Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 38
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Gildo se quedó callado.

Observó al dueño del restaurante con preocupación. Estaba analizando sus palabras y sus movimientos. Sus gestos voluntarios e involuntarios.

¿Podía estar delante del asesino de Lucchesi?

Si fuera él, ¿habría echado a correr?

¿Qué llevaba a un señor como él a matar? O incluso antes que eso, a llegar a sobornar o, mejor dicho, a contratar servicios de un experto o influencer para conseguir visibilidad en una televisión británica.

¿Podría ser Fabrizio Mancini un asesino?

—¿Qué quiere decir con «ese canalla ha recibido su merecido»? —preguntó Gildo—. ¿Qué es lo merecido?

El propietario de Lievito Nero dejó de poner las bebidas en las neveras.

Miró al investigador a los ojos.

—Ese hijo de puta era un estafador.

—¿Estafador?

El hombre chasqueó la lengua.

—No me vengan con estas. Ya saben lo que pasó. Si no, no estarían aquí —dijo, cerró el botellero, se echó hacia atrás, se apoyó en la barra y los miró con los brazos cruzados—. Me pregunto qué es lo que quieren sacar de esta conversación. Porque ya tienen al culpable, ¿verdad?

Gildo suspiró y se acercó al mostrador que los separaba. Fue entonces que vio cómo el hombre, con las mangas de su camisa tejana, enseñaba unos tatuajes. No eran nuevos, nítidos, sino algo viejos, casi verdes. De ese color verde grisáceo de los tatuajes que con el tiempo se han pasado de moda.

—Creemos que… —dijo, y se detuvo. No podía decir a un ciudadano que la justicia se había equivocado y que en la cárcel estaba un inocente.

¿Cómo tenía que decirlo? Eso no lo había preparado.

—Estamos investigando otras pistas. ¿Dónde se encontraba usted la noche del viernes pasado?

Fabrizio Mancini dejó de mirar a Gildo y miró al otro hombre.

—¿Qué está diciendo su compañero? ¿Es que se han bebido el cerebro o qué?

Aurelio se quedó impasible, solo mirando y escuchando, mientras la grabadora profesional que tenía en su cabeza no dejaba de grabar olores, gestos y palabras.

—Escuche, señor Mancini —insistió Gildo—. Debería contestarme.

El hombre se giró de nuevo hacia Gildo. Se quedó unos instantes en silencio, perplejo y desplazado. Cuando entendió que no era ninguna broma ni ningún farol, y que el policía iba en serio, cambió de actitud.

—Escuchen. Yo estoy limpio. Por el amor de Dios. Yo no quiero problemas, ¿saben? He tenido que hacer muchos sacrificios para poder estar aquí. Tener mi trabajo honrado y no tener problemas con la justicia. No me voy a meter ahora con estas mierdas. No, estoy limpio, no mataría a nadie.

—¿Ni a un tipo que le ha estafado miles de euros?

Mancini apretó la mandíbula. Bajó la mirada y dio con el puño sobre la encimera del bar.

—Ese malnacido casi me hace cerrar. No solo me cobró una brutalidad de dinero a cambio de visibilidad, de likes , como se dice ahora, y, sí, me dio la visibilidad, pero para mal, ese hijo de puta.

Gildo asintió.

—Lo sabemos. Pero eso no justifica matar a nadie.

Mancini se acercó a Gildo sin que el policía se lo esperase.

Lo apuntó con el dedo y lo señaló un par de segundos. Sin decir nada. Luego, guardó el dedo y bajó la mano.

—Lucchesi me ha casi arruinado. He pagado una cantidad estratosférica —dijo mientras se apoyaba la mano en el pecho—. Y casi he cerrado esa puerta, he tenido que reducir personal y seguir como he podido. Si no, ¿creen que estaría rellenando botelleros con estas jodidísimas latas de refresco?

—¿Adónde quiere llegar?

