35
De camino, se tomó un café.
En Roma empezaban a proliferar lugares pequeños de tostaderos. Donde se servía el café y se torrefactaba.
Pidió un café especial con granos de Jamaica. Afrutado y muy aterciopelado, decía el menú.
Obviamente, solo; obviamente, sin azúcar.
Lo degustó en silencio, sentado en una calle arbolada. Empleados públicos, abogados y gente que acudía al trabajo se detenían a tomarse un espresso o un café para llevar o, incluso, un cappuccino y una pasta para llevársela al despacho.
El móvil le vibró. Se imaginó que era Aurelio con alguna novedad o el comisario con algún mensaje recordando la apuesta que perdería.
Era Marzia.
«Podías haberme despertado».
Gildo dio un sorbo y dejó la taza de cerámica.
«Lo siento, me he ido en mitad de la noche».
«¿Vendrás a desayunar?».
Gildo sonrió y vio el garito donde estaba. El café estaba muy bueno, pero no estaba hecho con tanto amor como el que hacía Marzia.
«Me temo que no. Mañana».
Ella le respondió con un emoticono con la cara triste. Y él, con un beso.
Guardó el móvil.
Dio el último sorbo de café y regresó a la Vespa.
Arrancó y fue directo al Grand Hotel Savelli.
Entró y se sentó en una butaca justo frente a la entrada del desayuno. El hotel empezaba a dar desayunos a las siete y media. Él llegó a las siete.
Esperó a que llegase y se acercó a ella.
—Señorita Miller, ¿podría hablar con usted un momento?
Ella, aún medio dormida, asintió. Dejó ir al resto del equipo de grabación a desayunar y siguió a Gildo.
Entraron en la misma sala con butacas y sofás donde la noche anterior habló con la secretaria.
La mujer era de una belleza muy británica.
Rubia, ojos claros y alguna peca en la nariz.
Cuando sonreía, lo hacía de una forma muy elegante y fina.
Esa mañana llevaba un pantalón ancho. Aunque a Gildo le parecía que era para estar por casa, seguramente, había sido adquirido en alguna boutique de tendencia de Londres.
Acompañado con una camiseta blanca y una blusa color caqui.
Al sentarse, la mujer se cerró la blusa, se quitó las zapatillas, se sentó con los pies en la butaca y se abrazó las piernas recogidas.
Gildo la escrutó.
—¿Para qué quiere verme, inspector?
—Por favor, llámeme Gildo.
Ella asintió.
Al mirarla, se sintió casi intimidado con esos ojos grandes y claros.
—¿A qué hora tenéis el vuelo esta tarde?
—A las cinco y media de la tarde.
Él asintió.
—¿Por qué has venido tan pronto?
Gildo suspiró. Hubiera necesitado un par de cafés más o una bebida energética. Tragó saliva y lanzó la pregunta.
—¿Por qué no me has dicho que tuviste una historia con Lucchesi?
La mujer se ruborizó. Se formó un silencio insospechado en la sala. Sus facciones de pronto se sonrojaron y no supo qué decir. Balbuceó algo que Gildo no entendió.
—¿Cómo lo has sabido?
Él hubiera sonreído, pero no lo hizo, por respeto, porque, si lo hubiera hecho, a lo mejor, ella se habría dado cuenta de que era un farol.
—Eso no es importante —afirmó Gildo, decidido a no entrar en detalles—. ¿Qué pasó entre tú y el señor Lucchesi?
La mujer se vio visiblemente perdida. Tenía la misma expresión de una persona a la que acaban de soltar en un lugar desconocido. Perdida y sola.
—No me gusta repasar el pasado.
—El pasado es importante para entender el presente. Sin el pasado, no entenderíamos dónde estamos. Por favor, sigue —indicó con determinación pero con comprensión a la vez.
Ella bufó.
Miró a su alrededor, por si acaso alguien estuviera en la estancia y no lo hubiera visto. Bajó las piernas y volvió a subir solo la derecha. Estaba inquieta y empezó a morderse las uñas.
—Hace dos años, justo cuando entré en la televisión —dijo, y suspiró.
Él asintió.
—Sigue, por favor.
—Él era el hombre más guapo que había visto. Si tengo que ser sincera, no era del todo guapo, pero lo que me enamoró fue su carisma, su elegancia. Me conquistó la manera en que sabía hablar con las personas, pero también con las colaboradoras. Yo me quedé prendada. Pobre idiota.
La señorita Miller se había definido como idiota. ¿Por qué se definió así? ¿Y por qué seguía esa mujer aún trabajando con él?
¿Apego? ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Seguían viéndose? ¿Y su novio?
A lo mejor no era una pareja celosa, sino abierta.
—Por favor, dime qué pasó.
Ella asintió con la cabeza.
—Estábamos en Gibraltar. Acudimos a grabar un reportaje sobre la tipicidad de la cocina británica en el peñón.
—¿Cuánto llevabas en la televisión?
—Había entrado hacía pocas semanas, siempre como directora.
—¿Qué pasó?
Suspiró de nuevo ella.
—En dos semanas, me enamoré de él.
—Sigue.
