Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 2 — Los que regresan #3
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Capítulo 2 — Los que regresan #3

—Exactamente. Pero su futuro suegro financiero parece haber sido suficientemente interesante como para discutir por él durante su última cena.

Thibault soltó una risa sin alegría.

—No era su suegro.

Delacroix lo miró.

—Creo que el café me ha vuelto menos preciso.

—Mareuil Frères era de nuestra familia. Héloïse tenía participación, pero su dinero importante venía de nuestra madre.

Geneviève corrigió:

—De mi familia.

—Eso he dicho.

—No exactamente.

—La precisión hereditaria siempre ha sido una pasión tuya.

Constance apoyó una mano en el brazo de Geneviève.

—No importa.

—Empiezo a sospechar que sí —dijo Delacroix.

Gabriel miró hacia él.

—Héloïse tenía patrimonio propio. Una parte había sido administrada durante años junto con otros intereses familiares.

—¿Y ella quería separarlo?

—Quería revisar todo.

—¿Y eso preocupaba a alguien?

Nadie respondió.

Aquella respuesta colectiva fue mejor que cualquier nombre.

Delacroix la dejó reposar.

Afuera, la tarde terminó de apagarse. Morel entró discretamente para encender dos lámparas y preguntar a Gabriel si mantenía la cena a las ocho. Gabriel dijo que sí. El hombre salió.

La casa cambió con la luz artificial.

No mucho.

Solo lo suficiente para que los cristales de las ventanas dejaran de mostrar el jardín y empezaran a devolver reflejos del salón. De pronto cada persona tenía, detrás de sí, una segunda versión pálida suspendida en el vidrio.

—Antes de cenar quiero volver arriba —dijo Delacroix.

Gabriel se incorporó inmediatamente.

—¿A la habitación?

—Sí.

—Voy con usted.

Vauclair también se levantó.

—Debería acompañarlos. Hay cosas sobre la posición del cuerpo que Gabriel no recuerda con precisión.

Gabriel lo miró.

—La recuerdo perfectamente.

—No es una crítica.

—Lo parece.

Delacroix suspiró.

—Los dos. Si tenemos suerte, conseguirán discutir en puntos distintos de la escalera y ahorrar tiempo.

Thibault sonrió otra vez.

Constance se puso en pie.

—Yo también iré.

Delacroix la miró.

—¿Por qué?

La pregunta la sorprendió apenas.

—Porque estaba aquí aquella noche.

—También otras seis personas.

—Conocía sus costumbres mejor que algunas.

—Eso sí puede resultar útil.

Subieron los cuatro.

La galería del piso superior parecía más estrecha con las lámparas encendidas y la oscuridad ocupando las ventanas. Gabriel abrió la Chambre des Tilleuls y dejó pasar primero a Delacroix.

La estancia había perdido parte de la neutralidad que tenía por la tarde.

Quizá porque ahora conocía algunos nombres.

El escritorio era donde Héloïse podía haber guardado documentos.

La cama pertenecía a una mujer que había discutido con su hermano.

La puerta era la que cerraba siempre.

Delacroix se acercó directamente al punto donde Gabriel había indicado que encontraron el cuerpo.

—Muéstreme exactamente.

Gabriel se colocó junto a la mesa.

—Estaba de costado. La cabeza aquí.

Señaló la alfombra.

Vauclair negó.

—Un poco más cerca del borde.

Gabriel lo miró.

—No.

—Gabriel.

—Yo entré primero.

—Y yo examiné el cuerpo.

Delacroix señaló el suelo.

—Doctor.

Vauclair se colocó en posición y describió el cuerpo con las manos.

—La cabeza estaba aproximadamente aquí. El brazo derecho extendido. La mano cerca de los cristales.

—¿Qué tipo de jarra?

—Cristal fino. Pequeña. Había agua.

—¿Sobre qué mesa estaba originalmente?

Gabriel señaló la mesita junto a la butaca.

—Aquí.

Delacroix midió con la vista la distancia.

—¿Y creen que la golpeó al caer?

Vauclair asintió.

—La posición lo sugería.

—¿Tenía heridas por cristal?

—Una pequeña lesión en la mano.

—¿Dónde?

El médico tocó la base de su propio pulgar derecho.

Delacroix miró el gesto.

—¿Profunda?

—No.

—¿Sangró?

—Muy poco.

—¿Fragmento dentro?

Vauclair frunció el ceño.

—No recuerdo.

—¿Lo buscó?

La irritación volvió.

—Había una mujer muerta en el suelo, señor Delacroix. Una abrasión menor junto a cristales rotos no era precisamente el centro del problema.

—En ese momento.

—Ni después.

Delacroix no respondió.

Se acercó a la puerta.

Introdujo la mano en el hueco de la cerradura como si imaginara la llave allí.

—¿Cuando forzaron la puerta la llave cayó?

Gabriel negó.

—No. Permaneció en la cerradura.

—¿La retiraron?

—Sí.

—¿Quién?

Gabriel pensó.

—Creo que yo.

Vauclair movió la cabeza.

—No. Fue Thibault.

Gabriel se volvió.

—No.

—Recuerdo que la sacó porque intentaste cerrar después para que nadie entrara.

—La policía todavía no había llegado.

—Precisamente.

Delacroix los observó.

—Excelente.

Gabriel se irritó.

—¿Qué tiene de excelente que no recordemos quién sacó una llave?

—Nada. Pero empieza a convertirse en una costumbre.

Constance se había mantenido junto al tocador. Ahora habló.

—Creo que fue Gabriel.

Ambos hombres la miraron.

—Estabas abajo —dijo Vauclair.

—Subí después de que entrasteis.

—Entonces no puedes saberlo.

Constance se quedó quieta.

—Tienes razón.

No intentó defenderse.

Aquello interesó a Delacroix.

—¿Por qué cree recordarlo?

Constance miró la cerradura.

—Porque recuerdo a Gabriel con la llave en la mano.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Aquella noche?

—Eso creo.

—¿O después?

Constance tardó.

—Podría ser después.

Delacroix asintió.

No había acusación en su rostro.

Solo registro.

Se volvió hacia la ventana.

—¿Quién comprobó los pestillos?

Gabriel señaló a Vauclair.

—Él.

—Y Corbin —dijo Vauclair—. Cuando llegó la policía ya se habían revisado.