Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 36
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La mujer se quedó petrificada.

Necesitó varios instantes para reaccionar. A Gildo le dio la sensación de que la mujer se quedaba patidifusa. Si era interpretado, lo estaba haciendo francamente muy bien.

—¿Cómo? ¿Matar yo a Michael? —preguntó, poniéndose muy a la defensiva—. ¿Es que te has vuelto…? ¿Por eso me has llamado? ¿Para esta mierda de pregunta? ¿Soy una sospechosa? ¿En serio? —fue diciendo cada vez más alto—. ¡No me lo puedo creer!

—La persona que lo ha matado estaba en el hotel. Lo conocía muy bien, tenía una fuerte sed de venganza, sabía lo de Tarantino y conocía cómo vivía. La noche del viernes fue la noche perfecta para matarlo. Y lo aprovechaste.

Ella se rio.

—No, no, no. No lo he matado yo. ¿Es que estamos bromeando?

Matar son palabras mayores. Son unas jodidas palabras mayores.

Quitarle la vida a alguien no es coser y cantar.

Si lo hubiera hecho yo, se me estarían revolviendo las tripas de angustia y estrés y remordimiento.

El jodidísimo remordimiento me estaría matando, ¿me entiendes?

—Yo te entiendo, pero creo que eres la persona con el móvil más coherente contra el señor Lucchesi.

Ella abrió los ojos aún más.

—No me lo puedo creer. ¿En serio? Yo lo quería. No podría matarlo. De hecho, no mataría a nadie —espetó, y se levantó.

Gildo lo hizo también.

Ella hizo para irse y él la detuvo.

—Espera. Lo siento, tienes que entender que eres sospechosa. Me has confesado el móvil más fuerte que existe: la venganza.

—Te juro que no he sido yo, por favor —insistió.

A Gildo le pareció que la mujer decía la verdad. Pero, por todos los diablos, ella era la más indicada y con el posible móvil más sólido.

—Espera… Me has confirmado que tu novio no lo sabe.

Ella negó la cabeza.

—No, por favor, no lo metas en esto. Es muy sensible. No lo sabe, es un buen chico y cree que es el amor de mi vida.

Los dos se quedaron en silencio. Gildo se sintió perdido por un momento.

Todas las teorías y creencias se habían desmoronado.

No era la primera vez ni la última. Tenía que seguir.

La idea de que fuera ella no era una apuesta segura.

Se sintió como un ciego que avanza en una tienda de vasos de cristal.

Iba avanzando con intentonas y dando tumbos. Un paso adelante y dos atrás.

Pero algo pasó que la mujer se asustó y de repente se secó una lágrima que le bajaba de la mejilla. No se había dado cuenta de que estaba llorando. Sophie Miller estaba llorando. ¿Fingía o era de verdad?

Se dio la vuelta.

En la sala apareció Daniel, el novio. Este avanzó con paso firme. Llevaba una camiseta blanca con alguna mancha, seguramente, del desayuno.

—Cariño, ¿estás bien?

Se acercó y ella no dijo nada. Miraba a Gildo casi de reojo.

—Sí, cielo, todo bien.

—Estás llorando, ¿qué te pasa? —dijo, y se giró hacia Gildo con una mirada inquisidora que lo hubiera fulminado.

Luego, volvió a mirar a la chica.

—Si no fue Sophie, fue usted.

El hombre se giró y lo miró perplejo.

—¿Qué dice?

—Digo que si no fue ella, al señor Lucchesi lo mató usted.

El hombre lo miró perplejo y se echó a reír. Se giró hacia la novia y le preguntó:

—¿Qué dice este imbécil italiano? —preguntó, y luego se giró hacia él—. ¿Qué le has dicho a mi novia? ¿¡Se puede saber!?

—Creo que tú o ella habéis matado al señor Lucchesi. Tenéis un móvil y la coartada perfecta. Estabais juntos. Uno respalda al otro. Pero eso, delante de un juez, tiene la solidez de un castillo de naipes.

El hombre se echó a reír.

