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Via Coronari se encontraba en el Rione Ponte, un barrio céntrico.
Entre Piazza Navona y el río Tiber. Cerca de Castel Sant’Angelo y Campo de Fiori.
La calle era estrecha. Gildo aparcó a unos cien metros del lugar adonde tenían que ir. A Aurelio lo vería antes para que le explicara qué diablos había encontrado.
Gildo, ya desesperado, considerando que ya había perdido la apuesta y con un inocente en cárcel en su conciencia, estaba abierto a todo.
Apagó el motor de la Vespa roja y se quedó esperando. Hubiera necesitado otro café. O mejor dicho, una cafetera portátil para que sacara espresso de vez en cuando.
Via Coronari era una de esas calles adoquinadas que daban a Roma un aire ancestral. Esas calles donde la Roma auténtica se funde con la moderna. Era un barrio elegante y lleno de vida. Los turistas acudían allí para encontrar establecimientos donde podían comer platos típicos de la cocina romana.
Mientras esperaba, Gildo levantó la mirada a los edificios ocres y desgastados.
Había balcones con plantas y pisos con techos altos.
Delante de él, un anticuario, con sombrero, subía la persiana a la espera de un turista que se quisiera llevar a la otra punta del mundo una lámpara o una vasija con historia.
—No pensaba que vinieras tan rápido —dijo Aurelio.
El periodista apareció de repente, como un fantasma.
Bajó de su monopatín eléctrico y lo aparcó justo al lado de Gildo. Se quitó el casco y lo ató a una señal de tráfico.
—¿Sabe tu madre que vas por Roma con ese trasto?
Aurelio miró la Vespa Primavera roja.
—¿Aún no has pensado en cambiar este vejestorio?
—Le quedan aún muchos casos por investigar a esta joya con ruedas —respondió Gildo, dando un par de palmadas al sillín.
Aurelio se arregló el pelo. Impoluto como siempre, se ajustó la camisa y la americana.
—¿No pensarás entrar ahí dentro conmigo?
Aurelio bajó la mirada y Gildo se la devolvió.
—No pienso decirte nada si no me dejas entrar.
—El caso es mío —respondió Gildo.
—El contacto es mío. Lo comparto porque somos socios en esto. Yo entraré contigo —dijo Aurelio, y se colocó con los brazos en jarra—. No es discutible.
El periodista estaba determinado. Gildo no tenía muchas opciones de salirse con la suya. Era entrar con el periodista o no había trato.
Considerando que estaba en un callejón sin salida, solo pudo aceptarlo.
—Está bien. ¿A dónde vamos?
Aurelio sonrió y bajó los brazos. Cogió su móvil y le enseñó lo que tenía preparado para él.
—Esto es una grabación de un documental. Es de hace un año. Se ve cómo…
—Aurelio, ponlo y lo veré por mí mismo —dijo Gildo.
—Vaya, estamos nerviosos hoy.
Gildo evitó dar explicaciones, no quería conmiseración, sino resolver ese caso.
—Venga, dale…
El periodista le dio al play . Apareció Lucchesi con una actitud agresiva. Movía el brazo reiteradamente encima de un plato. A su alrededor, los comensales lo miraban sorprendidos y casi asustados por sus gritos.
—No puede ser que haya perdido mi precioso tiempo para venir a este localucho a comer esta bazofia —gritaba Lucchesi, indicando el plato, mientras un hombre con el pelo blanco y ojeras se veía sobrepasado—.
Esto es una mierda. ¡Una mierda! Deberían quitarte la licencia y no dejarte poner fuera restaurante italiano.
¡Por todos los dioses romanos! Esto no es un saltimbocca a la romana —dijo apartando un plato, y luego, señaló otro donde había una pizza —.
Ni esto es una pizza que merezca respeto.
