Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 2 — Los que regresan #4
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Capítulo 2 — Los que regresan #4

—¿La policía permitió que media casa entrara antes?

Gabriel se tensó.

—No sabíamos que era un crimen.

—Lo sé.

Delacroix caminó hasta el escritorio.

Sobre él todavía había una bandeja de cuero, un secante y un pequeño portalápices.

—¿Los documentos que llevaba Héloïse estaban aquí?

Gabriel asintió.

—Una carpeta.

—¿Se encontró abierta?

—Sí.

—¿Faltaba algo?

—No que supiéramos.

—Una respuesta que siempre me llena de confianza.

Constance se acercó apenas.

—Héloïse había pasado parte de la tarde revisando esos papeles.

—¿Aquí?

—En la biblioteca primero. Después subió algunos.

—¿Usted estuvo en esta habitación ese día?

Gabriel miró a Constance.

Ella respondió sin vacilar.

—No lo recuerdo.

Delacroix se volvió lentamente.

—No le he preguntado si recuerda haber estado.

Constance lo sostuvo con serenidad.

—Entonces reformule.

—¿Estuvo?

—No que yo sepa.

Una respuesta extraña.

No necesariamente culpable.

Pero extraña.

Delacroix miró hacia la puerta.

—Gabriel, ¿quién tenía acceso a esta habitación?

—Cualquiera. No estaba cerrada durante el día.

—¿Héloïse llevaba la llave?

—A veces la dejaba puesta.

—¿Dentro?

—Sí.

Constance añadió:

—Cuando estaba en casa, no trataba la habitación como una caja fuerte.

Delacroix volvió a mirar la cerradura.

—Solo cuando se quedaba dentro.

—Exactamente.

Aquella frase quedó unos segundos.

Solo cuando se quedaba dentro.

Delacroix no sabía todavía por qué le resultaba importante. Quizá no lo era. La experiencia le había enseñado a desconfiar de las intuiciones demasiado tempranas; se parecían demasiado a prejuicios bien vestidos.

Salieron al corredor.

Al cerrar la puerta, Gabriel comprobó automáticamente el picaporte.

Delacroix observó el gesto.

—¿La llave original existe?

Gabriel lo miró.

—Sí.

—Quiero verla.

Otra pequeña pausa.

—Esta noche.

—¿Por qué esta noche?

—Porque forma parte de lo que encontré.

Delacroix se quedó quieto.

Constance, unos pasos más atrás, también.

—Eso habría sido útil mencionarlo antes.

—Lo sé.

—Empiezo a detectar una costumbre.

Gabriel respiró.

—Quiero explicarlo todo en orden.

—El orden es una virtud. El exceso de orden, una forma elegante de ocultar cosas.

—No intento ocultárselo a usted.

—Entonces todavía no comprendo por qué no me enseña la llave.

Gabriel bajó la voz.

—Porque quiero que primero escuche lo que todos dijeron aquella noche.

Delacroix lo observó durante varios segundos.

—Muy bien.

No añadió nada.

Bajaron.

Cuando regresaron al salón, el ambiente había cambiado de manera difícil de precisar.

Quizá porque quienes se habían quedado abajo habían hablado.

Quizá porque ya era completamente de noche.

Quizá porque la proximidad de la cena empezaba a darle a la reunión una formalidad que el café había conseguido retrasar.

Mariette estaba ahora sentada cerca de la puerta.

Thibault y Éliane ocupaban extremos distintos de la habitación.

Corbin había abierto finalmente su maletín y revisaba papeles.

Brissac hablaba en voz baja con Geneviève.

Delacroix se detuvo en el centro del salón.

—Una última pregunta antes de cenar.

Todos lo miraron.

—¿Quién fue la última persona que vio viva a Héloïse?

El silencio volvió.

Gabriel respondió:

—Yo.

Éliane dijo:

—No.

Thibault habló casi al mismo tiempo:

—Fue Éliane.

Geneviève frunció el ceño.

—Creía que había sido Constance.

Constance volvió la cabeza.

—Yo la vi antes de la cena.

Brissac murmuró:

—Héloïse volvió abajo después.

Corbin levantó la vista de sus papeles.

—Eso no figura en ninguna declaración.

Delacroix miró lentamente a cada uno.

Cinco meses.

Un expediente cerrado.

Una mujer muerta en una habitación cerrada.

Y ni siquiera podían ponerse de acuerdo sobre quién la había visto por última vez.

Gabriel estaba pálido.

—Eso es exactamente lo que llevo meses intentando explicar.

Delacroix no apartó la mirada del grupo.

—No. Lo que usted lleva meses intentando explicar es que alguien mató a Héloïse. Esto es diferente.

Gabriel frunció el ceño.

—¿En qué sentido?

—En que todavía no sé si alguno de ustedes está mintiendo.

Hizo una pausa y miró hacia el comedor, donde Morel acababa de anunciar que la cena estaba servida.

—Pero empiezo a sospechar que varios no necesitan demasiado esfuerzo para hacerlo.

Nadie respondió.

Uno a uno fueron levantándose.

Gabriel esperó a que los demás empezaran a salir del salón y se quedó junto a Delacroix.

—Después de cenar se lo explicaré todo.

Delacroix lo miró.

—Eso espero.

—No confía en mí.

—Lo conozco desde esta tarde.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces empieza a conocerme.

Gabriel casi sonrió.

Cruzaron el vestíbulo detrás del resto.

La puerta principal permanecía cerrada, pero no con llave.

Todavía no.

Delacroix pasó junto a ella sin prestarle más atención.

Más tarde recordaría aquel detalle con una claridad absurda.

En ese momento, lo único que le preocupaba era otra puerta.

La de una habitación en el piso superior que una mujer había cerrado cinco meses atrás desde dentro.

Y una llave que Gabriel Fontenay, por razones que todavía no quería explicar, se negaba a enseñarle.