Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 1 — Les Ormes
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Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47)

Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — Les Ormes

La primera impresión que Armand Delacroix tuvo de Les Ormes fue que nadie con una casa semejante tenía derecho a ser desgraciado.

La segunda llegó unos segundos después, cuando distinguió a Gabriel Fontenay esperando inmóvil bajo el pequeño pórtico de entrada y comprendió que la arquitectura, como casi todas las cosas importantes, servía de poco contra determinadas formas de infortunio.

Había llovido durante buena parte del trayecto desde París, aunque al dejar atrás Senlis la lluvia se había reducido a una humedad fina que no terminaba de caer ni de desaparecer y convertía los campos en una sucesión de verdes apagados, tierra oscura y árboles todavía desnudos.

Marzo se encontraba en ese momento desagradable del año en que el invierno ya había perdido autoridad pero la primavera aún no estaba dispuesta a asumir responsabilidades.

Las cunetas conservaban charcos viejos, las ramas parecían barnizadas y un cielo gris claro descendía sobre el paisaje con la falta de imaginación de una sábana recién lavada.

Delacroix había empleado la última media hora del viaje preguntándose por qué un hombre que, en sus cartas, aseguraba disponer de información nueva sobre una muerte ocurrida cinco meses atrás necesitaba mostrarle aquella información precisamente un sábado por la tarde en una casa de campo.

Había encontrado varias respuestas posibles y ninguna mejoraba demasiado su humor.

Les Ormes apareció al final de una avenida flanqueada por árboles que justificaban el nombre de la propiedad, aunque los olmos más viejos parecían haber sufrido podas sucesivas y uno de ellos se alzaba partido a unos metros del camino, como si hasta el paisaje hubiese aceptado que la simetría perfecta resultaba sospechosa.

La casa era más pequeña de lo que Delacroix había imaginado al leer la dirección y bastante más hermosa.

No tenía la arrogancia mineral de un château ni la pretensión de esos edificios que parecían construidos para demostrar que sus propietarios disponían de más antepasados que habitaciones.

Era una maison de maître de piedra clara, dos plantas amplias bajo un tejado de pizarra oscura, ventanas altas, contraventanas pintadas de un gris verdoso y una fachada proporcionada que alguien había restaurado con el buen juicio suficiente para no intentar mejorar el siglo XVIII.

A la derecha se adivinaba una prolongación acristalada que debía de ser el jardín de invierno; a la izquierda, más allá de un pequeño muro cubierto de musgo, una construcción baja probablemente destinada a cocheras y dependencias.

No había nada ominoso en ella. Aquello molestó ligeramente a Delacroix, que desconfiaba de las casas capaces de parecer inocentes con tanta facilidad.

El automóvil se detuvo frente a los escalones. Gabriel Fontenay no esperó a que el conductor bajara. Avanzó hacia el vehículo, abrió él mismo la puerta y tendió una mano.

—Señor Delacroix. Gracias por venir.

Tenía treinta y seis años y parecía haber pasado los últimos cinco meses intentando llegar a los cuarenta antes de tiempo.

Delacroix había visto una fotografía suya en un periódico relacionado con una restauración arquitectónica en Compiègne: un hombre alto, delgado sin fragilidad, cabello castaño peinado hacia atrás, rostro estrecho y una expresión abierta que en la imagen parecía rozar con facilidad la sonrisa.

El hombre que tenía delante conservaba el mismo rostro y casi ninguna de sus comodidades.

Las mejillas se habían hundido un poco, había sombras oscuras bajo los ojos y algo en la forma de mantener los hombros indicaba no tanto cansancio físico como la costumbre de dormir sin llegar nunca del todo al sueño.

Delacroix estrechó su mano y salió al aire húmedo.

—Su carta decía que había encontrado algo nuevo.

—Lo he encontrado.

—Eso suele ser mejor que encontrar algo viejo y llamarlo nuevo. La policía siente cierta predilección por esa técnica.

Por primera vez apareció una sonrisa en la cara de Gabriel, pequeña y algo oxidada.

—Me habían dicho que tenía usted un sentido del humor discutible.

—Confío en que la persona que se lo dijo fuese poco fiable. De lo contrario tendría que ofenderme.

Gabriel miró hacia el equipaje que el conductor estaba sacando.

—No necesitaba traer mucho. Con una noche debería bastar.

Delacroix se volvió hacia él.

No fue una pausa teatral. Simplemente dejó que la frase terminara de acomodarse donde correspondía.

—Su carta mencionaba el fin de semana.

—Esperaba que pudiéramos terminar antes.

—Eso es una previsión o una intención.

—Las dos cosas, espero.

Delacroix decidió no insistir todavía. Había aprendido que las personas obsesionadas con una pregunta solían responder mejor después de haber demostrado que podían soportar el silencio.

