Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 41
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La pregunta la dejó en shock .

—¿Cómo dices? —preguntó Marzia.

—Davide, tu ex. Por dinero, ¿crees que podría matar a alguien?

Ella negó. Dejó la bandeja con platos y tazas y juntó las manos delante de su boca.

—Gildo, ¿te has caído de la Vespa? ¿Te ha pasado algo? ¿Te ha caído un rayo en la cabeza? Dime qué te ha pasado.

—No, quiero saber si sería capaz. Punto.

Ella arrugó el ceño y lo miró con perplejidad.

—No me asustes, Gildo. ¿Davide se ha metido en problemas? ¿En serio?

Gildo negó con la cabeza y bajó la mirada mientras se rascaba la frente para pensar.

—Es una larga historia. Pero quiero que me contestes rápido a la pregunta. ¿Es posible o no? —preguntó—. Contéstame, ¿qué te dice el corazón?

Marzia arrugó el ceño.

—No, Gildo. Me jugaría lo que fuera. Davide no ha matado a nadie. Mucho debería haber cambiado o verse en apuros para hacer una barbaridad tal.

Gildo asintió. En parte, se sentía aliviado, pero empezaba de nuevo en la casilla de salida.

Se sentó en un taburete y suspiró. De pronto, sintió hambre. Desde el desayuno, no había comido nada y ya era por la tarde.

Indicó a Marzia un par de sándwiches preparados de su vitrina, uno de atún, otro de jamón de Parma y un cappuccino extragrande para llevar.

Se los pagó, le dio un beso y se marchó a su despacho.

Se sentó en su escritorio. Sacó las carpetas y empezó a repasar todas las pruebas.

Necesitaba silencio y concentrarse, pero la falta de azúcares era tan grande que prefirió comer primero.

Comió los dos sándwiches. Primero, el de jamón de Parma y luego, el de atún.

Se quedó con hambre, pero deseó que después de meter en su cuerpo todo ese café con leche y espuma se le aplacara.

Faltaban pocas horas para que se acabara el tiempo que el comisario le había concedido.

Repasó las pruebas de la científica, abriendo la carpeta con todas las fotos.

Revivió el momento en el que estaba en la habitación del hotel.

Michael Lucchesi con la máscara de pizza .

Ahogado. La frase en el suelo. La sensación de que era una venganza o, por lo menos, querían que lo pareciese; una venganza por su programa.

El equipo de grabación del programa The Pizza Wars: Rome vs Naples . Recordó el vídeo que se convirtió en viral en las redes con la activación de una bomba mediática. Desde Londres, se despertó la rivalidad de la pizza napolitana con la romana.

Recordó el viaje inesperado al consulado y los planes de meter en la cárcel a quien fuera.

Al primero que cogieran, es decir, Tarantino.

Gracias a su amenaza, se desmarcó y entró en la quiniela de los posibles asesinos.

El Ministerio de Asuntos Exteriores no se lo dejó decir dos veces y lo aprovechó.

Tarantino no podía ser. Su amante también lo corroboró. ¿Y quién hubiera matado a un enemigo dejando en la escena del crimen indicios para que fuera él el principal sospechoso? ¿Un idiota? ¿O un genio?

Pero luego, las opciones barajadas de alguien externo. De alguien descontento con sus servicios no oficiales. Y su equipo, que estaba entregado, hasta que Aurelio dio un giro importante a la investigación destapando un lado oscuro de Lucchesi: el adulterio.

Luego, apareció la señorita Miller, colaboradora y productora de sus programas televisivos.

La señorita Miller y Lucchesi tuvieron un affaire .

Eso la convirtió directamente en una posible sospechosa. Luego, con Aurelio, conoció a Luigi, el hombrecillo, y las dos pizzerías descontentas.

Pero nada llevaba a una estela clara de un asesino. Nada.

La frase era clave: pizza é napoletana .

Una declaración de intenciones y una amenaza.

Desde luego, no podía ser ni más ni menos que una pista que llevara a una dirección equivocada. No podía ser otra cosa.

Tenía que regresar al hotel.

Allí estaba la clave. Seguro. Las fotos eran importantes, pero no eran suficientes. Siempre se olvidaba o no se apreciaba algún detalle.

Las cámaras del establecimiento lo confirmaban, porque nadie salió ni entró que no fuera del hotel. Dio el último sorbo al café y tiró el vaso de cartón en la papelera.

Bajó las escaleras.

—A Gi, ¿cómo estás? Tienes que decirle a tu madre que lo que sobró de la comida se lo llevé a mi mujer y se quedó sin aliento. No para de decirme que te lo diga.

Gildo asintió.

—Cuando vea a mi madre, se lo diré —respondió Gildo sin darse la vuelta.

Su cabeza ya estaba en la habitación de Lucchesi.

Salió de la comisaría y subió a la Vespa. Se puso el casco y se fue directo al Grand Hotel Savelli. Tenía que correr. Tenía que darse prisa.

No por sus malditas camisas hawaianas.

No por su fiel e inseparable compañera de aventuras, la Vespa Primavera 125.

No por su barba.

Tampoco por su pelo.

No, para nada de todo eso. Solo y exclusivamente por un fuego que tenía dentro que lo alimentaba, que se llamaba verdad, que se llamaba justicia, que se llamaba libertad.

Fue serpenteando el tráfico de la tarde. Tenía poco tiempo.

Llegó al hotel. Esa vez sintió que era la buena. Tenía que serlo.

Aparcó y entró. Pidió la llave magnética de la habitación. Al cogerla, se dio la vuelta y dio un paso hacia el ascensor, pero se detuvo, se giró y pidió al responsable de la recepción si los compañeros del señor Lucchesi seguían en el hotel.

El hombre le contestó que se acababan de marchar con un minibús hacia Fiumicino.

Gildo asintió. Sentía que el tiempo se le estaba escurriendo.

Abrió la puerta de la suite y revivió lo que había visto. Tenía que concentrarse y centrarse en el caso. La clave, estaba seguro, estaba allí dentro.