Capítulo 1 — Les Ormes #2
Delacroix caminó detrás de él sin preguntar nada.
A mitad del pasillo había una mesa estrecha con un florero vacío y, enfrente, una puerta doble que Gabriel identificó de pasada como un pequeño salón privado.
Más adelante aparecía una ventana desde la que se veía el lateral de la propiedad y parte de los jardines.
El corredor terminaba en dos habitaciones enfrentadas.
Gabriel se detuvo ante la de la izquierda.
—La llamábamos la Chambre des Tilleuls.
—Por la vista.
—Sí.
Gabriel apoyó una mano en el picaporte, pero no lo giró enseguida. Delacroix comprendió que aquella vacilación se repetía cada vez que entraba.
—¿Está exactamente como estaba?
—No. Sería imposible. La policía removió cosas. Después se limpió. Pero no he cambiado los muebles y casi todo sigue en la misma posición. Sus pertenencias personales… algunas también.
Abrió.
La habitación no parecía una habitación donde hubiese muerto nadie.
Aquello fue lo primero que pensó Delacroix y, quizá por eso mismo, lo segundo fue imaginar con demasiada claridad un cuerpo sobre la alfombra.
Era un dormitorio amplio orientado hacia el jardín, decorado con una sobriedad que debía de haber pertenecido más a Héloïse que a Gabriel.
La cama, de cabecero tapizado en tela clara, ocupaba la pared opuesta.
A su derecha había un tocador con espejo ovalado; a la izquierda, una pequeña mesa y una butaca junto a la chimenea.
Un escritorio estrecho se encontraba entre las dos ventanas, ambas altas, con cortinas color crema recogidas y postigos interiores abiertos.
Sobre una repisa descansaban tres libros, un pequeño jarrón azul y una fotografía enmarcada que Delacroix no se acercó a mirar todavía.
El aire olía tenuemente a lavanda, quizá por los armarios, y también a habitación poco utilizada.
Gabriel permaneció junto a la puerta.
—La encontraron allí.
Señaló una zona entre la mesa pequeña y el borde de la alfombra, aproximadamente a dos metros de la cama.
Delacroix no avanzó de inmediato hacia el lugar indicado. Observó primero el conjunto. Las ventanas. La chimenea. La distancia entre mobiliario. El tamaño de la puerta. La cerradura.
—¿Quién entró primero?
—Yo. Después Vauclair. Tuvimos que forzar la puerta.
—¿Usted?
—Con Thibault.
Delacroix se agachó junto a la cerradura. La madera mostraba una reparación discreta alrededor de la placa, realizada con evidente cuidado. Gabriel, arquitecto al fin y al cabo, había restaurado el daño.
—¿La llave estaba dentro?
—Sí.
—¿Puesta?
—Sí.
—¿Girada?
—La puerta estaba cerrada. Tuvimos que romperla porque no podíamos hacerla girar desde fuera con otra llave.
—¿Había otra?
—Una copia de servicio. No podía utilizarse mientras la de Héloïse permaneciera introducida por dentro.
Delacroix examinó el borde de la puerta y después se incorporó.
—¿Las ventanas?
—Cerradas.
—¿Pestillos?
—Ambos puestos.
—¿Chimenea?
—Puede comprobarla. Lo hizo la policía. Ni siquiera un niño podría atravesarla.
—Los niños son sorprendentemente emprendedores cuando uno comete el error de decirles que algo es imposible.
Gabriel no contestó. Miraba el lugar donde había señalado el cuerpo.
Delacroix cruzó la estancia con las manos a la espalda.
Abrió una de las ventanas y comprobó el marco.
Debajo había una caída de varios metros hasta un pequeño macizo y, más allá, la avenida lateral de tilos.
La piedra exterior estaba limpia, sin salientes razonables.
Cerró otra vez y observó los pestillos. Antiguos, pero sólidos.
Se inclinó luego hacia la chimenea, miró el conducto y se ensució ligeramente un dedo con hollín viejo.
—Murió aquí el doce de octubre.
—Sí.
—¿Hora?
—Vauclair calculó entre las once y medianoche. Nunca consiguió ser más preciso.
—¿Causa?
Gabriel tardó un poco en responder.
—Oficialmente, un colapso cardíaco.
—Eso no es una causa especialmente satisfactoria en una mujer de veintiocho años.
—Eso dije yo.
—Y me imagino que le explicaron que las mujeres de veintiocho años también poseen corazón.
—Con bastante condescendencia.
Delacroix miró de nuevo la habitación.
—¿Autopsia?
—Limitada. No había señales de violencia, la puerta estaba cerrada desde dentro y Vauclair no encontró nada que justificara una investigación más extensa. Yo insistí. La familia… no toda la familia estaba de acuerdo.
—¿Por razones sentimentales?
—Por razones familiares.
La distinción era suficientemente precisa para que Delacroix se volviera.
Gabriel se dio cuenta.
—Eso forma parte de lo que quiero enseñarle.
—Después de que lleguen todos.
—Sí.
Delacroix observó el tocador. Un cepillo de plata. Dos pequeños frascos vacíos. Una caja cerrada. En la mesa junto a la chimenea había una marca circular más clara sobre la madera, como la huella dejada por un objeto que había permanecido allí durante años y luego se había retirado.
—¿Había algo roto?
Gabriel levantó la cabeza.
—Una jarra.
—¿Dónde?
