Capítulo 3 — Una cena para muertos #2
—Pero acaba de utilizarla usted.
Constance intervino.
—Armand, si cada palabra se convierte en prueba, nadie va a terminar la cena.
—No se preocupe. Las pruebas suelen ser bastante más difíciles de conseguir.
El uso del nombre no le pasó inadvertido. Constance lo había llamado señor Delacroix hasta ese momento. Podía ser simplemente un efecto de la conversación o una forma de suavizar el tono. Ella misma pareció advertirlo después, aunque no se corrigió.
Geneviève tomó su copa.
—Héloïse estaba enfadada. Había leído documentos que no comprendía del todo y sacó conclusiones.
Olivier bajó la mirada.
Thibault se removió.
Corbin observó el mantel.
Delacroix no necesitó preguntar si aquella afirmación era compartida.
—¿No comprendía los documentos? —preguntó.
—No era economista.
—Tampoco hace falta ser cirujano para comprender que alguien sangra.
Vauclair arqueó una ceja.
—Una comparación algo dramática.
—Estamos hablando de una mujer muerta. Me pareció prudente adaptarme al ambiente.
Geneviève continuó, ignorándolo.
—Mi hija era inteligente, pero también impulsiva. Encontró ciertas discrepancias y decidió inmediatamente que todo formaba parte de un engaño.
—¿Lo era?
—Había explicaciones.
—Eso tampoco responde.
—Porque no conozco todos los detalles.
Thibault soltó una exhalación que parecía una risa.
Su madre lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Has hecho ese ruido desde que tenías seis años y jamás ha significado nada.
—Precisamente.
—Thibault.
Él levantó ambas manos.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
Constance posó los cubiertos.
—Geneviève no conocía todos los detalles.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Usted sí?
Constance sostuvo su mirada.
—Más que ella.
—¿Todos?
—No.
—¿Los suficientes para saber por qué Héloïse hablaba de ilegalidades?
Corbin intervino antes de que Constance respondiera.
—Creo que estamos entrando en cuestiones que pueden tener implicaciones jurídicas para personas que no están obligadas a declarar.
Delacroix lo miró.
—Maître Corbin, si estuviera usted intentando conseguir que algo parezca interesante, está haciendo un trabajo magnífico.
—Estoy señalando un hecho.
—Yo también.
Gabriel se echó hacia atrás.
—No he traído a Armand para que nadie pueda esconderse detrás de tecnicismos.
—No estoy escondiendo a nadie —dijo Corbin.
—Eso aún no lo sabemos.
—Gabriel.
—¿Qué?
—No tiene derecho a hablarme de esa manera.
Gabriel lo miró durante un momento demasiado largo.
—Héloïse tampoco tenía derecho a morir.
Corbin palideció ligeramente.
La frase fue demasiado directa incluso para Gabriel. Delacroix vio cómo se arrepentía apenas terminó de decirla, no porque considerara falso el fondo sino porque la acusación había aparecido antes de tiempo.
—Eso no convierte a todos los presentes en sospechosos —dijo Vauclair.
—No —respondió Gabriel—. Solo a quienes tenían algo que ocultar.
Y ahí ocurrió.
No una revelación.
Algo más útil.
Cada persona reaccionó de manera diferente.
Geneviève endureció el rostro.
Thibault miró a Gabriel con hostilidad.
Constance bajó los ojos hacia su plato.
Corbin se quedó absolutamente quieto.
Vauclair frunció el ceño como si la acusación fuera profesional.
Olivier tomó vino.
Éliane perdió color.
Mariette miró hacia la puerta.
Delacroix vio las nueve reacciones y pensó que Gabriel quizá había cometido el único error que no debía cometer un hombre que intentaba sorprender a varias personas al mismo tiempo.
Les había avisado de que estaba mirando.
—Bueno —dijo Delacroix—, ahora que hemos conseguido que todos se sientan acusados, quizá podamos volver al postre.
