Capítulo 3 — Una cena para muertos
El comedor de Les Ormes tenía la clase de elegancia que parecía haber sido diseñada para que las discusiones familiares resultaran más educadas de lo que eran.
Las paredes, revestidas hasta media altura de madera oscura, recogían la luz de dos lámparas suspendidas sobre una mesa demasiado larga para nueve personas y la devolvían con un brillo cálido que favorecía a casi todos.
Sobre la chimenea había un espejo antiguo, ligeramente moteado en los bordes, que duplicaba las copas, los candelabros bajos y las cabezas inclinadas de los comensales sin llegar a ofrecer una imagen completamente nítida de nadie.
Delacroix pensó que era un objeto bien elegido para aquella noche.
Morel había colocado a Gabriel en una cabecera y a Geneviève en la otra, probablemente por alguna lógica social anterior a la muerte de Héloïse.
Delacroix quedó a la derecha de Gabriel; Constance frente a él.
Thibault se sentó junto a Éliane, una elección que podía haber sido accidental o maliciosa, aunque ninguno de los dos pareció dispuesto a discutirla.
Corbin, Vauclair, Brissac y Mariette completaban la mesa.
Esta última había intentado ocupar el lugar más próximo a la puerta, pero Gabriel le pidió con naturalidad que se sentara con los demás y, durante un instante incómodo, todos comprendieron que en otra época Mariette habría servido aquella cena en lugar de participar en ella.
Delacroix advirtió también que Gabriel había dejado una silla vacía cerca de la chimenea.
No era una décima plaza preparada. No había plato, cubiertos ni copa. Era simplemente una silla que pertenecía al mobiliario y que nadie había retirado.
Aun así, varias miradas fueron hacia ella.
Gabriel debió de notarlo porque llamó a Morel.
—¿Puede llevar esa silla al salón?
Morel obedeció sin preguntar.
Nadie comentó nada.
Delacroix pensó que si Héloïse hubiera estado allí, probablemente habría disfrutado del efecto más que cualquiera de ellos.
La primera parte de la cena transcurrió con una cortesía casi feroz.
Morel y dos criadas jóvenes sirvieron una sopa de puerros y patata, después pescado con una salsa ligera y verduras que Thibault examinó como si sospechara que podían declarar contra él.
Geneviève preguntó a Constance por una prima enferma en Fontainebleau.
Corbin habló brevemente del tráfico en la carretera desde París.
Vauclair comentó el invierno, Brissac las lluvias y Gabriel prácticamente nada.
Era esa forma de conversación que solo aparecía cuando todos sabían perfectamente de qué se estaba evitando hablar y consideraban una cuestión de orgullo demostrar que podían evitarlo durante más tiempo que los demás.
Delacroix colaboró durante casi diez minutos.
Después decidió que había cumplido con las convenciones.
—¿Héloïse se sentaba aquí?
Gabriel levantó la vista.
La pregunta pareció sorprender menos que el momento elegido.
—No.
—¿Dónde?
Geneviève señaló el lugar que ocupaba Éliane.
—Allí.
Éliane dejó los cubiertos.
Thibault miró primero la silla, después a ella.
—No siempre.
—Aquella noche sí —dijo Geneviève.
—No. Aquella noche estaba donde está Constance.
Constance lo miró.
—Yo estaba donde estoy ahora.
—¿Seguro?
—Bastante.
—Yo también lo recuerdo así —dijo Olivier.
Éliane negó.
—Héloïse estaba a mi izquierda.
—Eso la pondría donde está Delacroix —observó Corbin.
—No. Yo estaba más abajo.
Delacroix miró la mesa.
—Resulta reconfortante comprobar que tampoco recuerdan dónde se sentaron.
Geneviève dejó la cuchara.
—No veo qué importancia puede tener.
—Ninguna, quizá. Pero si nueve personas no pueden reconstruir una mesa, siempre conviene ser prudente antes de pedirles que reconstruyan una muerte.
Gabriel apoyó los antebrazos en el borde.
—Tenemos el plano del informe.
—¿La policía dibujó las posiciones?
—Sí.
—Entonces ya sabemos dónde declararon haberse sentado. A mí me interesa saber qué recuerdan sin mirarlo.
Thibault sonrió.
—Empiezo a comprender por qué resulta usted irritante.
—No se precipite. Tengo cualidades más profundas.
La risa fue pequeña, pero esta vez alcanzó incluso a Éliane. Geneviève no rio, aunque su boca perdió algo de rigidez.
Constance miró alrededor.
—Héloïse estaba allí.
Señaló el lugar de Éliane.
—Estoy segura.
—¿Por qué? —preguntó Delacroix.
—Porque se enfadó con Thibault durante el pescado y tuvo que inclinarse hacia delante para hablarle sin levantar la voz. Él estaba dos lugares más allá.
Thibault hizo una mueca.
—Eso sí lo recuerdo.
—¿El pescado o el enfado?
—Ambos. El pescado tenía menos espinas.
—No estabas especialmente gracioso aquella noche.
—Tampoco ahora, según algunos.
Geneviève suspiró.
—Podríamos cenar una vez sin convertir cada recuerdo en una acusación.
—Estamos cenando en la casa donde murió Héloïse con un detective sentado a la mesa —dijo Thibault—. Creo que la opción de fingir normalidad ha quedado un poco dañada.
—Nadie te obliga a fingir normalidad.
—Eso es una suerte.
Gabriel intervino.
—Thibault.
La advertencia bastó.