Se acercó y señaló el suelo junto a la zona donde encontraron a Héloïse.
—Aquí. Agua y cristales. Pensamos que había intentado levantarse y la derribó al caer.
—¿Pensaron?
—Vauclair lo pensó. Parecía lógico.
—Las cosas lógicas poseen una desagradable tendencia a evitar que uno mire las demás.
Gabriel lo observó como si quisiera preguntarle si acababa de descubrir algo. Delacroix no le dio esa satisfacción porque no había descubierto nada. A veces la gente confundía desconfianza con inteligencia y él llevaba años intentando no aprovecharse demasiado de la confusión.
Volvió hacia la puerta.
—¿Héloïse acostumbraba cerrar con llave?
—Siempre que se retiraba por la noche.
—¿Incluso aquí?
—Especialmente aquí. Trabajaba con documentos personales y no le gustaba que el servicio entrara por la mañana sin llamar. Era… —Gabriel buscó una palabra y encontró una que parecía hacerlo sonreír a pesar de sí mismo— ordenada.
—Una virtud peligrosa. Obliga a los demás a saber dónde han dejado las cosas.
Gabriel apoyó los dedos sobre el respaldo de una silla.
—La policía dijo que, si nadie podía entrar, quizá nadie había entrado.
—Una deducción de una pureza casi religiosa.
—Y después hablaron de muerte natural. Incluso de la posibilidad de que estuviera tomando algo que no conocíamos.
—¿Lo estaba?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Estar seguro de lo que otra persona no hacía suele ser bastante más difícil que estar seguro de lo que hacía.
Gabriel recibió la observación sin irritarse.
—Por eso está usted aquí.
Delacroix miró otra vez la habitación. Había algo en la insistencia de Gabriel que no era simplemente dolor.
Dolor había visto mucho; tendía a deformarse, a buscar responsables incluso cuando no los había, a recordar conversaciones inexistentes y dotar de intención a cualquier objeto olvidado.
Gabriel tenía eso, sin duda, pero además poseía una estructura debajo de la obsesión.
Había ordenado papeles, conservado la habitación, buscado contradicciones y, según su carta, encontrado algo.
La cuestión era si había encontrado una prueba o simplemente una manera más sofisticada de seguir sufriendo.
—¿Qué cambió? —preguntó Delacroix.
—¿Cómo?
—Cinco meses. La policía cerró el caso. Usted protestó. Nadie le hizo caso. Hasta ahí no hay nada especialmente novedoso. Sin embargo, hace diez días me escribió asegurando que podía demostrar que las conclusiones iniciales eran erróneas. ¿Qué encontró?
Gabriel bajó la mirada hacia su mano derecha.
Fue un gesto mínimo.
Delacroix lo vio.
—Encontré varias cosas.
—Eso no responde.
—Lo sé.
—Entonces avanzamos.
Gabriel levantó nuevamente la cabeza.
—Prefiero que vea primero las declaraciones. Y que conozca a las personas que estuvieron aquí aquella noche.
—¿Todas vienen hoy?
—Todas las que importan.
Delacroix no respondió enseguida. Aquella frase podía ser inocente, pero las frases inocentes no acostumbraban necesitar una selección tan cuidadosa de palabras.
Antes de que pudiera preguntar, se oyó desde abajo el ruido amortiguado de un automóvil llegando a la grava.
Gabriel miró hacia la puerta.
—Debe de ser Geneviève.
—¿La madre de Héloïse?
—Sí.
Delacroix echó un último vistazo al dormitorio.
La puerta. Las ventanas. La chimenea demasiado estrecha.
La alfombra. La marca circular donde había estado la jarra.
Nada gritaba asesinato. Nada siquiera susurraba con suficiente confianza.
Solo una mujer joven muerta en una habitación que ella misma había cerrado y un hombre que llevaba cinco meses negándose a aceptar que aquello pudiera no significar nada.
Bajaron.
Cuando llegaron al vestíbulo, Morel estaba abriendo la puerta principal y una mujer alta, envuelta en un abrigo oscuro con cuello de piel, entregaba sus guantes a una criada.
Geneviève de Mareuil tenía cincuenta y seis años y ese tipo de belleza que parecía haber negociado con la edad en lugar de combatirla.
Su cabello gris estaba perfectamente dispuesto bajo un sombrero negro, la espalda permanecía recta y sus movimientos poseían una precisión adquirida durante décadas de habitaciones donde se esperaba que determinadas personas supieran entrar sin pedir atención y obtenerla de todos modos.
Vio primero a Gabriel. Después a Delacroix.
La temperatura del vestíbulo pareció bajar sin colaboración del clima.
—Gabriel.
—Geneviève.
No hubo beso.
—No esperaba encontrar tanta gente cuando llegara.
—Todavía no ha llegado casi nadie.
—Eso no me tranquiliza.
Gabriel realizó las presentaciones.
Geneviève miró a Delacroix con una curiosidad carente de entusiasmo.
—He leído sobre usted.
—Lo siento.
Ella tardó un segundo en decidir si aquello era una broma.
—Mi yerno habría disfrutado de esa respuesta.
Delacroix advirtió el tiempo verbal y también que Gabriel lo había advertido.
—Héloïse y Gabriel no llegaron a casarse —continuó Geneviève, quizá porque entendió demasiado tarde lo que había dicho—. Una adquiere ciertos hábitos antes de tiempo.
Gabriel no respondió.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.