31
Cuando Gildo se despidió de la señora Walsh, tenía una información importante.
El dato más significativo de la noche. Al día siguiente, todo el equipo se habría marchado de Roma. Los pasajes con British Airways estaban previstos por la tarde. La televisión había anulado la grabación y llamó de regreso a todo el equipo.
Se fue directo al despacho del director. Se presentó y pidió permiso para controlar todas las grabaciones de la semana anterior.
Gildo entró, junto al subdirector del hotel, en el cuarto de grabaciones.
Repasaron todas las grabaciones de entradas y salidas de la noche del viernes.
Por fortuna, no hubo mucho movimiento de personas y pudieron cotejarlas con los clientes del hotel. Y lo que consiguió entender fue que ninguna mujer que no fuera clienta había entrado esa noche.
Por desgracia, las plantas de las habitaciones no tenían cámaras, por lo que no pudo saber si alguien había entrado en la planta de la suite del señor Lucchesi en la hora del asesinato.
Así, solo había una posibilidad.
Dio las gracias al subdirector del establecimiento y se marchó.
Eran las nueve pasadas. La noche anterior, Ornella le dijo que no acudiera al Porco Miseria.
Sin embargo, el miércoles tenía que ir sin falta por el concierto que se celebraría en el Circo Máximo.
Una estrella internacional actuaría y se esperaba muchísima afluencia de espectadores.
En consecuencia, las ventas deberían dispararse.
En cambio, esa noche del lunes, quedó en pasar por casa de su madre para cenar.
Como era de esperar, llegaba tarde.
Salió de Via Vittorio Veneto en dirección a la casa de su madre.
El momento preferido de Gildo para conducir era la noche cuando el tráfico ya se había desinflado y la brisa le refrescaba el rostro. La primavera tenía un olor peculiar en Roma. No se podía explicar del todo.
El calor le daba un olor peculiar a Roma.
Era una mezcla de piedra caliente, hierba cortada y albahaca fresca.
A ciertas horas, cuando el tráfico aflojaba y la ciudad empezaba por fin a respirar, también llegaba el perfume lejano de las pizzerías: masa fermentada, humo de leña y tomate cocinándose a fuego lento.
Roma olía a cansancio, a comida y a siglos acumulados bajo el mismo calor.
Y, aun así, a Gildo le parecía el mejor olor del mundo.
Se cruzaba con decenas y decenas de repartidores de comida en bici o en monopatín.
Corriendo de un lado al otro de Roma para repartir sus encargos.
Un tipo de tráfico desaparecía y se despertaban los repartidores.
Llevaban todo tipo de cocina, mexicana, italiana, china, japonesa o incluso de autor.
Todos rápidos para que llegase caliente y pudieran coger otra y otra entrega.
La noche acababa de empezar y el hambre de los romanos se despertaba.
Gildo vio cómo la ciudad, a lo largo de los años, se transformaba.
Las costumbres alimentarias de la población mutaban a algo más cómodo, más perezoso, más rápido.
Todo era más instantáneo. En una era del microondas, donde todo tiene que ser instantáneo, el repartidor de pizzas no puede tardar mucho, tiene que llegar casi antes de haberlo pedido.
Gildo, en cambio, vivía más tranquilo. Seguía con su Vespa, que le permitía cruzar Roma a su ritmo. Muy lentamente. A otra velocidad. La Vespa Primavera 125 de los años setenta tenía otra marcha, otra velocidad. Una pausada que le permitía pensar y valorar.
Aunque si perdía esa apuesta con el comisario, se quedaría sin Vespa, sin camisas hawaianas y tendría que adecuarse a otro estilo de vida.
Siguió por Via del Tritone y se metió a callejear por las calles del centro. Bajó por Via del Corso y entró por la derecha, dirección al Panteón.
Dejó la Vespa al lado de la puerta de la casa de su madre.
Si tuviera que coger un coche, eso no lo podría hacer. Debería inventarse algo o dejar de visitar a su madre tan asiduamente.
Se quedó en la calle, sentado en la moto, viendo cómo pasaban las personas.
A su derecha, al fondo, el Panteón iluminado le recordaba dónde estaba y la eternidad de la ciudad.
El caso del presentador Lucchesi se estaba complicando y simplificando a la vez.
Sí, podía estar equivocado. Eso estaba claro. Toda decisión de seguir una pista conlleva la eliminación de otra y de otras posibles direcciones.
Pero sentía que ese era el camino. Sí, lo sentía.
A Lucchesi lo habían matado por una cuestión de amor.
Tarantino no había sido. Creía que su amante decía la verdad. La masa lo confirmaba y las cámaras también. El cerco se estrechaba.
El tiempo apremiaba y eso era lo que más le molestaba. El tiempo era un vampiro que a cada minuto se acercaba más a su cuello, listo para chuparle la sangre.
Necesitaba pensar. Comer y pensar. Dejó la Vespa y subió a casa de su madre. Primero, pensó que era mejor que comiera, luego, pensaría en lo otro.