Morel retiró los platos y sirvió el siguiente servicio.
Durante unos minutos, el movimiento del personal devolvió a la mesa una estructura sencilla: copas llenadas, platos colocados, servilletas apartadas.
Delacroix observó a los criados. Una de las jóvenes parecía demasiado nueva para haber estado allí en octubre; la otra quizá también.
Morel, en cambio, se movía con la confianza de quien conocía no solo la casa sino también las costumbres de quienes la ocupaban.
No parecía escuchar, pero Delacroix había conocido suficientes mayordomos como para saber que aquella profesión exigía un oído excelente y una expresión facial mediocre.
Cuando estuvieron de nuevo solos, Delacroix tomó un trozo de pan.
—¿De qué discutieron exactamente Héloïse y usted?
Thibault miró hacia Geneviève antes de responder.
—Ya lo sabe. Dinero.
—Eso describe desde matrimonios hasta guerras. Preferiría algo más preciso.
—Había encontrado documentos que no le gustaban.
—¿Qué documentos?
—No lo sé.
Constance lo miró.
—Sí lo sabes.
La frase salió sin dureza.
Precisamente por eso tuvo más peso.
Thibault sostuvo la mirada de su tía unos segundos.
—Sabía que había encontrado algo relacionado con una garantía.
Olivier dejó la copa.
Corbin se quedó inmóvil.
Delacroix miró a ambos y después volvió a Thibault.
—¿Suya?
—De la empresa.
—No he preguntado de quién era la garantía.
Thibault apoyó los codos sobre la mesa, olvidando durante un instante toda educación.
—No sé qué pretende conseguir interrogándome aquí.
—De momento, evitar aburrirme.
—Armand —dijo Gabriel.
Delacroix lo miró.
—¿Sí?
Gabriel pareció debatirse entre disculparse por él y animarlo a continuar.
Eligió algo intermedio.
—Quizá podamos terminar de cenar antes de entrar en todo esto.
Delacroix se encogió ligeramente de hombros.
—Por supuesto.
Thibault sonrió sin alegría.
—Qué considerada generosidad.
—No se acostumbre.
La comida continuó, aunque ya no existía posibilidad real de volver a hablar del clima.
Fue Éliane quien, quizá porque el silencio empezaba a resultar más incómodo que cualquier pregunta, mencionó a Héloïse sin que Delacroix la provocara.
—Le habría parecido ridículo todo esto.
Gabriel levantó la vista.
—¿Qué cosa?
Éliane hizo un gesto que abarcaba la mesa.
—Nosotros. Volviendo a sentarnos casi igual. Discutiendo sobre dónde estaba cada uno. Héloïse odiaba las reconstrucciones sentimentales.
Geneviève frunció el ceño.
—No sé qué significa eso.
—Que después de una discusión no soportaba que nadie dijera «lo que en realidad quisiste decir». Siempre respondía que si había querido decir otra cosa habría usado otras palabras.
Thibault rio.
—Eso sí era ella.
—Era agotador —añadió Éliane, y sonrió por primera vez sin mirar a nadie para comprobar si podía hacerlo—.
Una vez discutimos durante una hora porque le dije que estaba enfadada y me respondió que no, que estaba irritada, como si hubiera una escala oficial y yo hubiera cometido una falta administrativa.
Constance sonrió también.
—La había.
—Por supuesto.
Geneviève se permitió una pequeña expresión de cansancio afectuoso.
—De niña corregía las cartas de su padre.
—Eso no lo sabía —dijo Gabriel.
—Porque él lo prohibió después de la tercera.
—¿Qué corregía?
—Ortografía. Puntuación. Una vez le devolvió una carta comercial con tres palabras subrayadas y escribió al margen: «Si vas a despedir a alguien, al menos hazlo con buena sintaxis».
Thibault soltó una carcajada.
Incluso Corbin sonrió.
Por unos segundos, Héloïse dejó de ser una mujer tendida junto a una jarra rota y volvió a ocupar la mesa con una personalidad suficientemente irritante como para resultar querida.
Delacroix no intervino.
Era mejor así.
—Podía ser cruel —dijo Brissac.
La frase cortó el buen humor con una precisión involuntaria.
Éliane lo miró.
—No era cruel.
—Podía serlo.
—Ser directa no es lo mismo.
—Depende de quién recibe la dirección.
Gabriel se tensó.
—¿Qué quieres decir?
Olivier parecía arrepentido de haber hablado, pero ya era tarde.
—Nada concreto.
—Eso nunca significa nada bueno —dijo Delacroix.
Olivier lo miró.
—Héloïse tenía una idea muy particular de la honestidad. Creía que decir algo verdadero eliminaba cualquier obligación de pensar en cómo podía destruir a la persona que lo escuchaba.
—Eso parece bastante concreto.
—No era una crítica a ella.
—Lo parecía.
Olivier bebió un poco de vino.
—Le dije entonces lo mismo que diría ahora. Algunas empresas no pueden administrarse como una cuestión moral abstracta. Hay empleados, proveedores, familias enteras que dependen de decisiones que desde fuera pueden parecer limpias o sucias y que, en realidad, solo son necesarias.
—¿Y Héloïse no estaba de acuerdo?
—Héloïse creía que una ilegalidad seguía siendo una ilegalidad aunque pagara salarios.
El comedor quedó quieto.
Delacroix miró a Olivier.
—Interesante palabra.
Brissac frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Ilegalidad.
—Era la palabra que utilizaba ella.