Capítulo 3 — Una cena para muertos #3
Olivier recordó un reloj marcando las diez y cuarto después de que Héloïse se hubiera marchado. Corbin creyó que eran las diez menos cuarto. Morel, llamado para aclararlo, recordó que el postre se sirvió poco después de las diez, pero no podía precisar si Héloïse seguía sentada.
La exactitud del expediente empezaba a parecer una creación posterior.
—¿Qué dijo antes de marcharse? —preguntó Delacroix.
Otra vez hubo una pausa.
Esta fue diferente.
Todos recordaban.
Gabriel respondió.
—Que el lunes acabaría con aquello.
Delacroix miró a Thibault.
—¿Aquello qué era?
—Los papeles.
Constance habló sin apartar los ojos de Gabriel.
—Dijo que el lunes iba a llevar las cuentas a una persona independiente.
—Un auditor —añadió Olivier.
—Y que si encontraba lo que creía que encontraría —dijo Corbin— tomaría medidas.
—¿Qué medidas?
Corbin apretó la boca.
—No lo especificó.
Thibault soltó una risa seca.
—Sí las especificó.
Geneviève lo miró.
—No.
—Madre, todos estábamos aquí.
—Dijo muchas cosas porque estaba enfadada.
—Dijo que si alguien había utilizado su dinero sin permiso iba a denunciarlo.
El silencio fue completo.
Delacroix observó la mesa.
—Eso ya suena bastante menos administrativo.
Thibault lo miró.
—¿Contento?
—Nunca especialmente. Facilita el trabajo.
Geneviève apoyó la servilleta.
—Héloïse no habría denunciado a su propia familia.
—Pensabas eso —dijo Thibault.
—Lo sabía.
—No la conocías tanto como creías.
La madre se puso rígida.
—No vuelvas a decirme cuánto conocía a mi hija.
Thibault se arrepintió inmediatamente.
—No quería…
—Entonces no lo digas.
Constance intervino con una suavidad que parecía nacida de años de práctica.
—Héloïse estaba furiosa. Todos dijimos cosas aquella noche que no habríamos repetido al día siguiente.
Delacroix la miró.
—¿También ella?
—Sí.
—¿Y usted?
Constance sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Qué dijo?
La pregunta encontró algo.
No miedo.
Una pausa demasiado consciente.
—Le dije que una familia no puede sobrevivir si cada error se trata como una traición.
—¿Y ella?
Constance sonrió débilmente, sin humor.
—Que una familia tampoco puede sobrevivir si llama error a todo lo que no quiere mirar.
Delacroix pensó que aquella frase sí sonaba a Héloïse.
Thibault se sirvió más vino.
—Después dijo algo peor.
Constance lo miró.
—No hace falta.
—Claro que hace falta. Hemos traído a Delacroix para decir la verdad, ¿no?
Gabriel no apartó los ojos de él.
—¿Qué dijo?
Thibault bebió.
—Que quizá había llegado el momento de dejar que algunas cosas se hundieran.
Olivier se movió incómodo.
Geneviève palideció.
Delacroix miró a Constance.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Se refería a la empresa?
—A todo —dijo Thibault—. Empresa. Patrimonio. Apellido. Nosotros. Héloïse estaba cansada de que siempre hubiera algo que salvar.
Constance respondió por primera vez con una dureza perceptible.
—No dijo que quisiera destruirnos.
—No. Solo dijo que dejaría de impedir que nos destruyéramos solos.
—No es lo mismo.
—Para quien cae, bastante.
Delacroix observó a Constance mientras Thibault hablaba. No había rabia en ella. Había algo más difícil de clasificar: una especie de cansancio antiguo, como si aquella discusión hubiera ocurrido muchas veces antes de octubre sin llegar nunca a pronunciar las mismas palabras.
—¿Usted llevaba las cuentas de la familia? —preguntó.
—No.
—¿Quién lo hacía?
—Varias personas.
—Una respuesta que empieza a repetirse.
