Capítulo 2 — Los que regresan #2
—No esa habitación, naturalmente. Cualquier habitación donde durmiera. Era una costumbre. Si tenía documentos o simplemente quería estar sola, cerraba.
—¿Miedo?
Constance negó.
—Privacidad.
Geneviève intervino.
—Su padre entraba en todas partes sin llamar.
Algo parecido a una sonrisa pasó por la boca de Constance.
—Eso también.
Delacroix contempló a ambas. Por primera vez Héloïse apareció como algo distinto de una víctima en un expediente. Una niña cerrando una puerta porque su padre no llamaba. Una mujer que había conservado la costumbre.
—¿La llave era siempre la misma? —preguntó.
Gabriel asintió.
—La cerradura no se había cambiado.
—¿Algún problema previo?
—No que yo sepa.
Éliane movió ligeramente la cabeza.
Delacroix lo vio.
—¿No está de acuerdo?
Ella levantó la mirada.
—No he dicho nada.
—Eso es lo que me ha llamado la atención.
Éliane vaciló. Tenía una forma particular de hacerlo: no miraba a quien le hablaba sino a algún punto lateral, como si allí pudiera aparecer una respuesta menos costosa.
—Aquella noche dijo que la cerradura estaba dura.
Gabriel se volvió.
—¿Qué?
El salón entero pareció reacomodarse.
Éliane respiró.
—No sé si fue aquella noche o la tarde. Me dijo algo parecido. Que la llave costaba más de girar.
—Nunca me lo dijiste —dijo Gabriel.
—Porque no pensé que importara.
—Murió detrás de esa puerta.
—Lo sé.
La respuesta salió más brusca de lo que quizá pretendía.
Gabriel guardó silencio.
Delacroix intervino.
—¿Recuerda las palabras exactas?
Éliane negó.
—No. Han pasado cinco meses. Estábamos hablando de otra cosa. Creo que mencionó que Gabriel debía hacer revisar la cerradura porque iba más dura.
Delacroix miró a Gabriel.
—¿Se revisó alguna vez?
—No antes de su muerte.
—¿Después?
—La policía examinó la puerta.
—No es lo mismo.
Gabriel frunció el ceño.
—Yo mismo revisé la cerradura después.
Esta vez fue Delacroix quien percibió un cambio en la voz.
Muy pequeño.
—¿Cuándo?
Gabriel tardó demasiado.
—Meses después.
—¿Y?
—Funcionaba.
—Una respuesta modesta.
—No encontré nada que explicara su muerte.
La formulación era precisa.
No había dicho que no encontrara nada.
Delacroix decidió dejarlo ahí.
Por ahora.
Vauclair se removió.
—Una cerradura dura no convierte una muerte natural en asesinato.
—No —dijo Delacroix—. Tampoco la descarta.
—Podemos llenar la tarde de detalles irrelevantes.
—Esa es una excelente definición de una investigación hasta que uno descubre cuál no era irrelevante.
Vauclair no respondió.
Delacroix miró a Éliane otra vez.
—¿Fue usted la última persona que habló con Héloïse?
—No.
Thibault dijo al mismo tiempo:
—Creo que sí.
Gabriel negó.
—No. Yo la vi después.
Las tres voces se superpusieron.
Por primera vez desde que había llegado, Delacroix sonrió de verdad.
—Perfecto.
Nadie pareció compartir su entusiasmo.
—¿Qué tiene de perfecto? —preguntó Geneviève.
—Que llevamos cinco meses desde una muerte y todavía no estamos de acuerdo sobre algo tan sencillo como quién vio por última vez a la víctima.
—Eso no significa que nadie mienta —dijo Constance.
—No. Significa algo más incómodo: que todavía no sabemos si alguien miente.
Gabriel se apoyó en el respaldo de una silla.
—La policía estableció que yo fui el último.
Éliane lo miró.
—Eso no es lo que yo recuerdo.
—¿Qué recuerdas?
—Que después de hablar conmigo bajó otra vez.
—¿Quién?
—Héloïse.
Thibault frunció el ceño.
—No bajó.
—Sí bajó.
—Yo estuve en el salón.
—No todo el tiempo.
La frase salió antes de que Éliane pudiera detenerla.
Thibault la miró.
Ella se puso ligeramente pálida.
Geneviève observó a ambos.
Delacroix pensó que acababa de tropezar con algo que probablemente no tenía relación con la muerte y que, precisamente por eso, podía terminar siendo útil.
—Bien —dijo—. Retrocedamos.
Tomó la taza vacía y la dejó sobre la mesa.
—Quiero el sábado desde el desayuno. No las once de la noche. No el cadáver. No la puerta. El día entero.
Thibault soltó una exhalación.
—Eso nos llevará horas.
—Tenemos una casa cómoda y café. Sería vulgar desaprovechar ambos.
Gabriel miró el reloj.
—La cena está prevista para las ocho.
—Entonces intentaremos llegar vivos.
Hubo algunas sonrisas cansadas.
La tensión descendió apenas.
Lo suficiente.
Delacroix empezó por la mañana.
Héloïse había desayunado tarde con Gabriel y Éliane.
Geneviève había permanecido en su habitación por una jaqueca.
Thibault había salido con Olivier para revisar unos papeles relacionados con Mareuil Frères.
Constance había llegado poco antes del mediodía.
Corbin apareció después del almuerzo con documentación.
Vauclair no había estado presente hasta la noche; había sido llamado cuando Héloïse dejó de responder.
Eso último detuvo a Delacroix.
—¿Usted no estaba invitado originalmente?
—No —dijo Vauclair—. Estaba cenando en Senlis. Gabriel mandó a buscarme.
—¿A qué hora?
—Poco después de medianoche.
