Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 1 — Les Ormes #3
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Capítulo 1 — Les Ormes #3

—Los hábitos son menos educados que las personas. Rara vez esperan el momento oportuno.

Geneviève lo observó algo más largamente y después pidió que llevaran su equipaje arriba. No preguntó qué habitación le habían asignado. Parecía conocer la casa suficientemente bien.

Un segundo automóvil llegó antes de que pudiera pasar al salón.

Esta vez descendieron dos personas.

El primero fue un hombre de treinta y pocos años, de hombros anchos, abrigo camel demasiado elegante para el tiempo y una expresión que parecía preparada para resultar encantadora siempre que la ocasión no exigiese esfuerzo.

Delacroix supo que era Thibault de Mareuil antes de que Gabriel dijera su nombre.

No se parecía demasiado a Héloïse en la fotografía que Delacroix había visto, salvo quizá por los ojos claros y cierta forma de sostener la barbilla.

A su lado caminaba un hombre más bajo, de cuarenta y tantos, rostro redondo y bigote cuidadosamente recortado, que Gabriel presentó como Olivier Brissac.

Thibault saludó a Gabriel con una cordialidad ligeramente demasiado sonora.

—Bueno. Aquí estamos otra vez.

Gabriel no le devolvió la sonrisa.

—Gracias por venir.

—No lo interpretes como entusiasmo.

—No lo habría hecho.

La mirada de Thibault se desplazó hacia Delacroix y cambió.

—Ah.

Aquel único sonido contenía reconocimiento, cálculo y un principio de irritación.

—Así que era verdad.

—¿Qué cosa? —preguntó Delacroix.

—Que estaría usted.

—Hasta hace un momento no tenía motivos para dudarlo.

Thibault soltó una breve risa y se volvió hacia Gabriel.

—No dijiste que sería una reunión.

—Tampoco dije que no lo sería.

—Siempre has tenido una curiosa idea de la hospitalidad.

—Y tú una curiosa idea de muchas cosas.

Geneviève intervino antes de que la conversación encontrara una pendiente más pronunciada.

—Por favor. Acabamos de llegar.

—Exactamente —dijo Thibault—. Sería una pena arruinar el fin de semana antes de que nos sirvan algo.

Brissac permanecía algo apartado. Saludó a Delacroix con una inclinación cortés y después preguntó a Gabriel, con aparente indiferencia:

—¿Corbin viene?

—Sí.

—¿Vauclair?

—También.

La mandíbula de Brissac se tensó apenas.

Delacroix guardó el gesto.

En los siguientes cuarenta minutos, Les Ormes empezó a llenarse.

Maître Sébastien Corbin llegó solo, con un maletín que se negó a entregar al servicio y una expresión de hombre que había dedicado buena parte de su vida a redactar documentos para evitar encontrarse personalmente en situaciones como aquella.

Tenía cincuenta y cuatro años, cabello gris cortado con severidad y una manera de escuchar que hacía pensar que cada frase ajena podía convertirse más tarde en una declaración jurada.

El doctor Nicolas Vauclair apareció pocos minutos después, corpulento, bien afeitado, con un abrigo mojado en los hombros y un visible disgusto al descubrir que Corbin ya estaba allí. Se saludaron con cortesía suficiente para hacer evidente que no se querían.

Éliane Roussel llegó a las cinco y cuarto.

Tenía veintinueve años, cabello oscuro cortado a la moda, ojos grandes y una palidez que el viaje no explicaba por completo.

Cuando vio a Thibault, se detuvo apenas un instante.

Fue tan poco que nadie habría podido acusarla de vacilación.

Delacroix, que carecía de la obligación de acusarla de nada, lo vio perfectamente.

Thibault también. Su sonrisa se apagó durante medio segundo antes de regresar.

Constance de Mareuil fue la penúltima.

Delacroix se había formado una imagen anticipada a partir de lo poco que Gabriel había mencionado: alguna mujer rígida, quizás severa, acostumbrada a gobernar una familia mediante reproches y llaves de armario.

Se equivocó. Constance tenía cincuenta y dos años, cabello castaño oscuro atravesado ya por mechones grises y un rostro tranquilo, poco maquillado, en el que la edad parecía haber añadido firmeza sin endurecerlo.