—Corbin gestionaba asuntos legales. Brissac los empresariales. Yo ayudaba con cuestiones patrimoniales y familiares.
—¿Ayudaba cómo?
—Resolviendo problemas.
Thibault rio por la nariz.
—Eso sí es exacto.
Constance le lanzó una mirada.
—¿Quieres explicarlo tú?
—No hace falta. Desde que murió mi padre, si algo ardía, tía Constance llegaba con un cubo.
—Alguien tenía que hacerlo.
—Nunca he dicho que no.
—Lo dices como si fuera una acusación.
—No lo es.
Delacroix intervino.
—¿Qué clase de incendios?
Constance lo miró.
—Los normales.
—Las familias deben de ser más inflamables de lo que imaginaba.
Esta vez ella sonrió.
—Deudas. Enfermedades. Propiedades. Disputas. Decisiones equivocadas. Nada excepcional.
—Según la familia —murmuró Thibault.
Geneviève le lanzó otra mirada de advertencia.
Morel entró de nuevo.
—Señor Fontenay.
Gabriel se volvió.
—¿Sí?
—Michel pregunta si puede marcharse en cuanto termine con el automóvil del doctor. La carretera está empeorando y quiere llegar a casa antes de que vuelva a llover.
—Claro.
—Louise y Berthe también preguntan si mantienen lo acordado.
Gabriel asintió.
—Sí. Que terminen en la cocina y pueden irse.
Geneviève levantó la vista.
—¿Irse?
Gabriel miró hacia ella.
—Sí.
—¿Todo el servicio?
—Morel se quedará un poco más.
Morel corrigió con discreción:
—Hasta que cierre la cocina, señor.
—Eso.
Geneviève frunció el ceño.
—¿Y después?
—Después también se marchará.
La mesa quedó en silencio.
Delacroix observó a Gabriel.
Aquello no había sido mencionado.
Thibault apoyó la copa.
—¿Has decidido descubrir las virtudes del autoservicio?
Gabriel no sonrió.
—No necesitaremos a nadie después de la cena.
—Somos nueve personas.
—Podemos servirnos café solos.
—No dudo de nuestras capacidades.
Corbin levantó la vista.
—¿Esto estaba previsto?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Quiero privacidad.
Vauclair soltó una exhalación impaciente.
—Gabriel, estamos en una propiedad privada a kilómetros de París. No creo que las criadas estén esperando detrás de una puerta para vender nuestras conversaciones a la prensa.
—No he dicho eso.
—Entonces no entiendo.
—Lo entenderás.
Thibault se echó hacia atrás.
—Otra vez.
Geneviève miró a Gabriel con atención.
—¿Qué has preparado?
La pregunta fue tan directa que él tardó un instante.
—Nada que deba preocuparos.
—Esa frase nunca ha tranquilizado a nadie —dijo Delacroix.
Gabriel lo miró.
Por primera vez desde que habían empezado a cenar, pareció dudar seriamente.
—Solo quiero que hablemos sin interrupciones.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Corbin.
—El necesario.
—Eso tampoco es una respuesta.
Gabriel apoyó la servilleta junto al plato.
—Después de cenar.
Thibault cerró los ojos.
—Si vuelves a decir «después de cenar», voy a necesitar otra cena para llegar a la primera explicación.
Constance no rio.
Miraba a Gabriel.
—¿Has pedido expresamente que se marchen?
—Sí.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Porque no habría cambiado nada.
—Eso no responde.
—No quería convertirlo en un asunto antes de tiempo.
Delacroix dejó la taza sobre el plato con suavidad.
La frase le interesó.
Antes de tiempo.
Aquello significaba que existía un momento concreto en la cabeza de Gabriel.
Un punto después del cual sí quería que algo se convirtiera en asunto.
—¿A qué hora termina el servicio normalmente? —preguntó.
Gabriel lo miró.
—Depende.
—Esta noche.
—A las nueve aproximadamente.
—¿Y después nos quedamos solos?
—Sí.
—¿También usted lo había decidido antes de invitarme?