fin los guantes.
Constance cerró los ojos un instante.
Gabriel señaló el salón.
—Entremos.
—No voy a entrar a ninguna parte —dijo Geneviève— hasta que abras esa puerta.
—Entonces tendremos esta conversación aquí.
—No tendremos ninguna conversación mientras nos mantengas encerrados.
—Geneviève…
—No me llames así como si esto fuera normal.
Thibault se pasó una mano por la cara.
—Creo que el término técnico es secuestro.
Corbin respondió inmediatamente:
—Podría serlo.
—Excelente. Siempre tranquiliza contar con precisión jurídica.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Vauclair señaló a Gabriel.
—Este hombre no está bien.
Delacroix lo miró.
—Eso es un diagnóstico sorprendentemente rápido para alguien que se quejaba hace una hora de mis conclusiones precipitadas.
—Ha encerrado a diez personas en una casa.
—Ha cerrado una puerta.
Vauclair abrió los brazos.
—¿Y cuál es la diferencia?
—De momento, nueve ventanas, al menos una puerta de servicio y probablemente alguna salida por la cocina.
Además, acaba de explicar que no pretende impedir físicamente que nadie rompa nada y se marche.
No estoy defendiendo su sentido común. Solo intento reservar las palabras grandes para cuando sean necesarias.
Thibault lo miró.
—¿Está usted de su lado?
—No conozco suficientemente al señor Fontenay para adoptar lados. Además, a mi edad uno aprende que suelen ser lugares incómodos donde sentarse.
Gabriel sostuvo la mirada de Delacroix con algo parecido a gratitud.
El detective añadió:
—Eso no significa que considere inteligente lo que acaba de hacer.
La gratitud desapareció.
—Lo sé.
—No, no creo que lo sepa. Invitar a varias personas a una casa, ocultarles el verdadero propósito de la reunión y después cerrar la puerta principal puede acabar teniendo consecuencias bastante desagradables aunque todos salgamos de aquí antes del desayuno.
—Acepto las consecuencias.
—Las personas que dicen eso normalmente imaginan consecuencias para sí mismas. Las que importan suelen afectar también a los demás.
Gabriel bajó ligeramente la cabeza.
—Lo sé.
Delacroix lo miró un instante más.
Sí.
Quizá sí lo sabía.
Eso no mejoraba las cosas.
Constance fue la primera en caminar hacia el salón.
—Hagamos lo que pide.
Geneviève la miró con incredulidad.
—¿Perdón?
—Escuchémoslo.
—Nos ha encerrado.
—Y podemos discutir durante una hora sobre eso o averiguar por qué.
—No pienso legitimar esta locura participando.
Constance se detuvo.
—Entonces quédate en el vestíbulo.
Geneviève abrió la boca y volvió a cerrarla.
Thibault sonrió.
—Tía Constance, siempre has tenido un talento excepcional para la mediación.
—Y tú para necesitarla.
Entró en el salón.
Delacroix la siguió.
No por obedecer a Gabriel, sino porque las discusiones prolongadas de pie tendían a empeorar notablemente después de cierta edad.
Los demás acabaron haciendo lo mismo.
Geneviève fue la última.
Gabriel esperó a que todos estuvieran dentro y cerró las puertas del salón, aunque esta vez no con llave.
Aquello no pasó inadvertido.
—Muy considerado —dijo Thibault.
Gabriel ignoró la observación.
Sobre una mesa baja, cerca de la chimenea, había una caja rectangular de madera que Delacroix no recordaba haber visto antes de la cena. Gabriel se arrodilló frente a ella y levantó la tapa.
Sacó varios sobres.
Muchos.
No eran nueve.
Había copias, documentos doblados, fotografías y cuadernos.
Olivier se puso pálido.
—¿Qué es eso?
—Cinco meses.
Gabriel colocó la caja sobre la mesa.
—Eso es lo que hay ahí.
Corbin se acercó un poco.
—¿Cinco meses de qué?
—De preguntar.
—¿A quién?
—A todos.
—No me has preguntado nada desde noviembre.
Gabriel lo miró.
—A usted no.
La respuesta incomodó al abogado.
Delacroix se instaló en la misma butaca que había ocupado antes de la cena.
—Creo que aquí empieza la parte para la que hizo marcharse al servicio.
Gabriel asintió.
—Sí.
—Entonces empiece.
Gabriel permaneció de pie.
No necesitaba elevar la voz.
La habitación estaba demasiado atenta.
—Héloïse murió aquí el doce de octubre. Todos sabemos eso.
Lo que no todos sabemos es lo que ocurrió después.
La policía revisó la habitación. Escuchó nuestras declaraciones.
Vauclair explicó la muerte como un colapso cardíaco y, en ausencia de señales claras de violencia, no encontraron razones suficientes para tratarla como homicidio.
Yo insistí. Pedí una investigación más amplia.
Pedí nuevas entrevistas. Pedí que revisaran las cuentas, las conversaciones, los papeles que Héloïse estaba leyendo aquella noche.
Vauclair se tensó.
—No fui yo quien cerró el caso.
—No he dicho que lo fueras.
—Lo insinúas cada vez que mencionas mi informe.
—Tu informe ayudó.
—Era un informe médico, no una sentencia.
Gabriel lo miró.
—Entonces no tendría que molestarte que intentemos comprobar si estaba equivocado.
Vauclair no respondió.
Gabriel continuó.