Vestía de manera elegante pero discreta y entró en Les Ormes como quien regresa a un lugar conocido, saludando a Morel por su nombre y preguntando a una criada por una tos que aparentemente había tenido meses atrás.

Abrazó a Geneviève.

Besó a Thibault en la mejilla.

Cuando llegó hasta Gabriel, se detuvo.

—No sé si esto te hará bien.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Ya veremos.

Constance tocó brevemente su brazo. No hubo hostilidad en el gesto.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Después se volvió hacia Delacroix.

—Señor Delacroix. Héloïse hablaba de usted.

Aquello lo sorprendió.

—Espero que favorablemente.

—Decía que era imposible saber cuándo estaba bromeando.

—Entonces me conocía mejor de lo que debería.

Por primera vez Delacroix vio una sonrisa auténtica en aquel vestíbulo.

—Sí —dijo Constance—. Probablemente.

La última persona llegó cuando empezaba a oscurecer.

No lo hizo en automóvil propio, sino en un taxi que parecía poco satisfecho con el estado del camino.

La mujer que descendió llevaba un abrigo marrón sencillo, un sombrero sin adorno y una pequeña maleta que sostuvo ella misma pese al intento del conductor por ayudarla.

Tendría algo más de cuarenta años. No poseía la ropa, la postura ni el tipo de seguridad social del resto de los invitados, y la diferencia se hizo visible en la habitación antes incluso de que Gabriel pronunciara su nombre.

—Mariette Besson.

El silencio fue mínimo.

También fue absoluto.

Geneviève fue la primera en reaccionar.

—Gabriel.

Él se limitó a mirar a Morel.

—Por favor, lleve el equipaje de la señora Besson arriba.

Mariette sostuvo con más fuerza el asa.

—Puedo llevarla yo.

—Por supuesto —dijo Gabriel—. Si lo prefiere.

Thibault había dejado de sonreír. Corbin se quitó lentamente las gafas para limpiarlas aunque no parecían necesitarlo. Vauclair miró a Gabriel como si acabara de introducir un animal desconocido en el comedor. Constance, en cambio, se acercó a Mariette y la saludó por su nombre.

—Ha pasado tiempo.

—Sí, señora.

—Ya no trabajo para la familia.

Constance inclinó apenas la cabeza.

—Tiene razón. Disculpe.

La corrección fue pequeña, pero Delacroix vio que Mariette la registraba.

Gabriel cerró la puerta principal cuando el taxi arrancó de nuevo.

No con llave.

Todavía no.

—Creo que estamos todos —dijo.

Delacroix miró alrededor.

Geneviève junto a la chimenea, inmóvil y perfecta.

Thibault con una copa que había conseguido demasiado rápido.

Constance serena. Corbin abrazado a su maletín.

Vauclair molesto. Éliane evitando mirar en una dirección concreta.

Olivier Brissac observando más de lo que hablaba.

Mariette de pie junto a una silla, todavía con los guantes puestos, como si no estuviera segura de que pudiera sentarse.

Gabriel los había reunido en la misma casa donde Héloïse de Mareuil había muerto cinco meses antes.

Delacroix pensó entonces que había algo extraño en aquellas personas que todavía no conseguía nombrar.

No era dolor; cada una lo llevaba de manera diferente y algunas quizá ni siquiera lo llevaban.

Tampoco era hostilidad, aunque había suficiente para abastecer varias familias.

Era otra cosa. Una vigilancia compartida, una conciencia incómoda de que la presencia de cada uno modificaba el significado de la presencia de los demás.

Gabriel pidió que sirvieran café en el salón antes de la cena.

Mientras todos empezaban a moverse, Delacroix permaneció unos segundos en el vestíbulo.

Miró la escalera que conducía a la Chambre des Tilleuls.

Después observó la puerta principal.

Finalmente miró a Gabriel.

El arquitecto estaba comprobando la hora.

No parecía un anfitrión esperando que comenzara una velada.

Parecía un hombre esperando que llegara el último testigo.

Y Delacroix comprendió, con esa clase de certeza desagradable que acostumbraba aparecer antes de que existieran pruebas suficientes para justificarla, que ninguno de aquellos invitados había acudido a Les Ormes por cortesía.

La cuestión era por qué habían venido.

Y por qué Gabriel estaba tan seguro de que ninguno se marcharía antes de tiempo.