Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 44
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Gildo se acercó despacio.

Aprovechó para respirar, la carrera lo había cansado en gran medida.

Caminó, sin dar crédito a lo que veía. El avión empezó a separarse del finger , empujado por el tractor del aeropuerto.

Pero eso no era lo que le llamó la atención, sino unos sanitarios que estaban atendiendo a una chica. Una chica rubia, muy guapa y con pecas en la nariz.

Sophie Miller se había encontrado mal y estaba siendo atendida por profesionales.

A su alrededor, se estaban formando unos corrillos de curiosos. Incluso un médico usuario del aeropuerto se prestó para ayudar.

—Estoy mejor, gracias. Solo ha sido un mareo. Seguramente, una bajada de azúcar —dijo la chica—. No os preocupéis.

A su lado, estaba Daniel, el cameramen Daniel Harper. Él, en persona. Estaba a su lado y no en el avión que estaba acercándose a la pista de despegue.

—No te preocupes, todo está bien, amor. Pero no te levantes. ¿Quieres agua? —preguntó, amoroso.

—Quédese aquí un rato más, por favor. Ahora van a traer una silla de ruedas y la trasladaremos al ambulatorio del aeropuerto —indicó un paramédico con el chaleco reflectante con el nombre de Fiumicino grabado.

Cuando Gildo tuvo enfrente a la mujer, ella lo vio. Fue entonces que su rostro cambió por completo. Primero, demostrando sorpresa; luego, reconfortada.

Gildo sonrió y ella se levantó.

—No, amor, quédate sentada. Descansa —dijo Daniel.

Ella ignoró las palabras de su pareja. Se fue directa al inspector de policía y lo miró muy fijamente.

—Señorita Miller.

—Inspector… —suspiró, y le sonrió ella también.

Daniel, que no dejó de mirar adónde iba, se quedó de piedra al ver al inspector.

—Señorita, quédese sentada —indicó el paramédico.

Gildo y Sophie se miraron por un largo instante.

—Lo he entendido hace solo una hora… —dijo él.

—Me alegro —respondió ella.

—¿De qué diablos estás hablando? No os entiendo —dijo Daniel.

—Lamento haber sido tan duro…

—No te preocupes, solo has hecho tu trabajo.

—Ahora sí ha llegado el momento, Sophie.

Ella asintió, suspiró y pasó lo que nadie se esperaba, dio dos pasos hacia adelante y se colocó detrás de Gildo, girada, mirando hacia Daniel.

—He tenido que fingir que me mareada para que perdieras el avión, Daniel.

Daniel se acercó y levantó las manos, sin acabar de entender.

—¿Qué estás diciendo, cariño? ¿No estás mal?

—No.

—¿No? —preguntó el paramédico.

—Lo siento, pero este señor no podía abandonar Italia. Tiene una cuenta que pagar en este país.

Daniel sonrió de forma nerviosa, casi neurótica.

—¿Qué estás diciendo, cariño?

—Deja de llamarme así. No sé quién eres. Pensaba que eras una persona amable y que me querías, y eres… —dijo Sophie, y buscó las palabras—. Tú eres un monstruo.

Daniel afinó los ojos, negó con la cabeza y dio un paso más hacia ella.

Ella hizo otro tanto, pero en dirección contraria. Gildo, en cambio, se quedó quieto, escudándola.

—Cariño, ¿qué te pasa?

Gildo dio un paso al lado, bloqueando al hombre también visualmente.

Sacó la placa y se la enseñó a los paramédicos.

—Soy el inspector Falcone, de la policía de Roma. Está todo controlado.

El paramédico asintió, pero no confió. Guardó sus cosas en el maletín e informó por radio de lo que estaba pasando.

Mientras tanto, muchas personas se aproximaban para ver lo que estaba pasando.

—¿Sabe, señor Harper, qué es lo que lo ha traicionado?

El hombre se quedó inmóvil.

—Una tilde. Una maldita e insignificante tilde.

En pizza é napoletana , la tilde va al revés.

Usted sí habla italiano, pero no domina el italiano.

Apresuradamente, tuvo que escribirlo. Hacer la masa en la pila y regresar.

Todo antes de que el barbitúrico que dio a Sophie dejara de tener efecto. ¿Verdad, señor Harper?

Él negó.

—Tenía que ser alguien del hotel, no había dudas.

Las cámaras lo demostraron. Tenía que ser una persona que aprovechó la ocasión de la pelea con Tarantino.

Tenía que ser alguien de su entorno y actuar muy rápidamente antes de que se difundiera, que todos lo supieran y que el espectro se abriera.

Tarantino no hizo eso. Fue el chivo expiatorio perfecto.

Encima lo había amenazado de muerte. Eso era perfecto para su plan.

Daniel miró a su alrededor, sonriendo nervioso.

—Está usted muy mal de la cabeza.

Gildo negó despacio.

—No. Todo está claro en mi mente. Sobre todo, cuando entendí que usted ya sabía de la relación pasada de Sophie con Lucchesi.

