Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 33
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A Gildo se le despertó una energía renovada.

La imagen de la mujer le pareció lo más bonito que había visto en todo el día. Entre mentiras, pistas y discusiones, llegar y encontrarse con esa imagen casi celestial fue un regalo.

—¿Cuánto hace que me esperas?

Ella miró el reloj.

—Un par de horas.

La respuesta dejó anonadado a Gildo.

¿Quién espera dos horas en el rellano de un edificio? Suerte que no estaba lloviendo. Suerte que no hacía frío. Suerte que era Marzia, porque otra persona se hubiera marchado.

Gildo le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Luego, se abrazaron. Se quedaron quietos.

—He ido a ver si te encontraba en el Porco Miseria y me dijo Ornella que tenías el día libre. Así que vine aquí y te esperé.

—Estuve trabajando hasta tarde y luego me fui a cenar a casa de mi madre.

Ella asintió.

—¿Sabes qué? —dijo, y lo miró a los ojos—. Tuve miedo.

Gildo arrugó el ceño y la miró más intensamente, sin dejarla.

—¿De qué?

—De encontrarte aquí.

—Claro, es mi casa, es lo más normal que me encontraras en mi casa, es donde vivo y donde duermo

Ella negó con la cabeza.

—Primero, tuve miedo de llegar y que estuvieras con una mujer. Luego, tenía miedo de que llegaras con una mujer.

Gildo de nuevo la abrazó. Entre sus brazos tenía a Marzia, la dura, rebelde y tierna al mismo tiempo.

La misma que había dejado la carrera de Miss Italia para dedicarse al café, al sueño de tener un local propio y de vivir la vida que quería.

La misma que no aceptó trabajos a cambio de sexo.

De una carrera meteórica a cambio de darle el capricho a un sucio y baboso hombre trajeado que solo quería saciar su asqueroso ego y sentir como era estar con una mujer que nunca le hubiera elegido por lo que era.

Esa mujer había demostrado miedo. Miedo a perderlo, a tener que admitir que ya era demasiado tarde. Miedo a que el candado tenía que haberlo puesto a su Vespa enseguida y no llegar tan lejos con ese malentendido.

—Me encantas —dijo Gildo.

Ella sonrió.

—Si subimos, tengo algo para ti…

—¿Una pistola? ¿Veneno?

—Si consideras mi cuerpo un veneno, entonces has dado en el clavo.

Subieron. Y cuando abrió la puerta, Marzia lo empujó y cerró.

Se quitó la goma del pelo e hizo dos movimientos con la cabeza para desapelmazar la melena.

Luego, caminó despacio hacia Gildo. Con cada paso, se desabrochaba un botón de la camisa. Cuando llegó a él, su pecho estaba desnudo.

El sujetador le apretaba, casi estaba a punto de reventar. Parecía de una talla menos. Gildo sintió el fuego despertarse en él. Hacía tiempo que no lo sentía. De pronto, lo echó de menos. Al mismo tiempo, sintió como su miembro viril se estaba agrandando.

Deseaba a esa mujer tanto como ella a él.

Se quitó la camisa y se acercó.

Gildo alargó la mano y buscó el encaje del sujetador. Cuando lo encontró, ella se tiró hacia atrás, impidiendo que lo desabrochara.

—No, no… —dijo juguetona, moviendo un dedo de un lado al otro—. Te toca a ti…

Gildo sonrió. Fue quitándose la camisa y la lanzó al sofá.

Ella se acercó a él. Pasó la mano por sus pectorales. Luego, fue bajándola por sus abdominales esculpidos. Pasó el dedo por cada recuadro como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si después de dos semanas separados, esa noche compensaran todo el tiempo perdido.

Esas caricias excitaban a Gildo y lo ponían cada vez más en tensión. Se sentía un muelle a punto de saltar. Pero del mismo modo, quería alargar ese momento. Quería disfrutarlo y seguir a la velocidad que la mujer marcase.

Repasados con la mano los abdominales, tocó el triángulo que formaban los músculos de los abdominales inferiores, antes de los calzoncillos. Introdujo la mano por el pantalón estrecho. Tocó el pene, duro, largo y listo.

Subió las cejas mientras lo miraba.

Luego, se puso de rodillas y empezó a lamerle el pecho. Con paciencia, sin prisa alguna.

Movía la lengua por cada cuadradito, uno por uno, como si fuera una tableta de chocolate. Se quedaba sin saliva, pero no le importaba mientras durara el juego.

Con una mano, seguía masajeando su ingle.

La respiración de Gildo era cada vez más acelerada y afanosa. Tenía ganas de tirarla en la cama, quitarle todo y hacerle el amor como nunca se lo había hecho.

Cuando Marzia acabó con los pectorales, bajó a los abdominales inferiores. Conforme lo hacía, iba desabrochando botones del pantalón. Uno a la vez. Hasta que estuvo completamente abierto.

Los bóxers negros ocultaban el regalo que ella estaba esperando.

Con la punta de su preciosa nariz, fue repasando la silueta hinchada que se marcaba. Luego, empezó a besarlo. De vez en cuando, ella miraba hacia arriba. Sus ojos se cruzaban. En su mirada había complicidad y ganas de comerse el uno al otro.