Thibault lo miró y, contra toda lógica, empezó a reír.
La risa se contagió débilmente a Éliane y después murió.
Gabriel frotó una mano contra su frente.
—Lo siento.
—¿Por qué? —preguntó Thibault—. Al menos hemos llegado al motivo de la invitación antes del café.
Gabriel levantó la cabeza.
—Todavía no sabes el motivo.
La respuesta fue tan rápida que varios lo miraron.
Delacroix también.
Thibault dejó de sonreír.
—Entonces sorpréndenos.
—Después.
—Siempre después.
—Sí.
—¿Por qué?
Gabriel no contestó.
Constance intervino con calma.
—Porque quiere controlarlo.
La frase hizo que Gabriel la mirara.
—¿Qué?
—La noche. La conversación. Las preguntas. Todo. Llevas cinco meses sin poder controlar nada de lo que ocurrió y ahora has decidido que aquí sí podrás.
No había reproche en su voz.
Eso la volvió más incómoda.
Gabriel apoyó ambas manos en la mesa.
—Quiero que se haga bien.
—No es lo mismo.
—Quizá no.
—Gabriel —dijo Geneviève—, si esto es otra de tus acusaciones, prefiero que la hagas ahora.
—No es otra acusación.
—¿Entonces qué es?
—Una oportunidad.
Thibault soltó un sonido seco.
—Eso suena todavía peor.
Gabriel no respondió.
Morel entró con el postre y, durante unos minutos, la conversación quedó suspendida.
Sirvieron una tarta de peras que nadie parecía necesitar y café para quienes quisieran.
Delacroix aceptó ambos por una cuestión de principios.
Siempre le había parecido una forma innecesaria de dramatismo dejar de comer durante una investigación.
Mariette apenas había tocado la cena.
Delacroix la observó mientras Morel servía café.
—¿No tiene hambre?
La mujer levantó la vista.
Todas las miradas fueron hacia ella y Delacroix lamentó inmediatamente la elección de momento.
—No mucha.
—El viaje, quizá.
—Quizá.
Geneviève dijo:
—Mariette siempre comía poco.
Mariette la miró.
—No cuando trabajaba aquí.
Geneviève pareció sorprendida.
—Yo creía…
—No comíamos lo mismo.
La frase no fue hostil.
Tampoco amable.
Geneviève bajó ligeramente la mirada.
—No. Claro.
Delacroix tomó un poco de tarta.
—¿Estaba usted de servicio durante aquella cena?
—Sí.
—¿Sirvió esta mesa?
Mariette asintió.
—Con Louise y Berthe.
—¿Recuerda dónde estaba sentada Héloïse?
Mariette miró la mesa durante dos segundos.
Después señaló el lugar de Éliane.
—Ahí.
Thibault abrió la boca.
Constance fue más rápida.
—Eso recordaba yo.
Mariette continuó:
—El señor Thibault estaba donde está el doctor. La señora Constance aquí. La señora de Mareuil enfrente. El señor Fontenay en la cabecera.
Vauclair la miró con interés.
—Lo recuerda bastante bien.
—Tenía que saber a quién servir.
Delacroix sonrió.
—Al parecer hemos encontrado a la única persona de la mesa con motivos profesionales para recordar una mesa.
Mariette no sonrió, pero algo en su expresión se relajó.
—Héloïse estaba enfadada —añadió.
Geneviève hizo un gesto cansado.
—Eso ya lo sabemos.
Mariette guardó silencio.
Delacroix la miró.
—¿Iba a decir algo más?
—No.
—Parecía que sí.
Mariette dudó.
—La señorita Héloïse apenas comió.
—Eso también lo recordábamos.
—No fue por estar enfadada.
La mesa quedó quieta.
Vauclair inclinó el cuerpo hacia delante.
—¿Por qué lo dice?
—Porque se llevó una mano al estómago varias veces.
Gabriel la miró fijamente.
—Nunca dijiste eso.
Mariette se encogió ligeramente.