Lo sé porque, cuando llegó, entró en la sala, lo escuchó y no dijo nada.

Le provocó tensión, lo vi, pero en ningún momento dijo nada.

No quería ser un posible culpable porque, si lo hubiese sabido, instantáneamente, se habría convertido en tal. Pero lo escondió.

—Daniel, ¿cómo has podido? Lo entendí esta mañana. Solo tú podías haber sido. No podía explicármelo. ¿Cómo podía estar viviendo con un asesino?

Daniel se dio cuenta de que todos los ojos de las personas que tenía alrededor estaban puestos sobre él.

—Se equivoca, cariño. Este hombre no sabe lo que está diciendo… Me tienes que creer a mí, no a él. Por favor.

Ella negó. En su rostro empezó a aparecer el desprecio, el asco.

—Señor Harper, lo que no me explicaba y que resolví esta mañana fue la masa.

La masa está hecha con mucha levadura y azúcar y con harina de supermercado.

Tarantino es demasiado orgulloso como para hacer eso.

Habría llevado su masa desde la pizzería.

Usted no. Tenía que hacerla en la habitación.

Lo que no comprendí era cómo había conseguido secar la máscara de masa de pizza . Solo lo entendí esta mañana.

Gildo se giró y miró a la cara a la mujer por un segundo. Le sonrió y se giró de nuevo hacia Daniel.

—Con el secador de pelo —dijo, y se dio con la mano en la frente—. Maldita sea, señor Harper, le tengo mucha envidia, es una idea genial. ¿Cómo se le ocurrió?

El hombre se quedó inmóvil, solo mirándolo fijamente.

—No tiene ninguna prueba, solo teorías.

Gildo negó con la cabeza.

—Aunque un asesinato tenga una magistral preparación, siempre se cometen errores. Siempre. A partir de ahí, solo es cuestión de encontrarlos. Y usted ha cometido uno, sus huellas en el secador de pelo. A pesar de que lo escondió, allí estaban.

Los dos hombres se quedaron en silencio.

Pasó un tiempo, que Gildo no pudo calcular, porque cuando uno suelta un farol, solo es cuestión de tiempo que el pez se lo coma.

—Sophie, lo hice por ti. Lo he hecho por nosotros.

Sé que tuviste un desliz con él, pero ese hijo de puta me lo restregaba en la cara cada día.

Con sus miradas, con sus gestos. Ya no soportaba ver cómo te miraba y las reuniones que teníais.

Era insoportable. Lo he hecho por ti, por mí, para que pudiéramos seguir y tener nuestra familia…

Apareció la policía aeroportuaria.

Gildo les enseñó la placa e indicó que se llevasen al hombre.

Daniel Harper, el asesino de Michael Lucchesi, se iba gritando y montando su último espectáculo. Gildo solo pensó que no podía estar con su cámara para grabar su propio circo.

Gildo sonrió a la mujer y la cogió de los brazos.

—¿Cómo te encuentras?

Ella suspiró.

La rubia británica, de ojos claros y pecas en la nariz, arrugó el ceño.

—Lo siento, te mentí.

—No te preocupes, has sido muy valiente.

—No sé qué me pasó, tuve miedo de decir la verdad y también de coger un avión con él sabiendo que era un asesino.

Gildo la soltó y la abrazó.

—¿Cómo te diste cuenta? ¿Qué es lo que no me dijiste?

Sophie se separó de su pecho mientras la gente que se había aglomerado a su alrededor se iba.

—El viernes por la noche, cuando Michael murió, tuve mucho sueño.

Seguramente, Daniel me sedó. Me dormí en la cama viendo una película, pero me desperté.

Había pasado poco rato desde que me dormí.

Llamé a Daniel, porque tenía ya dolor de cabeza y le pedí una pastilla, no me contestó.

Insistí, pero no vino. Daniel ya no estaba.

Se había marchado. Luego, me desperté a la mañana siguiente y se lo dije y me contestó que lo habría soñado —afirmó con tono triste—.

Nunca hubiera imaginado que… Pero cuando en el avión me dijo que todo había pasado, que regresábamos a casa y que empezaríamos una nueva vida, sentí una presión en el pecho.

No quería estar ni un minuto más de mi vida al lado de un asesino.

—Te entiendo.

—No podía. Tenía que hacer algo.

—Sophie, has sido muy valiente. Ahora ya está todo resuelto, vayámonos. Hoy empieza una nueva vida —dijo Gildo, y la cogió del brazo—. Espera, ¿esas son tus maletas? —dijo Gildo, indicando unas que estaban atrás.

Ella se asustó, casi las perdía.

—Ahora sí, vamos. Cogeremos un taxi y te acompañaré al consulado británico. Conozco al cónsul y tengo muchas ganas de verlo y explicarle una historia —dijo Gildo con retintín—. Hasta puede que salga un día en un periódico… Quién sabe.