Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 43
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Para llegar al aeropuerto de Fiumicino desde Via Vittorio Veneto, se necesitaba más de una hora. En Vespa, algo más. Con el tráfico de la tarde, más aún.

No llegaría. Tenía que detener ese avión.

Entrar en la pista de despegue y ponerse en medio con su Vespa no era una buena solución.

Así que sacó el móvil y llamó a comisaría. Lillo le pasó al comisario.

—Comisario, tengo al asesino, tengo las pruebas que necesita.

El hombre bufó.

—Lo siento, Gildo, llegas tarde por cinco minutos.

—Escúcheme, no lo llamo por la apuesta. Quiero que detenga un avión. No llegaré a tiempo. Necesito que detengan a Daniel Harper, el cameramen de Lucchesi. Lo ha matado él. Por celos. Su novia estuvo con él y sigue enamorada.

—¿Cómo? ¿Solo por eso? Eso y nada es lo mismo.

Gildo suspiró. Le explicó todos los indicios y le hizo, en pocos minutos, todo el razonamiento asociado a las pruebas.

Cuando acabó, no obtuvo respuesta.

Al otro lado del aparato, solo escuchó lo que más le molestaba desde que conocía al comisario: una página de diario que se giraba. El tradicional y característico ruido de las grandes páginas de un periódico.

—¿¡Me ha escuchado!? —gritó Gildo.

—Ajá…

—Y… ¿puede detener ese avión?

—No pienso detener ese avión por una corazonada, Erme.

Si no tienes pruebas sólidas, no pienso mover un dedo.

Y piensa que mañana te voy a asignar un coche de los nuestros y no quiero verte con esas horripilantes camisas hawaianas.

¿Me has entendido? —dijo, y esperó la respuesta—. Has perdido. ¿Erme?

Al no escucharlo, repitió su nombre varias veces, pero el inspector ya había salido del hotel.

Arrancó la Vespa.

Cruzó la ciudad con el tráfico de los trabajadores que regresaban por la tarde a casa.

Zigzagueaba. Esquivaba un camión y se metía entre dos todoterrenos.

Llegaba a los semáforos en rojo y, si no venía nadie, los cruzaba igualmente.

Pasó por los Foros Romanos y vio cerrado su Porco Miseria. Bajó por Via Cristoforo Colombo, cruzando el barrio del Eur y pasó delante de la redacción del Roma Tribune .

Siguió por la autopista A-91, aunque los camiones lo adelantaban y le pitaban porque no podía conducir por esa autovía.

Siguió hasta el aeropuerto y dejó la Vespa en la zona de salidas.

Corrió y pasó el detector de metales enseñando la placa.

Al no llevar la pistola consigo, le resultó mucho más fácil.

Corrió delante del tablón de los aviones de salida.

El British Airlines de las 20:30 h parpadeaba que se encontraba en embarque, pero con la última llamada.

Corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta de embarque. A medio camino, miró de nuevo y apareció cerrado. Le daba igual, tenía que detener ese avión. Si Daniel Harper se marchaba del país transalpino, no conseguiría repatriarlo.

Siguió corriendo de todos modos.

Pero cuando llegó a la puerta, jadeando, vio lo que nunca hubiera esperado.