Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 3 — Una cena para muertos #4
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Capítulo 3 — Una cena para muertos #4

Gabriel sostuvo su mirada.

—Sí.

Delacroix se quedó quieto.

—Habría sido agradable saberlo.

—Lo sé.

—Dice eso con bastante frecuencia.

—También lo sé.

Thibault miró de uno a otro.

—¿Delacroix tampoco sabía?

—No —respondió el detective.

Eso produjo más inquietud que cualquier otra cosa.

Hasta entonces podían imaginar que Gabriel y Delacroix compartían un plan.

La revelación de que no era así modificó la habitación.

Geneviève se levantó ligeramente de la silla y después volvió a sentarse.

—Gabriel, quiero que nos digas ahora mismo qué estás haciendo.

—Durante la cena dije que lo explicaría después.

—La cena ha terminado.

Gabriel miró los platos.

—Todavía no.

Geneviève lo observó con incredulidad.

—¿Estás esperando el café?

—Estoy esperando que se marche el servicio.

Ahora sí.

Nadie habló.

Delacroix vio cómo Corbin dirigía la mirada hacia la puerta del comedor.

Brissac hizo lo mismo. Éliane parecía no respirar.

Mariette, que había trabajado en aquella casa y entendía quizá mejor que cualquiera el significado de retirar deliberadamente al personal, miró a Gabriel con una expresión que ya no era simplemente incomodidad.

Constance fue la única que no mostró sorpresa.

Solo tristeza.

—Gabriel —dijo—. No hagas algo de lo que después no puedas volver.

Él sostuvo su mirada.

—Hace cinco meses que no puedo volver de nada.

La respuesta dejó sin continuación a la mesa.

Morel regresó para retirar los últimos platos.

Esta vez nadie habló mientras lo hacía.

Una de las criadas entró detrás de él, recogió las copas vacías y preguntó si querían más café en el salón. Gabriel dijo que sí, pero que podían dejarlo preparado y marcharse.

La joven pareció sorprendida.

—Sí, señor.

Delacroix observó a Gabriel durante todo el proceso.

No parecía disfrutar del nerviosismo que había provocado.

Tampoco parecía arrepentirse.

Aquello era peor.

La gente que actuaba por impulso solía ofrecer alguna salida cuando descubría las consecuencias. Gabriel llevaba demasiado tiempo pensando.

A las nueve menos cuarto salieron del comedor.

El vestíbulo estaba más frío que antes, quizá porque la puerta principal se había abierto varias veces durante la tarde y la noche caía húmeda afuera. Morel ayudó a las dos criadas con sus abrigos. Thibault permaneció junto al salón observando la escena con una expresión incrédula.

—Esto es absurdo.

—Todavía puedes marcharte —dijo Gabriel.

La frase provocó un silencio inmediato.

Thibault se volvió.

—¿Puedo?

—Claro.

—¿Ahora?

—Sí.

—Entonces ¿por qué estás montando todo esto?

Gabriel no respondió.

Thibault lo miró unos segundos y después soltó una risa breve.

—No. Ahora quiero saberlo.

Delacroix pensó que Gabriel había calculado bien esa parte.

La curiosidad era una cerradura excelente.

Louise y Berthe se despidieron. Morel salió con ellas hasta la grava y regresó unos minutos después. Michel, el conductor que había estado trabajando con uno de los automóviles, apareció desde las dependencias laterales, se puso la gorra y estrechó la mano de Gabriel. Después se marchó también.

Morel cerró la puerta tras él.

No con llave.

Aún no.

El hombre miró a Gabriel.

—La cocina queda recogida. He dejado café en el salón y agua caliente. ¿Necesita algo más?

—No, gracias.

—Volveré por la mañana a las siete y media.

—Perfecto.

Geneviève intervino.

—¿Usted también se marcha?

Morel pareció sorprendido por la pregunta.

—Sí, señora.

Miró a Gabriel.

—Según lo acordado.

Aquellas tres palabras hicieron todavía más evidente que nada de aquello era improvisado.

Morel se puso el abrigo, tomó un paraguas y se despidió con la misma corrección con la que probablemente habría abandonado la casa cualquier noche.

Solo que no era cualquier noche.

Cuando salió, Gabriel permaneció en el vestíbulo escuchando el ruido de sus pasos sobre la grava.

Un minuto después se oyó arrancar un motor.

A través de los cristales laterales, Delacroix vio las luces del automóvil desplazarse entre los árboles, empequeñecerse al llegar al final de la avenida y desaparecer.

Durante unos segundos nadie habló.

La casa cambió de forma sin moverse.

Seguían existiendo las mismas paredes, las mismas lámparas, el mismo fuego encendido en el salón y el mismo camino hasta Senlis detrás de la puerta.

Pero la ausencia del servicio había retirado algo que Delacroix no había notado mientras estaba presente: la idea de que siempre quedaba otra persona en alguna habitación, alguien que podía entrar, traer una bandeja, abrir una puerta o interrumpir una conversación antes de que llegara demasiado lejos.

Ahora eran solo ellos.

Gabriel.

Geneviève.

Thibault.

Constance.

Corbin.

Vauclair.

Éliane.

Brissac.

Mariette.

Y Delacroix.

Diez personas en una casa construida para muchas más.

Geneviève miró hacia la puerta por la que acababa de marcharse Morel.

Después se volvió hacia Gabriel.

—¿Por qué estamos solos?

Gabriel comprobó la hora.

Y Delacroix comprendió que, durante toda la cena, aquel hombre no había estado esperando el postre.

Había estado esperando exactamente aquello.