Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 45
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Miércoles.

A la mañana siguiente, Gildo ojeaba el periódico.

Sorbía ya el segundo café de la mañana.

En primera página del Rome Tribune , salía la noticia del complot institucional del Ministerio de Asuntos Exteriores y del consulado británico.

En segunda página, una foto del presunto culpable del asesinato del británico Michael Lucchesi y el titular que decía: El británico escudado por el consulado .

El complot había sido desenmascarado y el verdadero culpable se había entregado a la justicia. Y, como acordó con Aurelio, el nombre del inspector Gildo Falcone no apareció en ningún lugar.

Cerró el periódico y lo dejó en la barra.

—Estarás contento… —insinuó Marzia.

—No sé a qué te refieres… —respondió Gildo, guiñándole el ojo.

Luego, le dio un beso y fue a la comisaría.

Lo recibió Lillo gritando que el comisario lo estaba buscando. Que tenía que ir rápidamente a su despacho.

Puntual como un reloj, el grito de Er Bufa llegó al último escalón de la escalera.

Siguió caminando y entró en el despacho, que olía a tabaco.

En cuanto el comisario lo vio, empezó a hacer aspavientos con los brazos. En su mano estaba el Rome Tribune .

—¿Esto qué es? ¿Cómo lo saben? Esto seguro que es cosa tuya. ¿Es una venganza personal?

Gildo arrugó el ceño. Caminó hasta el escritorio del comisario y cogió el periódico.

—Por todos los dioses romanos, ¿cómo se han enterado esos cotillas? —mintió Gildo.

—¿Cómo saben todo eso? ¿Se puede saber? —gritó de nuevo el comisario.

Cuando le devolvió el periódico, el comisario se fijó en Gildo. Lo repasó de arriba abajo. En cómo iba vestido, en su aspecto, y se asomó por la ventana y vio su Vespa roja entre las dos macetas.

—Erme, perdiste la apuesta. No puedes venir más con esas camisas y te tengo que dar un coche. ¿Has entendido? —gritó.

Gildo negó con la cabeza muy despacio.

—Se equivoca, yo he descubierto al verdadero asesino y creo que he ganado la apuesta.

El comisario se acercó al escritorio y apoyó los puños en la mesa. Lo miró cabizbajo. Respiraba y jadeaba como un toro, tanto que sus fosas nasales se abrían y cerraban con fuerza.

Por un momento, Gildo temió que le diera un infarto.

—Has perdido. Llegaste demasiado tarde.

—El día que le pase a su hijo y se detenga todo por una estúpida apuesta, ¿qué dirá?

El hombre ya tenía los ojos rojos de rabia, casi de furia.

—Esto es un agravio. Tú has perdido y no vas a venir a trabajar más con esas pintas. ¿Me has entendido? O te voy a poner una amonestación o incluso una suspensión de placa y sueldo.

Gildo sonrió, sus amenazas eran una burda mentira. Pero lo que tenía en el móvil no lo era.

Se acercó y se lo enseñó al comisario.

En la pantalla, estaba la foto que le había hecho fumando, con los pies en la mesa y leyendo el periódico.

—Creo que la apuesta la he ganado, ¿verdad, comisario? No quisiera que esta foto llegase a manos del sindicato. O peor aún, de la prensa. ¿Se imagina qué podría suceder después? —dijo Gildo, guiñándole un ojo.

Dicho eso, Gildo cogió el móvil y se marchó, dejando al comisario renegando todo su odio hacia las camisas de Gildo y su Vespa roja.

Se sentó en el escritorio y cogió la carpeta de su siguiente caso.

La abrió y, antes de estudiarlo, levantó los brazos y los estiró hacia el techo.

Se sintió satisfecho, había cerrado otro caso y el señor Tarantino, el chivo expiatorio, pronto saldría de prisión.

Sonrió y empezó a leer.