Capítulo 2 — Los que regresan
Durante la siguiente hora, Les Ormes consiguió realizar una hazaña que Delacroix habría considerado bastante improbable al llegar: parecer una casa normal llena de personas normales.
El café ayudó.
También el fuego.
Había pocas instituciones más eficaces que una chimenea bien alimentada para convencer a un grupo de adultos de que sus problemas podían posponerse hasta después de la segunda taza.
Morel había dispuesto el servicio en el salón principal, una estancia amplia orientada hacia la parte posterior de la propiedad, con dos sofás bajos, varias butacas, una mesa cubierta de revistas y un piano de cola que nadie parecía dispuesto a tocar.
Las ventanas daban al jardín, donde la luz de la tarde estaba empezando a perderse entre los árboles desnudos y la humedad convertía los senderos en cintas oscuras.
Dentro, en cambio, había café caliente, coñac, pequeñas pastas saladas y ese tipo de calefacción excesiva que hacía que el invierno pareciese una exageración de quienes seguían fuera.
Delacroix se instaló en una butaca cerca de la chimenea con una taza en la mano y dedicó los primeros minutos a no preguntar absolutamente nada.
Era una técnica que producía excelentes resultados.
La gente sentía una necesidad casi patológica de llenar los silencios, sobre todo cuando sabía que quien callaba tenía derecho a formular preguntas.
La policía acostumbraba a cometer el error de interrogar demasiado pronto.
Delacroix prefería permitir que las personas se interrogaran entre ellas sin darse cuenta.
Thibault fue el primero en colaborar.
—Supongo que ahora nos dirás por qué era indispensable que estuviéramos todos —dijo desde el otro lado del salón.
Gabriel estaba de pie junto a una mesa lateral, preparando una bebida que no llegó a probar.
—Durante la cena.
—¿Por qué durante la cena?
—Porque entonces estaremos todos sentados.
—También estamos todos sentados ahora.
Mariette seguía de pie.
Thibault la miró, como si acabara de descubrir que su propia frase podía ser refutada por la existencia de una mujer.
—Casi todos.
—Puedes sobrevivir una hora más —dijo Constance.
—No es una cuestión de supervivencia. Es una cuestión de cortesía.
—En tu caso siempre me han parecido conceptos separados.
Thibault sonrió.
—Y por eso te he echado de menos.
Constance respondió a la sonrisa, aunque la suya duró menos.
Delacroix observó aquella facilidad con interés.
No había afectación en ella. Fuera lo que fuese que había ocurrido después de la muerte de Héloïse, aquellas personas habían pasado demasiados años juntas como para que cinco meses bastaran para borrar ciertos mecanismos.
Una familia podía odiarse y seguir conociendo perfectamente el momento exacto en que debía interrumpir una frase ajena.
Geneviève, sentada junto a la ventana con las manos cruzadas sobre el regazo, miró a su hijo.
—Gabriel ha dicho que lo explicará durante la cena. No veo qué ganamos insistiendo.
—Información.
—La información no mejora por recibirla una hora antes.
—Eso depende de la información.
Corbin levantó la vista de su taza.
—En algunos casos mejora considerablemente.
—Gracias, Sébastien. Sabía que un abogado acabaría encontrando una manera jurídica de apoyar mi impaciencia.
—No era mi intención.
—Eso también es muy de abogado.
Brissac soltó una risa breve y, al darse cuenta de que Corbin lo había oído, se ocupó de su café.
La conversación podía haber seguido por ese camino indefinidamente, pero Vauclair intervino desde el sofá.
—¿Delacroix ya ha visto la habitación?
Gabriel asintió.
—Sí.
Vauclair miró al detective.
—¿Y?
Delacroix bebió un sorbo.
—Tiene cama.
Thibault soltó una carcajada.
Vauclair no.
—Me refería a si ha visto algo.
—También tiene dos ventanas.
—Señor Delacroix.
—Doctor.
El médico apoyó la taza con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Comprenderá que algunos llevamos cinco meses soportando insinuaciones acerca de nuestra incompetencia.
—Comprendo que usted lleva cinco meses soportándolas. Todavía no sé si son insinuaciones.
Gabriel miró hacia la chimenea.
Vauclair abrió la boca y volvió a cerrarla. Había algo casi admirable en su contención. Delacroix sospechó que era un hombre acostumbrado a que su profesión otorgara suficiente autoridad como para no necesitar defender cada frase. La muerte de Héloïse había alterado ese equilibrio.
—La examiné aquella noche —dijo finalmente—. No había nada que indicara violencia.
—Eso me ha dicho Gabriel.
—No existían lesiones compatibles con una agresión. No había signos de lucha. La habitación estaba cerrada. Las ventanas también. Cuando entramos, ya había muerto.
—¿Cuánto tiempo antes?
Vauclair se acomodó en el sofá.
—No podía establecerlo con precisión absoluta. Por la temperatura corporal, la rigidez incipiente y otros factores, calculé que la muerte había ocurrido entre las once y la medianoche.
—Una hora es un intervalo bastante cómodo.
—No somos relojes.
Delacroix miró la repisa donde un pequeño reloj de bronce marcaba las seis menos veinte.
—Eso explicaría algunas conversaciones que he mantenido con médicos.
Thibault volvió a reírse. Vauclair lo ignoró.
—Era una estimación razonable.
—No he dicho lo contrario.