—Quiero llegar a que, a pesar de que se la tenía cruzada, no quería matar a ese idiota engreído. Nunca lo haría. Quiero seguir libre, ya pasé demasiados años en prisión como para volver allí. Sé muy bien lo que se cuece detrás de los barrotes. Y no pienso volver.

Gildo y Mancini se quedaron mirando en silencio.

En la pizzería solo se escuchaba al chico que seguía pasando el mocho.

El palo que iba golpeando de un lado al otro de las sillas y de las mesas.

Del otro lado de la cocina, llegaban ruidos de ollas y sartenes.

En el rincón del horno, donde se preparaban las pizzas, crepitaba la leña.

—¿Sabe quién es la única persona a la que quisiera matar? —preguntó Mancini.

Gildo no contestó.

—¿Quién? —preguntó Aurelio.

—Al auditor del control sanitario de calidad alimentaria del ayuntamiento.

Gildo contuvo la risa. Sabía muy bien lo que decía ese hombre y conocía muy bien lo exigentes y subnormales que eran ciertos individuos del ayuntamiento. Los responsables de la sanidad podían ser un grano en el culo, mucho mayor que un agente de la Agencia Tributaria.

Gildo lo sabía porque quien le tocaba a él era uno de los que, amargados de la vida, solo tenían placer en hacer exasperar a los demás y hacerlos sufrir.

No se extrañaría que un día se lo encontrara tirado en una cuneta degollado o quemado vivo.

No lo deseaba, por supuesto, pero no le hubiera extrañado.

—¿Qué pizza hace usted? —preguntó Gildo.

—¿Qué dice? —dijo Mancini sin entender de dónde venía la pregunta.

—Su pizza , ¿de qué estilo es?

—¿Mi pizza ? —dijo, y miró el fuego que estaba avivando en el horno—. La romana, como tiene que ser.

Esa respuesta podría darla cualquiera, pero había un detalle que no se había filtrado. La frase escrita con harina en la habitación de Lucchesi no la conocía nadie.

Pizza é napoletana.

—¿Para usted, la pizza es romana o napolitana? —preguntó Gildo.

Aurelio se giró hacia Gildo y aguantó una mueca.

—Psee… ¿Es una trampa?

—No, por favor. Usted qué opina, ¿cuál es la original y la mejor? —insistió Aurelio.

Mancini miró a Aurelio, luego, se giró hacia Gildo y contestó mirando al primero.

—Es romana. Los napolitanos son unos impostores.

Gildo suspiró. No sabía si ese hombre decía la verdad, pero lo creía. Sin embargo, necesitaba una prueba fehaciente.

—Señor Mancini, necesito una confirmación. Ya sabe, es por mis jefes y el informe que tengo que redactar. Necesitaría que me indicara dónde estaba la noche del viernes sobre las doce.

A Mancini le molestó su insistencia. Pero siempre funcionaba echar la culpa a los superiores. El argumento «no es para mí, sino para mi jefe pesado» era algo que siempre iba bien.

Mancini mostró que esa noche un grupo de españoles llegaron tarde, y ya se sabe que los españoles suelen comer muy tarde.

Con la excusa de que no sabían los horarios de Italia, siendo su primer día en Roma, llegaron a las diez y media.

Aunque la cocina cerraba a las diez, a una mesa de casi mil euros no podía decirle que no.

Así que, entre cafés, cappuccinos , tiramisú y chupitos, se fueron sobre las dos de la mañana.

La etiqueta marcaba la una y cuarenta y tres de la noche.

—De acuerdo, señor Mancini, una última pregunta. ¿Cómo supo que el señor Lucchesi podía dar esos servicios?

El hombre se lo pensó un segundo. Luego, sacó el móvil.

—Por Luigi.

—¿Quién es Luigi?

—Esa sanguijuela que me vendió los servicios de Lucchesi y cobró por él en efectivo —espetó Mancini con rabia—. Apúntese el número y, por favor… —dijo haciendo una pausa para remarcar la importancia de lo que continuaba—, díganle que van de mi parte.