Gabriel indicó la entrada y subieron los tres escalones de piedra.

Antes de cruzar el umbral, Delacroix volvió la cabeza un instante hacia la avenida.

Desde allí podía verse un tramo considerable del camino por el que habían llegado, más allá los árboles mojados y, entre ellos, la silueta distante de otra propiedad o quizá una granja.

No estaban aislados. No verdaderamente. Senlis quedaba suficientemente cerca como para que nadie razonable describiera Les Ormes como remota, y Chantilly tampoco estaba lejos.

Aquella constatación le resultó tranquilizadora durante aproximadamente tres segundos, aunque no habría sabido explicar por qué necesitaba tranquilizarse.

El vestíbulo olía a cera, madera y fuego.

Era amplio sin ser monumental, con suelo ajedrezado de piedra clara y negra, una escalera de roble que ascendía describiendo un giro suave y una consola sobre la que descansaban un jarrón de narcisos y una bandeja de plata con correspondencia.

Al fondo, una puerta doble permitía ver parte de un salón donde ardían dos troncos demasiado grandes en una chimenea.

Había algo profundamente doméstico en el conjunto, algo que no coincidía con la idea que Delacroix se había formado de una casa preservada desde una muerte inexplicable.

Esperaba polvo, habitaciones cerradas, quizá el sentimentalismo de un reloj detenido a la hora del fallecimiento.

En lugar de eso había flores frescas, una lámpara encendida y, desde alguna parte, olor a café.

Gabriel siguió su mirada.

—No la cerré por completo.

—¿La casa?

—Sí. Después de… después de octubre. Vengo algunas veces. Hay dos personas que se ocupan del mantenimiento y he conservado parte del servicio. No quería que se pudriera.

Delacroix se quitó los guantes con lentitud.

—Las casas tienen esa mala costumbre cuando se las abandona.

Gabriel volvió a sonreír, aunque esta vez la expresión murió casi antes de existir.

—Héloïse quería vivir aquí después de casarnos.

La frase quedó en el vestíbulo como una corriente de aire que nadie había pedido.

Delacroix contempló nuevamente la escalera, las flores, la luz sobre la madera pulida.

Comprendió entonces por qué aquello no parecía un mausoleo.

Gabriel no había preservado Les Ormes como se preservaba el escenario de una muerte.

Había intentado mantenerla parecida al lugar que debía haber sido.

—Lo siento —dijo.

Gabriel hizo un gesto breve, agradeciendo más la falta de elaboración que las palabras.

Un hombre mayor vestido con chaqueta negra apareció desde el corredor y tomó el abrigo de Delacroix.

Gabriel lo presentó como Morel, encargado de la casa durante sus estancias, y añadió que las habitaciones de los invitados estaban preparadas en la planta superior.

Invitados, en plural. Delacroix dejó que Morel se llevara el abrigo antes de mirar a su anfitrión.

—Creía que íbamos a examinar un expediente.

—Lo haremos.

—¿Con público?

Gabriel se pasó una mano por la mandíbula. Era el primer gesto verdaderamente nervioso que Delacroix le veía.

—Hay personas a las que necesito que escuche.

—Testigos.

—Entre otras cosas.

—Una expresión tranquilizadora.

—Preferiría explicárselo cuando estén todos aquí.

Delacroix lo estudió durante unos segundos. Gabriel sostuvo la mirada sin desafío. No parecía disfrutar ocultando información; parecía haber decidido que aquella era la única manera de administrarla.

—¿Cuántos?

—Nueve, contando con usted.

—Eso empieza a parecerse peligrosamente a una cena.

—También habrá una cena.

—Naturalmente. Nada ayuda tanto a esclarecer una muerte como una salsa adecuada.

Gabriel soltó una respiración que, en otras circunstancias, quizá habría sido una risa. Después señaló el salón.

—Le servirán café. El resto debería llegar durante la próxima hora. Si quiere, mientras tanto puedo enseñarle la casa.

—Quiero ver primero la habitación.

La expresión de Gabriel cambió.

No necesitó preguntar cuál.

—Por supuesto.

Subieron.

La escalera era más silenciosa de lo que parecía.

No crujía y la alfombra central absorbía casi por completo los pasos, un detalle que Delacroix registró por costumbre sin concederle todavía importancia.

En el rellano superior, una galería recorría buena parte del frente de la casa y se abría luego hacia dos corredores.

Varias puertas estaban cerradas. Sobre las paredes había paisajes, retratos familiares que Delacroix no reconoció y pequeños grabados arquitectónicos que probablemente pertenecían a Gabriel.

La luz gris de la tarde entraba por una ventana alta situada sobre la escalera y hacía que todo pareciera ligeramente más frío que abajo.

Gabriel tomó el corredor de la derecha.

—La habitación está al final.