—Nadie me lo preguntó.
—La policía te preguntó si estaba enferma.
—Me preguntaron si había parecido enferma durante el día. No dije que estuviera enferma. Dije que durante la cena se tocó el estómago.
—Eso no figura en la declaración —dijo Corbin.
Mariette lo miró.
—Entonces no lo escribieron.
Vauclair dejó el tenedor.
—¿Náuseas?
—No lo sé.
—¿Sudaba?
—No me fijé.
—¿Estaba pálida?
—Estaba enfadada.
Thibault murmuró:
—Eso responde menos de lo que parece.
Delacroix pensó lo mismo.
—¿Bebió vino?
Mariette asintió.
—Poco.
—¿Agua?
—Sí.
—¿Comió lo mismo que los demás?
—Sí.
Gabriel miró a Vauclair.
El médico entendió la pregunta antes de que apareciera.
—No demuestra nada. Una molestia digestiva puede tener cien causas.
—¿También puede aparecer antes de un colapso cardíaco?
—Puede.
—¿Y antes de una intoxicación?
Vauclair lo miró.
—También.
La palabra cayó suavemente.
Nadie dijo nada durante varios segundos.
Geneviève fue la primera.
—No hubo veneno.
—No he dicho que lo hubiera —respondió Vauclair.
—Lo has insinuado.
—Gabriel lleva cinco meses insinuándolo.
Gabriel negó.
—Yo nunca dije que fuera veneno.
—Has dicho prácticamente todo lo demás.
Delacroix dejó la taza.
—¿Se analizaron alimentos?
Vauclair respondió:
—No.
—¿Contenido gástrico?
—No de manera específica para tóxicos raros.
Gabriel endureció la mandíbula.
—Porque decidisteis que había sido natural.
Vauclair lo miró con irritación.
—Porque no había indicios razonables de otra cosa.
—Tenía veintiocho años.
—La edad no es inmunidad.
—Estaba sana.
—Hasta donde sabíamos.
—Yo sabía.
—No eras su médico.
—Era el hombre con el que iba a casarse.
—Y eso no te convierte en médico.
Delacroix levantó la mano.
—Si continuamos así, la muerte de Héloïse terminará siendo la parte menos violenta de la noche.
Ambos callaron.
Constance miró a Mariette.
—¿Recuerdas si Héloïse comentó sentirse mal?
—No.
—¿Pidió algo?
—Agua.
—Todos bebimos agua.
—Pidió otra jarra.
Gabriel la miró.
—¿La subió a la habitación?
Mariette tardó apenas demasiado.
—No.
Delacroix sintió el pequeño desplazamiento.
—¿Quién la subió?
—No lo sé.
—¿La jarra que se rompió era del comedor?
Mariette miró hacia él.
—Sí.
Gabriel frunció el ceño.
—Pensé que ya estaba en su habitación.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces alguien la llevó.
Mariette bajó la mirada.
—Supongo.
Delacroix no preguntó más.
Todavía.
La jarra podía ser absolutamente irrelevante. En realidad, probablemente lo era. Pero cinco meses después, una persona recordaba que Héloïse había pedido agua durante la cena y el recipiente roto junto a su cadáver había salido de aquella misma estancia. Eso bastaba para anotarlo mentalmente.
—¿Quién retiró la mesa aquella noche? —preguntó.
Mariette respondió:
—Nosotras tres.
—¿Héloïse se marchó antes de terminar?
—Sí.
Thibault negó.
—No inmediatamente.
—Se levantó antes del café.
—Volvió.
Éliane lo miró.
—Eso es lo que te dije antes.
Thibault frunció el ceño.
—No. Digo que volvió al comedor.
—No volvió aquí.
—La vi en el pasillo.
—Eso no es volver al comedor.
Delacroix los miró.
—¿A qué hora se levantó?
Nadie sabía.
Gabriel calculó alrededor de las diez.
Geneviève dijo que quizá antes.