—¿Quién decidió llamarlo?
—Gabriel.
—¿No la policía?
—Aún no sabíamos que había un crimen.
—Todavía no sabemos que lo había.
Gabriel apretó la mandíbula.
Delacroix levantó una mano antes de que respondiera.
—No confunda mi obligación de no asumir con una opinión.
Gabriel cedió.
Siguieron.
La tarde había sido más confusa.
Héloïse habló con Corbin en la biblioteca.
Después con Thibault.
Más tarde hubo una conversación con Constance.
Geneviève insistió en que no debía llamarse discusión.
Thibault replicó que en esa familia cualquier conversación en la que alguien elevaba la voz más de dos centímetros pasaba a denominarse «intercambio de opiniones».
Constance lo ignoró.
—Héloïse estaba alterada —explicó—. Creía haber descubierto irregularidades en algunas cuentas y quería tomar decisiones muy rápidas.
—¿Eran irregularidades?
Brissac respondió antes que ella.
—Había cuestiones que necesitaban aclararse.
—Otra expresión tranquilizadora.
—Las empresas grandes tienen estructuras complejas.
—Y palabras aún más complejas cuando algo sale mal.
Brissac aceptó el golpe con una inclinación mínima.
—Puede interpretarlo así.
—Lo haré hasta que me ofrezca otra interpretación.
Corbin intervino.
—No creo que una discusión financiera sea necesariamente relevante para la forma en que murió.
Delacroix lo miró.
—Estoy empezando a sentir que todos ustedes tienen una extraordinaria necesidad de decirme qué cosas no son relevantes.
Corbin apoyó ambas manos sobre el maletín.
—Intento evitar conclusiones precipitadas.
—Yo también. Por eso todavía escucho.
La conversación continuó.
A medida que avanzaban por la tarde del doce de octubre, Delacroix empezó a percibir un fenómeno que conocía bien: la muerte había reorganizado los recuerdos. Ninguno reconstruía aquel día como lo había vivido. Lo reconstruían como el último día de Héloïse.
Un desayuno que probablemente había sido banal ahora parecía cargado de significado.
Una discusión adquiría tonos proféticos.
Una mirada se convertía en despedida.
Una frase casual llevaba cinco meses siendo examinada hasta perder todo parecido con lo que fue.
Era inevitable.
Los muertos eran pésimos guardianes de su propia normalidad.
—¿Héloïse parecía enferma? —preguntó.
Todos negaron.
Vauclair, por supuesto, no podía responder porque no la había visto viva aquel día.
—¿Cansada?
Éliane dudó.
—Molesta. No cansada.
—¿Comió?
Geneviève asintió.
—Poco en el almuerzo.
—Siempre comía poco cuando estaba enfadada —dijo Constance.
Thibault la miró.
—O cuando la comida era mala.
Constance sonrió.
—También.
Ese tipo de observaciones interesaban a Delacroix más de lo que cualquiera habría supuesto.
La víctima volvía a adquirir hábitos, caprichos, rutinas.
Una mujer que comía poco cuando estaba enfadada.
Una mujer que cerraba puertas. Una mujer que llevaba documentos a todas partes y se irritaba si una cerradura funcionaba mal.
Una mujer que, de momento, seguía demasiado viva en el recuerdo de todos como para caber cómodamente en la palabra víctima.
—¿Dónde cenaron?
Gabriel señaló el comedor, al otro lado del vestíbulo.
—Allí.
—¿Todos?
—Todos los que estábamos en la casa.
—Que eran…
Gabriel enumeró: Héloïse, él, Geneviève, Thibault, Constance, Corbin, Éliane y Olivier.
—Mariette estaba de servicio —añadió.
Delacroix miró hacia ella.
Seguía sentada al borde de una silla, hablando solo cuando alguien le preguntaba directamente.
—¿Sirvió la cena?
—En parte.
—¿En parte?
—Había más personal.
—¿Dónde están?
Gabriel hizo un gesto vago.
—Uno murió en diciembre. Dos ya no trabajan aquí. Morel permaneció en la casa, pero aquella noche estaba principalmente con el servicio.
—¿Vendrán?
—Morel está aquí. Los demás… no.
Delacroix no preguntó todavía por qué.
—¿Hubo discusión durante la cena?
Un silencio.
Thibault levantó otra vez la mano, esta vez con teatral resignación.
—Sí.
—¿Con usted?
—Entre otros.
—Empiezo a admirar su constancia.
—Mi familia siempre lo ha considerado mi mejor cualidad.
—Nadie ha dicho eso —dijo Geneviève.
—¿Ves? Constancia.
Incluso Constance rio.
Fue una risa breve, pero alivió algo.
Delacroix dejó que respiraran.
Después preguntó:
—¿Qué dijo Héloïse durante la cena?
Nadie contestó inmediatamente.
Esta vez no era olvido.
Era selección.
Finalmente Gabriel habló.
—Dijo que el lunes todo cambiaría.
La frase apagó las últimas sonrisas.
—¿Qué significaba?
—Que iba a reunirse con un auditor.
Brissac apartó la mirada.
—¿Independiente? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Por qué?
Gabriel miró a Olivier.
Después a Thibault.
Después a Constance.
—Porque ya no confiaba en las cuentas de su familia.
La palabra cuentas cayó con suficiente peso.
Delacroix cruzó una pierna sobre la otra.
—Eso parece algo más específico que «documentos administrativos».
Geneviève sostuvo su mirada.
—No creí necesario empezar por cuestiones privadas.
—Señora de Mareuil, me temo que la muerte de una mujer en una habitación cerrada tiene una forma desagradable de convertir las cuestiones privadas en material de trabajo.
Ella endureció la boca.
—No sabemos que fuera asesinada.