—Lo ha dicho con la cara.
—Es una limitación que no he conseguido corregir.
Éliane, sentada algo apartada con una taza que apenas había tocado, bajó la mirada para esconder una sonrisa. Delacroix la vio y también vio que Thibault la observaba. Ella debió de percibirlo, porque la sonrisa desapareció inmediatamente.
Gabriel dejó finalmente su vaso sobre la mesa sin haber bebido.
—Armand necesita conocer el caso tal como lo conocíamos aquella noche.
El uso del nombre de pila produjo algunas miradas.
Delacroix no sabía si Gabriel buscaba deliberadamente conferir intimidad a una relación que apenas había comenzado o si simplemente necesitaba sentir que alguien estaba de su lado.
Decidió concederle provisionalmente el beneficio de la segunda explicación.
—Preferiría conocerlo como lo conocían ustedes —dijo—. No es necesariamente lo mismo.
Vauclair resopló.
—Eso parece dirigido a mí.
—Si quisiera dirigir algo a usted procuraría que llegara con menos rodeos.
Constance intervino antes de que el médico decidiera si se sentía ofendido.
—Quizá sería más sencillo empezar desde el principio.
Delacroix la miró.
—Suele ser un lugar razonable.
—Héloïse había venido aquí el viernes once. Todos llegamos en distintos momentos. El sábado… —Constance dudó— el sábado hubo discusiones.
—¿Entre quiénes?
Thibault levantó una mano.
—Podemos ahorrarnos el suspense. Entre Héloïse y yo, para empezar.
Geneviève lo miró con cansancio.
—No tienes por qué convertirlo todo en una representación.
—No estoy representando nada. Si hemos traído a un detective será porque se supone que debe saber las cosas.
—Gabriel lo ha traído.
—Y nosotros, aparentemente, hemos venido solos.
La frase tuvo un pequeño efecto.
Nada extraordinario. Un silencio algo más denso, una mirada de Corbin hacia Gabriel, la forma en que Brissac dejó de remover el café.
Delacroix registró el cambio.
Gabriel también.
—Nadie ha dicho que estuvierais obligados a venir.
Thibault lo miró.
—No. Eso es cierto.
Y sonrió sin humor.
Delacroix guardó también esa frase.
—¿De qué discutieron usted y su hermana? —preguntó.
Thibault cruzó una pierna sobre la otra.
—Dinero.
Geneviève cerró los ojos un instante.
—Thibault.
—¿Qué prefieres? ¿Que diga que discutimos sobre flores?
—Preferiría que no simplificaras.
—A mí me parece bastante simple.
Constance habló con suavidad.
—No lo era.
—No para ti.
Olivier Brissac dejó la cucharilla en el plato.
—Aquello afectaba a más personas.
Delacroix miró de uno a otro.
—Excelente. En menos de treinta segundos hemos conseguido pasar de una discusión entre hermanos a un asunto que afectaba a media habitación.
—No era media habitación —dijo Corbin.
—Gracias por la precisión. Siempre tranquiliza saber que una desgracia tiene límites estadísticos.
Gabriel caminó hasta el escritorio del salón y abrió un cajón. Sacó una carpeta gruesa.
—Tengo copias de las declaraciones.
—Después —dijo Delacroix.
Gabriel lo miró.
—¿Después?
—Los papeles no cambian cuando uno entra en una habitación. Las personas sí.
Hubo un silencio.
Delacroix dejó la taza.
—Quiero saber qué recuerdan antes de que me expliquen qué escribieron cinco meses atrás.
Corbin levantó ligeramente las cejas.
—¿No teme contaminar los recuerdos?
—Los recuerdos ya están contaminados. Han tenido cinco meses, un entierro, discusiones familiares y, por lo que empiezo a sospechar, bastantes conversaciones entre ustedes. Sería optimista esperar material virgen.
Eso nadie lo discutió.
Gabriel cerró el cajón.
—De acuerdo.
Delacroix miró primero a Geneviève.
—¿Por qué estaba Héloïse aquí aquel fin de semana?
La mujer tardó un segundo en responder, quizá porque había esperado una pregunta más agresiva.
—Por varios motivos. Gabriel y ella estaban organizando algunos asuntos relacionados con la boda. También había documentos familiares que debían revisar.
—¿Documentos de qué clase?
Geneviève dirigió una mirada rápida a Constance.
—Administrativos.
Thibault se pasó una mano por el cabello.
—Financieros.
Geneviève lo ignoró.
Delacroix no.
—¿Qué diferencia existe entre administrativo y financiero en este caso?
—La diferencia entre una palabra que no avergüenza a nadie y otra que empieza a acercarse —dijo Thibault.
—¿Podrías dejar de comportarte como un niño? —preguntó Geneviève.
—Podría. Pero perderíamos una de las pocas tradiciones familiares que todavía no hemos hipotecado.
Brissac bajó la mirada.
Aquello ya era algo.
Delacroix no insistió. Todavía.
—¿Héloïse vivía en París?
—Sí —respondió Gabriel—. Tenía un apartamento propio. Venía a Les Ormes con frecuencia.
—¿Tenía una habitación asignada?
—La misma desde que compré la casa.
—La Chambre des Tilleuls.
—Sí.
—¿Y acostumbraba cerrar la puerta?
—Siempre.
Constance levantó la vista.
—Desde pequeña.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Desde pequeña?