39
Luigi Cozza.
Una sanguijuela y un buscavidas con las expectativas muy altas y las capacidades muy bajas. Lo mismo que hace la cozza , un mejillón, que se engancha a lo que sea y filtra el agua en búsqueda de algo que los demás dejan ir.
Gildo y Aurelio llamaron un poco a la defensiva. Si Luigi se hubiera olido que eran policías o, mejor dicho, un inspector de policía y un periodista, los habría bloqueado.
Le dijeron que se habían enterado de sus servicios, que les habían hablado muy bien de él y que tenían que verse cara a cara.
Luigi, ansioso y sediento de dinero, aceptó quedar con ellos.
Se hicieron pasar por empresarios y quedaron en un club de tenis de las afueras de Roma.
Se sentaron en dos mesas de la cafetería. Aurelio, cerca de la entrada, pidió agua con gas. Gildo, en cambio, se sentó en la parte más interna de la cafetería, al lado de los lavabos, y pidió un café americano doble y largo.
Los dos se comunicaban con señas. Mientras Gildo esperaba a que llegase, llamó con el móvil a Aurelio, que lo escuchaba como si estuviera hablando con alguien, pero con el micrófono apagado.
Cuando el sujeto apareció, vieron que era como el jorobado de Notre-Dame. Bajo, algo cojo y con un rostro no muy agraciado que lo convertía en alguien muy peculiar.
¿Cómo se habría asociado con Lucchesi?
—¿Gildo? —preguntó el hombre antes de sentarse.
Él asintió y le indicó la silla. Él, al hacerlo, se quedó con los pies colgando, como un niño.
—Gracias por venir.
—¿En qué puedo ayudarte?
Gildo dio un sorbo al café.
—Me han dicho que tú puedes ayudar a gente…
—Eso parece. ¿Qué necesitas? —afirmó, enérgico y con una sonrisa que cada vez se hacía más grande porque se olía que esa conversación le reportaría mucho dinero.
—Estoy buscando información y creo que tú me puedes ayudar.
El hombrecillo se encogió de hombros.
—Mi información es eficaz, veraz y, depende de cuál, algo costosa.
—El dinero no es problema —dijo Gildo, y pensó que no lo era porque no pensaba pagar.
Al escuchar eso, el hombrecillo se reajustó en la silla; aquello le empezaba a gustar.
—Necesito saber dos cosas —dijo Gildo, sacando un dedo de la mano—. Una es a cuánta gente le cobraste dinero en nombre de Lucchesi, y dos —se señaló el segundo dedo de la mano—, cuántos de ellos no se fueron muy contentos de sus servicios.
Luigi se quedó en silencio. Las facciones de la cara se le tensaron. Al comprender hacia dónde se estaba desviando la conversación, se deslizó por la silla y se dispuso a marcharse.
—Yo de ti no me iría —afirmó Gildo.
Cuando el hombrecillo se levantó, se encontró a Aurelio impidiéndole el paso e hizo un gesto que Gildo no se esperaba: metió la mano dentro de la americana como si estuviera a punto de sacar una pistola, pero sin sacarla para que no lo vieran las demás personas.
El hombrecillo se detuvo en seco.
Aurelio pensó que, siendo un hombre oscuro que trataba con todo tipo de gente, entendería que no iban de farol.
Le indicó que volviera a la mesa con solo un gesto de la cabeza, tenso, serio, firme.
Luigi obedeció.
—¿Quiénes sois de verdad?
Gildo sacó la placa de la camisa.
—Mierda. ¡Joder! —soltó Luigi.
—Lo vuelvo a preguntar.
—No hace falta, te he entendido. Soy feo, no tonto.
El hombrecillo empezó a pensar. Había mucha gente que estaba en esa lista, pero solo dos cumplían con la segunda condición.
—¿Tanto has estafado, Luigi? —dijo Aurelio.
El hombrecillo se giró enfadado.
—No he estafado a nadie. Yo les vendía un servicio que Michael Lucchesi, que en paz descanse —dijo mientras se santiguaba—, ofrecía. Yo era un mero trámite, un puente.
—Pero te quedabas con una parte.
—Claro, poli. ¿Tú trabajas gratis acaso?
Gildo chasqueó la lengua.
—Por lo que cobra un policía y lo que trabajamos, lo hacemos más por amor al arte que por otra cosa.
—Eso es problema tuyo, poli.
—¿Cuánto cobrabas por los servicios de Lucchesi?
—Teníamos varias tarifas. Desde solo una mención en sus redes sociales hasta entrar en su programa. Esta era la más suculenta…
—No me digas —contestó Aurelio—. ¿A cuánto era esta?
Luigi se calló y le apareció en su feo y descuadrado rostro una sonrisa malévola.
—¿Qué gano yo?
Gildo no titubeó.
—No tengo tiempo que perder. Los compañeros de la Hacienda Pública siempre me están preguntando si conozco a algún estafador, como no me respondas ahora mismo con información correcta…
El hombre sacó las manos.