El vídeo seguía, pero, de repente, se vio la cara de un hombre. Su rostro transmitía rabia y estupor a la vez. Miraba el plato, a Lucchesi y a la gente a su alrededor. Se ruborizó y apretaba la mandíbula. Su ira estaba saliendo de su interior a borbotones.
—No puede ser, usted me había dicho… —gritó, apuntándolo.
El británico lo detuvo y le impidió seguir.
—No hago reseñas de lugares tan mediocres.
No merece mi atención —dijo, y con un gesto de la mano, concluyó—.
Categóricamente, no. Mis zapatos no pisan restaurantes de inmensa mediocridad.
¡Solo excelencia! —afirmó, y se giró hacia el vídeo; con un gesto en el cuello, indicó al cameramen que cortara.
El vídeo se detuvo.
—¿No hay más? —preguntó Gildo.
—No.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—¿Me has hecho venir por esto? —preguntó, casi molesto, Gildo.
—Claro. ¿Te parece poco?
Gildo negó con la cabeza.
—Esto está todo montado. Está todo orquestado. ¿Es que no lo ves? Es un burdo y banal teatrillo mal montado. Están todos de acuerdo.
Aurelio guardó el móvil y se cruzó de brazos.
—No lo es. Vamos y te lo demostraré.
Gildo arrugó el ceño.
—¿Quién te dice que esto no es una… ¡farsa!? —espetó Gildo, haciendo hincapié en la última palabra—. Es más, ¿cómo te has enterado de esto? ¿Cómo lo sabes?
—Tengo mis contactos —dijo Aurelio, dándose la vuelta, y se puso a caminar.
Gildo chasqueó la lengua. El cansancio empezaba a hacer estragos. Necesitaba más café, dormir, pero la verdad era lo más importante.
— Porca miseria —espetó, y caminó detrás de Aurelio.
Anduvieron algo menos de cien metros. Cuando el periodista se detuvo, se encontraban delante de una vieja puerta abierta de madera. Encima, un letrero luminoso indicaba el nombre del establecimiento.
—Lievito Nero —leyó Gildo—. ¿Qué tiene que ver la levadura negra con un restaurante?
Aurelio se giró hacia él.
—¿Me quieres decir que es mejor Porco Miseria como nombre para un establecimiento? —preguntó, y, sin esperar la respuesta, entró en el restaurante.
Al entrar, los recibió el olor a lejía. Un chico estaba pasando el mocho y las antiguas baldosas de terracota estaban mojadas, dejando un olor muy característico.
—¿Hola? —preguntó el chico.
—Buscamos al señor Mancini —dijo Aurelio—. Fabrizio Mancini.
—Soy yo —dijo un hombre desde detrás de la barra.
Los dos se acercaron.
El hombre, al verlos, se asustó.
De pronto, el señor Mancini, dueño del local, empalideció. A Gildo le dio la impresión de que había visto un fantasma.
— Santa Madonna . ¿Sois de la guardia di finanza ? —preguntó, refiriéndose a si eran inspectores de Hacienda.
Gildo sacó la placa.
—Policía. Soy el inspector Falcone, de homicidios de la comisaría del Trastevere. Y él es mi compañero.
Aurelio se giró. Le gustó que lo presentara así.
No mentía, ni decía la verdad. Parecía una presentación de las que hacían los compañeros del FBI en las series.
Aunque Aurelio se giró y, detrás del dueño, entre las botellas de licores, se pudo ver en el reflejo del cristal.
Mirándose, no daban el pego, un hombre aseado en traje impoluto y un hombre con barba, pelo largo y una camisa de flores hawaianas. No pegaban ni con cola.
—¿Qué quieren? —espetó, seco.
—Queremos hablar con usted del señor Lucchesi.
El hombre, que estaba guardando en el botellero unas latas, se detuvo. Miró con intensidad a Gildo. Sacó la mano de la nevera, cogió otra lata del pack y lo apuntó con ella.
—Ese canalla ha recibido su merecido…