El fuego y la pasión hervían en sus venas.

Cuando ella bajó la goma de los bóxers, apareció el miembro de Gildo. Grueso, en tensión y listo para todo lo que la chica tuviera en mente.

Ella sonrió al verlo.

Lo besó desde la base hasta la punta. De un lado y del otro. Hasta que empezó a darle placer con la boca.

Gildo, al principio, seguía el movimiento basculante de la mujer. Pero el placer era tan agudo que tuvo que cerrar los ojos y dejar de mirar. Al hacerlo, eliminado el sentido de la vista, empezó a disfrutarlo más, a sentirla más.

Cuando ella se cansó, él la subió. Le quitó el sujetador y le bajó los pantalones y las braguitas a la vez.

Imbuido en una excitación desbordante, la agarró y ella saltó, estrechando sus piernas en el torso de Gildo.

La apoyó sobre la encimera de la cocina.

Ella soltó un gritito, no de placer, sino de frío inesperado.

Apoyada en la cocina, él se apresuró a entrar en ella.

La besó. Sus lenguas bailaban al compás del amor que se estaba consumando en su cocina. Gildo la había echado de menos, pero no sabía cuánto.

Lo mismo pensó ella. Echaba de menos el sexo que Gildo le proporcionaba. Los dos empezaron a subir las pulsaciones y los gemidos hasta casi llegar al cielo. Entonces ella lo detuvo.

—Vamos a la cama —susurró—. A ver si lo consigues sin salir…

Él la agarró con fuerza. Mientras él seguía dentro de ella, las suaves manos de Marzia recorrían los fuertes y musculosos brazos. Su excitación subía cuando lo veía así, sudado, esforzándose y sacando todo el animal que llevaba dentro. Al llegar al dormitorio, él la tiró en la cama.

Ella se rio.

—No lo has conseguido.

—No he querido —afirmó.

La cogió y la giró, la puso a cuatro patas y siguió. Duraron solo pocos instantes hasta que los dos llegaron entre gritos.

Se desplomaron en la cama. Jadeando y sudando de placer.

Ni un minuto, tras sus últimos gemidos, tardó el vecino de abajo, con el mango de la escoba, en tocar insistente el techo, su suelo.

Imprecó algo inteligible, quejándose.

Los dos rieron. Ella apretó los labios entre los dientes y el tensó los músculos del cuello.

—Creo que esta vez nos hemos pasado —bromeó él.

—Me temo que sí, te has pasado y mucho —dijo ella, pasando sus manos por su pecho mojado y aún electrizado—. No quiero perderte.

Él asintió.

—Lo siento, Marzia. Tenía que no haber dado nada por hecho y hablar contigo.

Ella negó.

—Lo siento yo, tenía que haberlo entendido y habértelo dicho. Lo lamento, no besaré más a Davide. Se aprovecha. Creo que muchas veces piensa que lo nuestro puede volver a reavivarse.

—¿Y es lo que quieres?

—¡No! Ya no lo quiero en mi vida. Es un buen amigo y una persona estupenda, pero tiene una parte abusiva, tóxica. ¿Me entiendes?

Gildo asintió.

—Pero ahora vive en Roma.

—Ya lo sé. ¿Crees que a mí me gusta?

—El otro día parecía que lo estabas defendiendo…

—Lo sé, Gildo, lo siento, estaba a la defensiva.

Gildo la cogió y la abrazó.

—No quiero perderte. ¿Qué te parece si, a partir de ahora, cuando tengamos un problema, lo hablamos y listo?

—Inspector Falcone, eso suena a compromiso…

Él se encogió de hombros.

—Por si acaso…

Ella asintió.

—Pero tienes que admitir una cosa.

—A ver, ¿el qué?

—Lo del candado ha sido una buena estratagema, ¿no te parece?

Él la estrechó muy fuerte contra su pecho.

—La verdad es que lo he visto en muchas pelis, nada nuevo.

Ella se apartó. Tenía la boca abierta y casi molesta.

—¡Que ya lo habías visto! Pagaría por enseñarte la cara que pusiste al verlo. Te quedaste a cuadros. Embustero…

Gildo le apartó un mechón del rostro. Le encantaba su pelo largo y moreno. Le daba una fuerza que no sabía explicar. Le recordaba a los caballos andaluces, negros y elegantes. Esa mujer era igual, fuerte, incontrolable y muchas veces sorprendente.

—Me dejaste sin palabras con el candado, es verdad.

—Lo sé, lo vi en tu expresión. Ojalá lo hubiera grabado.

Gildo ladeó la cabeza y la volvió a apretar contra su pecho.

Se quedaron en silencio, simplemente, escuchando sus latidos, que poco a poco se iban acoplando a la misma cadencia.

Gildo se despertó después de unas horas. Eran las tres de la mañana. Marzia se había girado y dormía de cara a la ventana.

Había dormido dos horas, pero sintió que ya no podía dormir más, tenía el caso de Lucchesi en la cabeza. Se levantó a pesar de que era aún muy pronto. Para él, el día ya empezaba.