—Como te decía, cuando estuvimos en Gibraltar, noté que me miraba de una cierta manera.
Solo las mujeres se dan cuenta de esos detalles, de cómo te miran, incluso cuando tú no miras.
Cuando el corazón se te acelera y no sabes por qué.
Es algo que no sabes explicar. Te parece, pero no lo sabes.
Pero crees que sí, porque hay detalles. No sabría decirlo.
—¿Era un embaucador?
Ella negó con la cabeza.
—Era extraordinario.
Gildo pensó que sí, que era un embaucador. Uno de esos especímenes de masculinidad que tiene un magnetismo que no sabes cómo lo hacen ni de dónde lo sacan. La misma capacidad que él no tenía.
Al razonar de ese modo, lo que recordó fue lo de los sobornos para aparecer en sus programas.
Los sobornos para que los restaurantes pequeños y grandes que fueran tuvieran un momento de visibilidad, la esperanza de llegar a ser trending topic , la voluntad de desmarcarse, todo por sobresalir de la competencia.
Todo en manos de un ávido y pícaro periodista como Lucchesi.
—Ya… extraordinario —respondió, y estuvo a punto de comentar que lo era tanto que le dieron lo que se merecía—. Sigue, por favor. ¿Qué pasó?
—La segunda noche nos quedamos con todo el equipo en el bar del hotel.
—¿Todos?
—Sí, al principio, todos. Tomamos unas cervezas para distender los ánimos, hacer equipo…
Ya sabes, risas, chistes. Ya sabes… Luego, cuando la gente se iba marchando, yo aguanté.
Rezaba para que él también se quedara, y sucedió.
Nos quedamos solos. Empezamos a intimar.
Me dijo que estaba teniendo problemas con su mujer y que estaba a punto de divorciarse, que no tenía sexo desde hacía meses. Todas esas cosas que creí mucho tiempo.
—¿Qué pasó esa noche?
—Nos pasamos de cervezas y de sinceridad. Acabamos en su habitación, para la última. Luego, nos fuimos quitando la ropa y…
Gildo puso las manos hacia adelante.
—No hace falta que sigas. Lo imagino. ¿Solo fue una noche?
—No. Fueron todas las noches del reportaje en Gibraltar. Hasta consiguió alargar el rodaje unos días más para que pudiéramos estar más noches juntos. Hasta que regresamos.
—¿Qué pasó cuando regresasteis? —preguntó Gildo.
—¿Cuando regresamos a Londres?
Él asintió con la cabeza.
—Todo cambió. Ilusa de mí, pensé que dejaría a su mujer y que el divorcio estaba en pleno trámite, pero me dio largas.
—¿No era verdad?
—Nada era verdad, pero yo seguía enamorada. Nos veíamos en el cuarto del material de oficina. En algún lavabo de un restaurante, a veces, venía a mi casa. Siempre escondiéndonos. Siempre rápidamente. Hasta que me di cuenta.
—¿De qué?
Ella negó con la cabeza. Sonrió mientras se miraba el pantalón por la rodilla.
—Me había convertido en su amante. La maldita y jodida amante. Y estaba enamorada de él hasta las trancas.
—Imagino que fue muy duro —añadió Gildo.
Ella negó y levantó la cabeza.
—No, no sabes cuánto. Quise dejar el trabajo, pero, seamos sinceros, era la maldita productora de Michael Lucchesi.
¿Quién no querría mi puesto de trabajo? Cualquier persona.
Y yo, que lo tenía, ¿lo rechazaba? Nadie paga tanto y teníamos los beneficios que nos daba.
No podía perderlo. Pero había un coste muy alto que pagar…
—El amor se presenta de las formas más insospechadas.
Ella lo miró fijamente, sin decir nada.
Gildo se quedó mirando su color claro de ojos. Su pelo rubio y facciones elegantes. Una chica tan guapa y tan hundida por un amor no correspondido. Recordó las tragedias de Shakespeare.
—Me imagino que luego vino la parte aún más difícil —insinuó Gildo.
—¿A qué te refieres?
—A cuando ya lo dejaste. No dejó a su mujer y, encima, tonteaba con otras. ¿Fue más o menos duro?
Ella sonrió. Su expresión fue la de alguien que se queda sin palabras, porque el otro le ha leído la mente.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he supuesto. ¿Fue así?
—Desde luego. Fue lo más difícil.
—Dime la verdad, Sophie. ¿Sigues a día de hoy enamorada?
Ella no respondió. Miró a su alrededor otra vez, por si alguien la escuchaba o grababa. Levantó la mirada al techo para ver si había cámaras. Al ver que podía hablar sin problemas, lo soltó.
—Creo que puede…
—Era de esperar —afirmó Gildo, y preguntó—. ¿Qué piensa al respecto tu novio?
La mujer bajó la otra pierna del sillón. Levantó un dedo y lo apuntó.
—Ni se te ocurra decirle nada a Daniel. Él no sabe nada y no tiene que saberlo. Él cree que nunca ha pasado nada.
Él asintió con una mueca y preguntó:
—¿Es por eso que has matado a Lucchesi? ¿No soportabas más su presencia?