—Vale, valee…, no hace falta que nos pongamos tan tensos.
—Suéltalo de una vez.
—Unos cincuenta mil euros.
La cantidad dejó boquiabierto a Gildo y Aurelio se rascó la nuca.
—Menudo atraco a mano armada.
—Eh, poli. Yo decía lo que había y la gente pagaba. Lucchesi se encargaba. Luego, que la pizza no le gustara o que los spaghetti allá carbonara no salieran bien era cosa suya.
—¿Cuánta gente cayó en vuestra trama?
—Voluntariamente —afirmó, alzando un dedo.
—Lo que sea. ¿Cuántos?
El hombrecillo los contó con la mente.
—Unos nueve, no, diez. Diez, sí. Diez.
Esa cantidad le pareció estratosférica. ¿De dónde salía tanto dinero para pagar a un maldito influencer ?
Primero, Gildo se escandalizó; luego, tuvo compasión por esas personas.
—¿Cuánto te llevabas tú?
—Yo…
—¡Cuánto! —insistió Gildo.
—Un diez.
—¿Diez mil euros? —preguntó Gildo.
—Diez por ciento. Cinco mil.
Aurelio silbó de forma apreciativa.
—Cinco mil libres de impuestos. Nada mal.
El hombre se arregló la camisa.
—Los servicios de Cozza se han de pagar.
—Ya te digo.
—Escúchame, quiero saber quiénes eran esos dos clientes. Los nombres. Venga, escúpelos.
Luigi suspiró, se lo pensó y necesitó que los dos insistieran varias veces más. Le recordaron que Hacienda le crujiría si lo supiera.
—La pizzería Franciscana y la pizzería Lievito Nero. ¿Contentos?
Gildo y Aurelio se miraron a la cara. Era lo que querían saber.
—Yo no he dicho nada. Esos energúmenos de Franciscana aún me llaman para que les devuelva el dinero —dijo Luigi mientras chasqueaba la lengua—. Ilusos.
Gildo esperó, quería que el hombrecillo recordase algo más o quisiese añadir algo, pero no fue así.
—Entonces, ¿solo dos?
Luigi, con su cara asimétrica, asintió.
—Solo dos.
Gildo subió la mano y pidió la cuenta al camarero. Después, bebió de un trago la mitad del café.
—¿La pizzería Franciscana y Lievito Nero? —corroboró Aurelio.
—Así es —afirmó, y con un tono orgulloso siguió—.
Maderos, ¿sabéis con qué me quedo de toda esta historia?
—preguntó, y los dos se quedaron mirándolo, atentos—.
Que de los diez que pagaron, solo dos se quedaron poco contentos.
Eso es un ochenta por ciento de efectividad.
Es un ochenta por ciento de clientela contenta.
¿Os parece? Sería como tener un notable.
El camarero llegó y dejó la cuenta.
Gildo la cogió, por un agua y un café americano muy largo, casi quince euros. Estaba claro, no estaban en un bar cualquiera, sino en un club de tenis.
Levantó la mirada y le hizo un gesto con la cabeza a Aurelio. Se levantó y acercó la cuenta a Luigi.
—Gracias por el café, Luigi. Nos vemos. Espero que no sea en el cuartelillo de la policía —advirtió, y se fue.
El hombrecillo se quedó con la boca abierta, mirando cómo se marchaban los dos hombres.
—¿En serio me dejáis esto para pagar?
—Mejor eso que una buena propina a los de Hacienda Tributaria —afirmó Gildo.
El hombrecillo cogió el ticket y sonrió al camarero, que se acercó para preguntarle si prefería pagar al contado o con tarjeta.
Mientras salían, Gildo se giró hacia Aurelio.
—Oye, cuando Luigi ha ido hacia ti, ¿no era más fácil que me pidieras la placa que hacer el numerito de la pistola bajo la americana? —preguntó al periodista.
—¿Y crees que hubiera sido tan divertido?
—¿Divertido?
—Es que tenía muchas ganas de hacerlo. Me moría de ganas de parecer un agente secreto, un reportero en una zona difícil del mundo y ningunear a la mafia local. ¿No te parece emocionante? —dijo, y se jactó—. La sugestión, amigo mío. La sugestión es más poderosa que lo que la gente ve.
Gildo sonrió y negó con la cabeza.
—Eres de lo que no hay. ¿Y si nos hubieran visto? ¿Y si unos de la secreta nos hubiesen abordado como si fuéramos mafiosos? —observó Gildo.
—Me hubiera encantado —dijo Aurelio—. Incluso si el policía hubiera estado bueno, me habría encantado que me cacheara.
Gildo ladeó la cabeza.
Fueron hasta la Vespa. La arrancaron y fueron hasta el centro; tenían la siguiente visita que hacer: la pizzería Franciscana. La segunda que había pagado a Lucchesi y tenía un móvil válido para matarlo.