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La clave estaba allí dentro.
Gildo cruzó el vestíbulo y llegó al comedor de la suite .
Allí, en un primer momento, cuando entró el sábado al mediodía, había un carro con el desayuno del famoso británico.
Un desayuno completo y la prensa lista para ser leída.
El camarero encontró el cadáver. El forense había marcado la hora de la muerte sobre las doce de la noche anterior.
La puerta no estaba forzada.
Gildo se giró hacia esta, que se encontraba cerrada.
¿Cómo pudo entrar el asesino?
O quizá tenía una llave maestra, así que podía ser del hotel.
Se imaginó la escena. Estaba aún vestido, seguramente, recién había subido de cenar. Tocaron a la puerta, el hombre tal vez puso la televisión y fue a abrir.
Lo dejó entrar.
¿Qué quería? ¿Cuál fue la excusa?
Lo maniató y disfrutó de la muerte. Lenta, afanosa, con una simple y vulgar almohada. Con la suficiente fuerza y tiempo hasta que el británico se quedó sin oxígeno en los pulmones.
Luego, la quitó y la dejó en su lugar, en la cama.
«Pero entonces…», pensó Gildo, y se desplazó por la habitación.
Tenía que montar todo el teatrillo. La escena del delito perfecta.
Gildo llegó a la conclusión de que era alguien que no tenía nada que ver con la gastronomía.
Alguien que sabía que, si la policía empezaba a rascar en la superficie, encontraría de todo.
Corrupción, traición y envidia. De todo.
todos pensarían en Tarantino y, si no, en otras historias turbias en su pasado gris.
La escena perfecta.
Menos un detalle: la masa de pizza era una masa hecha con mucha levadura, mucho azúcar y harina de supermercado. Una receta del montón encontrada en un vídeo en YouTube.
Ante una persona sin experiencia, todas las harinas son iguales. Un polvo blanco que juntado con agua crea una masa.
Pero ante un profesional y alguien con un poco de nociones de gastronomía, no lo son. Para nada. La masa madre dejaba trazas. La cantidad dejaba rastro. Y, sobre todo, la velocidad en hacer una masa era más que una pista, era una firma.
Alguien que se hubiera puesto a pensar sabría que una masa tiene una composición y una receta. Cada receta deja un rastro y dice mucho de la persona.
Un pizzero apurado o poco previsor hace una masa con mucha levadura y mucho azúcar. Eso hace que la masa suba rápidamente y que esté lista en poco tiempo.
Si alguien comiese ese monstruo panificado, tendría gases y sería muy indigesto. Cuanta más fermentación y menos azúcar y levadura, más digestiva.
Al contrario, cuanto más azúcar y levadura, más indigesta.
En cambio, un pizzero profesional y previsor lo que hace es una masa que es su firma. Una receta propia, una masa fermentada con mucho tiempo y mucho cariño. Un pizzero profesional se llevaría su masa, porque su masa es su firma. Era pagarle con la misma moneda.
«Mi pizza no te ha gustado, pues ahora te ahogará».
El asesino, si hubiese sido un pizzero, lo habría hecho perfecto. Si se hubiera tomado la molestia de dejar esa frase en la harina, también habría hecho lo mismo.
Gildo fue al baño. Estaba aún limpio y con todos los artículos de baño del hotel, los que encontraba cada cliente al contratar una suite , y los del propio huésped, Lucchesi.
Se planteó cómo la hizo. Estaba claro que no era un profesional. Porque si hubiese sido Tarantino, no habría perdido tiempo, la masa de pizza necesitaba subir. Pero algo le llamó la atención.
Se acercó al lavabo. La pila estaba limpia. Pero hizo algo que no se le hubiera ocurrido nunca, levantó el tapón y encontró su premio.
Al hacerlo, por dentro, aún había trozos de masa que habían seguido fermentando.
¿Un asesino pizzero no había llevado su propia masa?
Pensó que, si lo hubiese hecho con una bolsa de plástico, habría ahorrado tiempo, mucho tiempo.
Entonces se preguntó: ¿por qué no la llevó hecha?
Solo había una respuesta, no quería que lo pillaran con la masa preparada. Nadie que lo identificara en esa escena del delito. Nadie de su entorno. Eso quería decir que la persona que buscaba, el asesino, estaba en el hotel, compartía estancia con alguien y no quería que supiera de la masa.
