Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 40
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Cuando llegaron a la pizzería Franciscana, ya estaban en pleno servicio.

Los platos salían de la cocina con pizzas enormes. Eran grandes y finísimas. Sobresalían por todos los lados del plato. Los camareros tenían problemas para llevarlas. Y cuando llegaban a las mesas de los turistas, sus caras eran de asombro. Asombro y fotos. Selfis y retos para acabarla.

Cuando vieron las pizzas, constataron un hecho: las pizzas que servían no eran napolitanas, sino romanas.

Gildo sintió una ducha fría. Era otra pérdida de tiempo. Otra vez para nada. En su fuero interno, la visita a la Franciscana tenía el mismo peso que el Lievito Nero. Ni mejor ni peor, solo igual, una pérdida de tiempo.

Aurelio insistió para que, de todas formas, evaluaran si podía ser lo que creían. Ya que habían llegado, pues seguir. Sin embargo, Gildo se olía que allí no estaba su lugar. El tiempo pasaba y su apuesta se estaba acercando al final.

Aurelio entró y Gildo preguntó por el jefe enseñando la placa a un camarero, el dueño apareció enseguida. Era un hombre alto, calvo y musculoso. Muy musculoso, tanto que parecía que viviera en un gimnasio.

Este los llevó a su despacho. Se sentó detrás del estrecho escritorio y las dos visitas se quedaron de pie.

Ese hombre tenía toda la fuerza para matar a una persona estrangulándola o apretando una almohada en la cara hasta matarla.

Le preguntaron dónde se encontraba la noche del viernes anterior y el hombre dijo que estaba fuera de Roma, en una competición de culturismo. Enseñó fotos, billetes de avión y facturas de hotel.

—¿Por qué me lo pedís? —preguntó él.

Gildo y Aurelio se lo explicaron.

El dueño se levantó de golpe.

—Lucchesi se lo ha buscado, pero a quien tengo aquí… —dijo, señalándose el pecho— es al enanito de los cojones. El feo de Luigi Cozza. A ese, si lo pudiera, lo mataría con mis propias manos. Dios quiera que no lo vea nunca por ahí o lo mato de verdad.

La situación llamó la atención de Gildo. ¿Por qué a ese hombre le molestaba más el enano que el presentador que lo había insultado?

No se lo explicaba, Gildo así que se lo preguntó.

—Porque ese musgo de las cloacas me hizo perder dinero.

Me dijo que era una inversión segura, que tenía un retorno de la leche, que eso era como oro.

Tenía la oportunidad de hablar con el mismísimo Lucchesi de los cojones —dijo, y se cogió los genitales a dos manos—.

¡Los huevos! Me hizo perder cincuenta mil euros.

—¿Y por qué no está rabioso con el presentador del programa? —preguntó Aurelio.

—Porque al británico podía gustarle más o menos mi pizza . Podía gustarle más o menos mi local. Pero el otro me dijo, al verme titubeante: «Si no quedas satisfecho, te devuelvo el dinero». Y desapareció. A mí nadie me engaña —gritó.

La conversación siguió. Gildo y Aurelio siguieron sonsacando información, pero al final llegaron a la misma conclusión: otro fracaso

Antes de salir, Gildo miró por un instante al pizzero que estaba sacando y metiendo pizzas en el horno. Lo reconoció. Había visto antes a ese hombre, estaba seguro. Se lo quedó mirando mientras trabajaba.

—¿Estás bien? ¿Has visto algo? —preguntó Aurelio.

Gildo no respondió y se acercó.

Cuando lo tuvo más cerca, se acordó de dónde lo había visto. Era el exnovio de Marzia.

Sí, tenía que ser él. Recordó la cara de ese energúmeno cuando la besó. Estaba bronceado y tenía el pelo recogido. También era corpulento y con tatuajes.

No podía equivocarse.

—¿Cómo se llamaba? —susurró Gildo—. Davide Sorrentino, sí.

Sonrió.

Se acercó y se presentó.

Al acercar la mano, Davide se limpió la suya de restos de levadura, harina y trozos de tomate.

—Mucho gusto —dijo él con una voz finita, casi de pito—. Marzia me ha hablado mucho de ti.

En un hombre corpulento, no se hubiera esperado una vocecita así. Se hubiera esperado una voz con un tono grave, profundo, casi de locutor de radio.

—Encantado. Espero que haya sido para bien… —dijo Gildo.

El hombre sonrió y sacó con una larga pala una pizza de pepperoni del horno. La dejó con un movimiento de muñeca en un plato y apretó una campanita. El camarero apareció y se la llevó.

—Davide, ¿para ti, cuál es la verdadera pizza ?

El hombre arrugó el ceño y miró a Aurelio. Este se encogió de hombros.

—Ah, sí. Es verdad que eres cocinillas. Tienes un puesto de mala muerte de bocadillos —dijo el hombre—. Es verdad. Es que una pregunta así nunca uno se la esperaría de un policía.

Gildo se hizo el loco. Bajó la cabeza y se rascó la nuca.

—Ya, es que mis compañeros dicen que estoy un poco majareta.

Él hizo un ademán con la mano. Se giró y, con la pala, movió una pizza dentro del horno para que no se quemara.

—Ya te entiendo, Gildo… —dijo con condescendencia—. Soy del sur, de Basilicata. Así que, para mí, la pizza no es ni romana ni napolitana. Es diferente. Algún día te enseñaré cómo es. Es más, te lo voy a confiar. Mi sueño en Roma es montar una pizzería con la verdadera pizza, la pullese .

Gildo asombrado, asintió.

—Y para el jefe, ¿cuál es la verdadera pizza ?

Davide hizo otra vez un ademán.

—Ese no entiende nada más que de pesas y proteínas. Cree que es la romana.

—Bien, gracias —dijo Gildo, y le alargó la mano—. Gracias y hasta la próxima. Bueno, el día que hagas tu pizza , llámame para probarla, estoy ansioso.

Gildo y Aurelio se marcharon. Gildo le tuvo que explicar quién era ese chico.

Se sentaron en un banco, a la sombra.

—Hemos perdido toda la mañana —dictaminó Aurelio—. Al final, tenías razón tú.

Gildo movió el índice de un lado al otro.

—Te equivocas. Ha sido más útil de lo que crees. Pero me tengo que marchar —dijo Gildo mientras se levantaba.

—¿A dónde vas?

—Tengo que ir a la oficina, tengo que volver a empezar desde el principio. Sé que se me está escapando un detalle y no sé cuál es. Pero estoy seguro de que lo encontraré.

Aurelio levantó las manos.

—Pues nada, vete. Sé feliz. Ya nos veremos —dijo, y antes de que arrancara el motor de la Vespa, añadió—. Mantenme informado, en esto estamos los dos implicados.

Gildo se fue de la calle de la pizzería Franciscana. Aceleró por las calles de Roma, sorteó coches y pasó en ámbar e incluso un semáforo en rojo. Cuando llegó a la comisaría, dejó la Vespa en su lugar, entre dos tiestos con plantas.

Bajó y entró en la cafetería Lèttere como un tornado. Se acercó a la barra donde estaba trabajando Marzia. La apuntó y le dijo:

—¿Davide puede ser un asesino?