—Este tío está chalado —dijo mientras rodaba el dedo junto a las sienes.

—No estoy loco, soy un investigador de policía y busco la verdad.

—¿Verdad? ¿¡Verdad!? La verdad está en la cárcel. Usted ha metido en la cárcel al verdadero culpable: Tarantino. Él lo amenazó. ¿Qué tiene que ver Sophie? ¿Qué tengo que ver yo?

—El asesino no salió de este hotel ni pudo entrar. Ya estaba dentro. Vosotros o incluso solo tú —dijo Gildo.

—¿Yo?

—Sí, tú. Podrías haber narcotizado a tu pareja con alguna droga que borra la memoria y que no deja rastro aparente. La duermes y solo deja un gran dolor de cabeza por la mañana —dijo, y apuntó a la mujer—. Un dolor que se puede parecer y confundir con una jaqueca.

Ella negó.

—No, inspector. Estás lejos de la verdad. Yo… —dijo, y se giró hacia su novio—. Yo me acuerdo perfectamente de toda la noche. Dormí y me acuerdo de despertarme y verlo a mi lado. Me acuerdo que estuvo a mi lado todo el tiempo. En ningún momento se marchó.

—Claro que sí. Además, ¿se puede saber por qué habría matado yo a Michael Lucchesi?

¿Se puede saber? Mira —dijo, indicando la sala donde estaban—.

Mira dónde estamos, estamos aquí, en uno de los hoteles más bonitos de Roma por él.

Viajábamos en primera clase, veíamos lugares increíbles.

Comíamos los platos más increíbles de la gastronomía internacional.

Todo por él. ¿Por qué querría matarlo? ¿Por qué lo habría matado ella?

Gildo se encontró en una bifurcación. La encrucijada era la siguiente. Según ella, el novio, Daniel, no sabía de la existencia de una relación entre Sophie y Michael. No la conocía. Menos que ella estaba aún enamorada.

Revelarlo crearía un cisma entre ellos dos.

Gildo no estaba ya tan seguro de su teoría. Estaba claro que no iban a desplomarse llorando y confesando un homicidio a sangre fría. Eso lo tenía claro.

Pero, al final, toda esa situación era fruto de una hipótesis, de una intuición…, de un farol. Y ya se sabe, los faroles son lo que son y muchas veces salen mal.

—Mejor que lo dejemos aquí —afirmó Gildo.

El ambiente estaba muy tenso. Se creó un silencio. El novio abrazaba a la chica y Gildo se sintió en una situación comprometida. Solo faltaría que esos dos llamaran al consulado y explicaran todo lo sucedido.

Eso le costaría muy caro. Seguro.

—Es mejor que te vayas, inspector. Y que nos dejes en paz —afirmó el novio.

Gildo, sin saludar, se marchó de la sala. Necesitaba aire, respirar y caminar. Necesitaba cafés y despejarse.

Salió del hotel. Buscó la Vespa y se marchó. Regresando hacia la comisaría, se detuvo en una cafetería. Cogió un croissant de mermelada y un cappuccino . Devoró la pasta y pidió otra.

Tenía una mezcla de hambre y ansiedad. Tenía la sensación de haber cometido el error más grande de su carrera. ¿Podría ese farol costarle la placa?

En ese momento, estaba dispuesto a quedarse sin sus camisas hawaianas y sin su Vespa, pero no sin su placa.

Cuando acabó el desayuno, se asustó. Era la primera vez que no sabía dónde ir, qué hacer, cómo reaccionar.

Hubiera cogido la Vespa y hubiese marchado al mar, a Ostia.

Pero escapar no era una respuesta. Escapar no era la respuesta a nada.

Respiró hondo y sintió que tenía que volver a empezar desde el principio. Todo estaba perdido. Pero debía tener algo delante. Algo simple, fácil, un detalle sencillo que no había visto y que se le escapaba. Seguro.

Fue a arrancar la Vespa para regresar a la comisaría cuando recibió un mensaje de Aurelio.

«Ven, tenemos una pista formidable».