Las cámaras de vigilancia del hotel lo confirmaron. Alguien de fuera no había entrado.
Tenía que ser alguien del hotel, un huésped o un trabajador del hotel.
Desgraciadamente, no eran pruebas fehacientes, solo teorías de Gildo. Con eso, al comisario no le serviría.
Pero para él era suficiente. No era Tarantino.
Sintió, por primera vez, que estaba en la buena dirección. La primera vez en toda la investigación.
Pero aún había muchos problemas por resolver.
Se acordó de la masa en la cara. Recordó que era dura, una costra. Allí no había ningún horno.
¿Podría ser que el asesino tuviera un horno y lo hubiera llevado y guardado?
El forense no dijo que tuviera ningún signo de quemadura o cocción.
Eso no podía ser.
O el asesino se había inventado un horno portátil para máscaras de pizza .
Era un sinsentido. ¿Cómo había secado la masa?
No lo tenía claro.
Se dio la vuelta. Sentía que estaba cerca, como cuando se te olvida una palabra y la tienes en la punta de la lengua.
En el mismo punto tenía al asesino. Sabía que faltaba poco.
Miró el reloj, faltaban veinte minutos para que finalizara su apuesta con el comisario. Se sintió como Cenicienta.
Pizza é napoletana .
Miró fijamente la frase. Seguía escrita en harina. Nadie la había tocado. Con un cartelito al lado de prueba número seis.
La harina, de la misma calidad de la masa, era de un supermercado.
Se acercó y la miró bien. Pizza é napoletana .
La frase era extraña.
Él la hubiera escrito diferente. ¿Cómo de diferente?
Prescindiendo de la lucha del programa de pizza romana contra napolitana. No, nada de eso. Gildo se centró en la gramática y cómo estaba construida, o lo que fuese.
Él hubiera escrito «la» pizza , con artículo. No solo pizza . Y no era un problema de espacio, la suite de Lucchesi era tan grande que podía haber escrito un poema en harina.
No, el problema no era ese.
Entonces lo vio.
Quien había escrito eso no era italiano, era alguien extranjero.
Gildo se dio manotazos uno tras otro hasta que se hizo el suficiente daño como para detenerse. Cómo no lo había visto antes.
Ese verbo, el é , estaba equivocado. Un error común que un extranjero podría cometer, por ignorancia, por prisa, por lo que fuera.
Y Gildo no lo había visto.
Si lo supiera su madre, que siempre insistía en que estudiara más y se esforzara en la asignatura de lengua italiana, le daría un cachete bien dado y con razón.
É se escribía correctamente è .
El problema era la tilde al revés.
Eso no podía haberlo escrito un italiano, porque ya te viene natural.
La frase correcta sería: La pizza è napoletana.
Gildo se levantó.
Un extranjero alojado en el hotel y que estaba con alguien porque no pudo hacer la masa en su habitación, sino en la de Lucchesi.
Estaba claro.
Lo había tenido delante todo el tiempo.
Se trató de imbécil y de tonto.
Lo dijo en voz alta como para confirmarlo.
—Daniel Harper —susurró.
Su móvil era claro, su novia seguía enamorada del malnacido de Lucchesi y él sí lo sabía.
Miró el reloj, faltaba menos de una hora y media para que su avión saliera.
Salió de la estancia y cerró la puerta. Antes de echar a correr, una mujer se giró hacia a otra mujer que se alejaba.
—Me doy una ducha y nos vemos abajo.
Gildo se quedó petrificado.
Una ducha. La mujer abrió su puerta y entró. Tenía el pelo largo, precioso y reluciente.
Arrugó el ceño.
Pasó la tarjeta magnética y regresó a la habitación.
Corrió hacia el lavabo y buscó. Rebuscó todos los armarios hasta que lo encontró.
Allí estaba el horno que buscaba. El hotel tenía, en cada habitación, un secador de pelo.
Uno de los buenos, de los profesionales, los mismos que usan las peluquerías.
Ese pequeño reactor de calor era más que suficiente para cocer una masa o, por lo menos, para secarla. Suficiente para dejarla como la tenía Lucchesi en la cabeza. Suficiente para que las dos partes que se unían por detrás, en la nuca, se quedaran juntas y sólidas.
El avión de Daniel Harper y Sophie Miller estaba a punto de salir. Se tenía que dar prisa.