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Pocas veces cenaba Gildo con su madre.
Solía ir al mediodía y luego, por la noche, empezaba su segundo trabajo como cocinero en el Porco Miseria.
Todos o casi todos los días se quedaba con ella y se marchaba. A Teresa, divorciada y sola, le venía bien que se pasara Gildo por allí.
Sin embargo, como suele pasar en la vida, de repente, las cosas o se tuercen o mejoran.
Desde que la televisión nacional la fichó para el programa Cucina con la mamma , pasaba menos tiempo en casa y, en consecuencia, ya no quedaban a comer tan a menudo.
Si eso no fuera suficiente para cambiar sus vidas, la entrada en escena de Ambrogio las revolucionó aún más.
Al principio, era su chófer personal. Luego, un amigo que hacía de todo.
Cuando entró Gildo, a la mesa estaban Teresa, Ambrogio y una botella de vino tinto casi vacía.
La televisión con el telediario había desaparecido y en el ambiente la protagonista era la música. Esa noche, Ornella Vanoni con L’appuntamento se escuchaba desde el reproductor de vinilo.
—Gildo, llegas muy tarde —dijo la madre.
Ambrogio se giró y, al verlo, se levantó.
Gildo fue hacia la mesa y saludó al hombre que se había convertido en una compañía asidua de la cocina de su madre y de su cama.
—Ambrogio.
—Gildo.
Se saludaron estrechándose la mano.
—Te hemos dejado una buena ración del manjar que ha preparado tu madre —afirmó con voz cálida.
Gildo asintió y se acercó a la mesa. Dio un beso en la frente de Teresa y se sentó.
—Gildo, lávate las manos, por favor. ¿Qué te he enseñado?
Gildo bufó, pero tenía razón su madre. Al levantarse, sintió como el cansancio se despertaba en su cuerpo. También tenía hambre, así que se espabiló en regresar a la mesa.
A su vuelta, en su plato, había aparecido una de las comidas que más adoraba.
—No me lo puedo creer. Hacía… ¿Cuánto hacía que no preparabas rosette ?
Teresa no supo responder. Ambrogio vertió el vino tinto en la copa de Gildo y, lo que quedaba, lo repartió entre Teresa y él.
Las rosette eran una masa de pasta fresca hecha en casa enroscada un relleno de ricotta , espinacas, jamón york y mucho parmesano. Metidas al horno con bechamel. Una exquisitez.
Gildo cortó un primer trozo y lo probó. El sabor de la bechamel mezclada con los otros ingredientes se extendió por su boca.
Cerró los ojos y se catapultó hasta su niñez, cuando ese plato era su preferido y se cocinaba cada domingo. Le encantaba, sobre todo, después de un rato, que ya no quemaban.
Sin darse cuenta, comió la mitad. Hasta ese momento, no era consciente del hambre que tenía.
—Respira, Gildo, nadie te persigue. Cena tranquilo.
Levantó la mirada y acabó de tragar. Dio un buen sorbo de vino y sonrió.
—Están exquisitas.
—Gracias. ¿Cómo va tu caso?
Gildo perdió la sonrisa.
—Mejor que hablemos de otras cosas —afirmó—. ¿Cómo va el share del programa?
Su madre miró a Ambrogio. Los dos sonrieron con complicidad.
Ambrogio levantó la copa.
—Propongo un brindis, porque tu madre ha llegado al cuarenta por ciento en la franja del mediodía.
A Gildo casi se le atragantó la pasta.
Se limpió la boca y levantó su copa.
—Es magnífico. Menudos resultados. ¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Bueno, acabas de llegar, hijo.
Tintinearon las copas y bebieron.
—¿Eso quiere decir que te renuevan el contrato? —preguntó Gildo.
—No solo eso, se ve que me quieren pasar a una franja mejor y los lunes también ponerme en prime time , con un espacio pequeño entre el telediario y la película de la noche —afirmó Teresa.
—Y también le han propuesto un libro y grabar un curso de cocina… —añadió Ambrogio.
Gildo dejó la copa y volvió a comer, escuchaba mientras observaba la complicidad de los dos. Quién hubiera dicho que su madre, la casi anciana y olvidada presentadora y bailarina de la televisión de los años ochenta, se vería de nuevo en la cresta de la ola.
No podía ser de otra manera; la vida siempre tiene reservada una sorpresa en la manga y, para su madre, fue una reaparición en la televisión.
Teresa había conseguido empatizar y ponerse al mismo nivel que muchas amas de casa y mujeres de toda edad que tenían el mismo problema y la misma pregunta cada uno de los días de la semana: ¿qué diablos hago hoy para comer?
—Esto es una bendición… —dijo Gildo, y alargó la mano para coger la de la madre—. Te lo mereces, mamma . Te lo mereces.
Teresa sonrió y se ruborizó.
—Tu hijo tiene razón. Te lo mereces todo.
Teresa necesitó unos instantes para respirar y dejar que pasara la emoción.
—Me encanta poder ayudar a otras mujeres como yo.
Pero, sobre todo, lo que más me gusta de esto es que, por fin, no triunfa una mujer rubia, anoréxica y de treinta años, sino una mujer de carne y hueso, sin operaciones en la cara, con arrugas…
—dijo, y se marcó la frente y las patas de gallo—.
Una señora real, con sobrepeso y que se equivoca en la tele en directo.
Que a veces tiramos la pasta porque, entre explicar y que me preguntan cosas, se me va la pinza y se me pasa la pasta o se me quema el pollo al horno o lo que sea.
Yo lo llamo… ¿Quieres saber cómo lo llamo, Gildo?
—preguntó, y Gildo asintió—. El triunfo de lo real.
Nada de grabaciones, nada de silicona… —dijo, y se empujó los pechos hacia arriba—.
Nada de maquillaje ni mujeres que parecen aliens después de miles de retoques.
No. La verdad. Una señora como la misma que me mira desde el otro lado de la pantalla.
Gildo sonrió y se sintió muy afortunado y muy orgulloso de su madre. Le hubiera encantado poder pasar más tiempo con ella. Pero la vida moderna hacía que los pocos momentos los pudiera apreciar más.
Gildo acabó de comer y estuvieron hasta casi medianoche acabando una segunda botella de vino. Parecía un viernes o un sábado por la noche más que un lunes. Y cuando Gildo se dio cuenta de que era tan tarde, se marchó.
Arrancó la Vespa y regresó a su casa.
Fue recordando momentos con su madre y sintió que esta, por fin, había encontrado un lugar en la vida.
Desde la pandemia, durante la cual un repartidor le dejaba la compra en una cesta, hasta esa noche, que Ambrogio la ayudó a despejar la mesa y a lavar los platos.
Obviamente, quedándose con ella a dormir.
La vida en un instante; un aleteo de mariposa y todo cambia.
Aparcó la Vespa bajo su casa. Se dirigió al edificio y se encontró con la segunda sorpresa de la noche. Sentada en los escalones, estaba Marzia. Apoyaba la cabeza en el muro, se había quedado dormida, seguramente, esperándolo.
La miró con ternura y la despertó.
Sus grandes y oscuros ojos se abrieron. Al reconocerlo, se encendieron.
—Marzia, ¿qué haces aquí?
Ella sonrió.
—Te estaba esperando.