Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 34
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Martes.

Dejó durmiendo a Marzia.

Le abrió la ventana, muy poco, lo suficiente para que pudiera entrar un hilo de aire para refrescar la habitación.

Se metió en la ducha y se aseó. Buscó una camisa para ponerse.

Al tocar la primera, se acordó de la promesa que le había hecho al comisario.

Tenía veinticuatro horas y habían pasado ya muchas.

Si no llevaba una prueba, lo que pasaría era que, esas camisas, solo se las podría poner en fin de semana y no en su trabajo.

La elección fue dura. Pasó de la roja con tucanes a la amarilla de plátanos.

Se quedó con la camisa verde de aguacates y palmeras sobre fondo azul.

Eligió la verde por el color de la esperanza.

La esperanza de pillar al verdadero asesino de Lucchesi.

La esperanza de no equivocarse. La esperanza de confiar en su olfato, que iba en dirección contraria a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor.

Cerró la puerta del dormitorio. Antes vio que la chica seguía durmiendo.

Enchufó una cafetera y esperó a que saliese el café, observándola hipnotizado mientras sus neuronas terminaban de despertarse del todo.

Cuando salió el brebaje, se lo vertió en una taza con boca grande para que se enfriara más rápido.

En cuanto alcanzó una temperatura bebible, se lo tomó como si fuera una medicina.

Salió de casa.

Arrancó la Vespa solo cuando estuvo a unos metros de distancia para no despertar a los vecinos.

Condujo hasta el centro y se desvió hacia la comisaría. Se dio cuenta de que acudir a la comisaría no era la mejor opción. Así que continuó y se desvió hacia un lugar que le encantaba; era perfecto para pensar y se dio cuenta de que acudía poco.

La Vespa avanzaba con dificultad por la calle en subida hasta la Piazza Giuseppe Garibaldi.

Aparcó la moto al lado del muro del mirador y se quitó el casco.

En el centro de la plaza, había una imponente estatua del militar que había unificado la ciudad.

El mirador del Vaticano, cerca de la Passeggiata del Gianicolo, era un lugar especial. Desde allí, se veía toda Roma. Los Foros Imperiales, el Vaticano, el Coliseo iluminado y, en definitiva, la ciudad y toda su historia.

Desde allí, uno se podía sentir un emperador.

La noche era fresca. Unas nubes tapaban el cielo y la luna se oscurecía debido al su movimiento.

Recordó cuando lo llevó su padre por primera vez. Era pequeño y empezaba a vivir la Ciudad Eterna con los ojos de un niño. Todo grande, todo inmenso y lleno de historia y aventuras.

Suspiró Gildo y se volvió a meter de lleno en la investigación.

El café de moka se había abierto paso por su cuerpo y la cafeína ya circulaba por sus venas. Estaba despierto, muy despierto.

La primera opción como asesino de Michael Lucchesi era Salvatore Tarantino. Este ya estaba en la cárcel.

Se planteó por qué tenía que desafiar el status quo , por qué tenía que meterse con el consulado británico y el Ministerio de Asuntos Exteriores de su país.

¿Por qué?

Se lo preguntó varias veces.

Seguramente, porque así había llegado a ser policía. Cuando encontró un cadáver en el horno de la cocina de un crucero. La investigación con Karla Rodríguez y Álex Cortés despertó su instinto. No podía darle la espalda ahora.

La amante de Salvatore Tarantino tenía una coartada muy consistente.

Podía haber contratado a un sicario, sí. Al tener socios de la mafia, no era un problema encontrarlo y hacerlo desaparecer.

Seguro que le hubiera costado solo una llamada.

Pero ¿quién sería tan estúpido de contratar a un sicario para matar a la persona que te ha humillado en público y dejar el cadáver en una recreación de la escena del delito que apunte directamente a ti?

¿Quién sería tan tonto?

Quizá, si eso fuera verdad, a lo que hubiera aspirado era al efecto contrario, es decir, a la psicología inversa. Porque lo más evidente no puede ser lo real.

Gildo sacudió la cabeza. No tenía sentido.

Si Tarantino hubiera pagado a un sicario, o lo hubiera matado él, habría recreado una escena que pareciera un suicidio, o habría hecho lo posible para que el móvil de la muerte fuera todo menos una masa de pizza .

Y menos dejar una frase que se interpretara como una venganza.

Que pareciera una muerte a la napolitana.

No. Eso era descartable.

La noche, poco a poco, se estaba retirando. El sol empezaba a dar señales por el horizonte.

Recordó la experiencia del consulado. Cuando Smith fue a buscarlo y lo llevó a hablar con el cónsul. Su visión era clara, cristalina, meter en prisión a alguien, fuera quien fuese, lo antes posible.

Eso no era ni justo ni constitucional.

Estaba claro.

Pero el problema no fue el cónsul, sino Rossi. Cuando Rossi fue a la comisaría, Tarantino ya estaba en la cárcel.

Tenía que haber otra forma de hacer las cosas.

Sin embargo, ese mecanismo era el que en muchas ocasiones se producía en muchos arrestos, en un sinfín de casos que acababan con un inocente en la cárcel.

Pocos llegaban a ser absueltos e indemnizados.

Él no quería ser uno de esos policías que respaldaba ese sistema.

Por eso aceptó una apuesta con el comisario y fue a hablar con Aurelio.

Descubrió nuevas vías de investigación. Llegó a la conclusión de que, si Lucchesi cobraba por hacer viral un restaurante, podría ser que uno de estos al que no le había salido bien la jugada, o no obtuvo el efecto esperado, le hubiera dado su merecido.

Aurelio no creyó que la opción fuera válida. Pero en su mente esa posibilidad seguía activa. Un cliente insatisfecho. Lo asfixió e hizo que el muerto le cayera a Tarantino, quien lo acababa de amenazar de muerte.

Eso podría encajar, pero, para complicarlo todo, estaba ese viejo artículo de Tilda Glass que destapó otro posible móvil, el pasional.

Una mujer, un marido receloso o una despechada por el picha brava que, por donde iba, hacía estragos.

«El amor mueve montañas», pensó. Y si es muy estrecho, sofoca.

Lucchesi fue sofocado.

A lo lejos, los primeros rayos de sol empezaron a iluminar las cúpulas de los monumentos y las iglesias más altas de Roma.

Gildo miró a su alrededor. Ya no estaba solo. Sin darse cuenta, una multitud de turistas con guías o solos se preparaban para ver un espectáculo único y que solo sucedía pocos minutos al día.

Centrándose otra vez en su caso, recordó a la secretaria. Aún sacudida por el suceso, seguía yendo de un lado al otro del hotel con el móvil rojo, al que llamaba solo Lucchesi, como si aún pudiera recibir llamadas suyas.

Ella aseguró que esos días no hubo citas. Ni visitas nocturnas, nada de todo eso. Nadie había visitado a Lucchesi, y eso conllevaba a que una mujer despechada o un amor pasional no tuviera nada que ver.

Se pasó la mano por la barba, que ya no se acordaba de cuándo fue el último día que la afeitó.

Al no tener tiempo de investigar de forma profunda y de manera ortodoxa, lo que tenía que hacer era jugar como en la ruleta del casino, todo a un número y color. El farol y la intuición eran sus principales bazas. Eso era lo que tenía que hacer.

Arrancó la Vespa y bajó a la capital. Tenía una idea en mente y pensaba llevarla a cabo.