30
El Grand Hotel Savelli de Roma se estaba preparando para dar las cenas.
Cuando entró en el hotel, eran las ocho de la tarde pasadas.
Muchos de los huéspedes salían con vestido de noche y otros, simplemente, salían del ascensor para dirigirse al comedor.
El restaurante con tres estrellas Michelín era el emblema de la cadena y sus comensales también acudían de fuera del hotel.
Sin embargo, si alguien quería algo más desenfadado y menos costoso, el hotel tenía una cafetería donde se podía comer con menos presupuesto. Con una carta internacional, pero con precios más asequibles.
Cuando entró en la cafetería, todo el grupo del rodaje de Lucchesi estaba comiendo.
Gildo se acercó y saludó a todos.
—Señora Walsh, ¿podría hablar con usted?
La mujer había recién acabado de cenar. En el plato hondo solo había restos de ensalada, como si se hubiera conformado solo con eso. Por otro lado, por su silueta, tan delgada y tan nerviosa, se deducía que no era de platos grasientos ni de comida procesada.
La secretaria se levantó y Gildo se despidió de los demás. Dio un paso detrás de la secretaria y se detuvo. Regresó a la mesa y todos lo miraron con estupor.
—Señora Miller, ¿cómo va su jaqueca?
Ella sonrió.
—Gracias por preguntar. Ya no me ha vuelto, gracias.
Él asintió.
—He leído en internet que la policía ha detenido a Salvatore Tarantino.
Gildo sonrió.
—Eso parece.
Ella no lo entendió. Arrugó el ceño y Gildo regresó con la secretaria. Caminaron hasta una estancia lejos del resto del grupo y de miradas inoportunas.
—¿Qué necesita, inspector?
—Habrá visto las noticias…
La mujer asintió. Llevaba un vestido verde oliva oscuro. La falda le llegaba a un centímetro más abajo de la rodilla. Tenía el pelo recogido en un moño y sujetaba los móviles, uno encima de otro.
—Sí, han sido muy rápidos. En Gran Bretaña, la policía italiana no tiene muy buena fama.
Ese comentario le sentó mal.
Gildo se aclaró la voz, no quiso insistir en ese tema; algo de verdad había.
—Necesito que me conteste con sinceridad.
La mujer solo pestañeó.
—¿Mantuvo usted, en algún momento, una relación sentimental con Michael Lucchesi?
La mujer se horrorizó, acercándose la mano al pecho.
—¡Cómo se atreve! Yo soy una profesional.
—Me lo imagino. Pero necesito saber.
—Además, ¿a qué vienen estas preguntas?, ya está en la cárcel el culpable, ¿no?
Gildo suspiró.
—No estoy seguro. Quiero saber si el señor Lucchesi era una persona fiel a su mujer.
La señora tensó los músculos del cuello.
Se notó que la pregunta no le gustó.
—No puedo revelar ninguna información sobre el señor Lucchesi.
Gildo lo comprendió.
—Mire, yo solo estoy buscando la verdad. Si no puede ayudarme, lo entiendo. Pero si no me quiere ayudar, se quedará en la cárcel un inocente y el verdadero culpable seguirá en libertad.
La mujer negó, no pensaba decir nada. Como buena secretaria, conservaba y guardaba los secretos.
—Hace diez años, el señor Lucchesi tuvo un affaire con la mujer del primer ministro. Sabemos que no era muy… íntegro, por decirlo de algún modo.
Ella apartó la vista de Gildo. Buscó un punto lejano y lo miró con fijeza.
—Solo quiero saber si tuvo alguna visita la noche del viernes. Si, en estos días, se había visto con alguna mujer. Con alguna vieja amiga o lo que sea. Solo eso. Necesito su ayuda. Solo usted lo sabe. Solo usted gestionaba su agenda.
La mujer se giró despacio hacia él. Gildo veía cómo en sus ojos aparecía un grado de indecisión.
En la mujer se estaba produciendo una lucha interna.
Su deber, la fidelidad a la persona que hasta hacía poco era su jefe.
Y la verdad, revelar secretos. Ella era la guardiana de lo más preciado para una persona famosa: su intimidad.
—Por favor…
—Es usted muy insistente.
—Mi padre siempre me dijo que era poco constante y poco insistente. Pero si usted lo cree, lo daré por bueno.
Ella bufó.
—Michael no tuvo ninguna cita esa noche. De hecho, que yo supiera, no tenía citas con ninguna mujer —dijo, y lo soltó como si fuera un peso para ella.
—Lo que me quiere decir es que, si las hubiera tenido, usted lo habría sabido. ¿Aunque fuera una visita nocturna?
Ella miró los móviles. Quitó el primero y enseñó el segundo, el que estaba debajo. Tenía una funda de silicona color rojo muy intenso. Lo levantó.
—Este número solo lo tenía él. Me podía llamar en cualquier momento y yo a él, en cualquier momento. Por si había problemas, si se quedaba sin agua, si necesitaba un avión de última hora, por si había que rascarle la espalda. En fin, para todo. Solo para él.
—¿Por qué me dice esto, señora Walsh?
—Se lo digo porque, si hubiera estado con alguien, me habría escrito un mensaje indicando que no lo molestara.
—¿Y lo recibió?
Ella negó con la cabeza.
—Esa noche, ni ninguna desde que llegamos a Roma, no tuvo ninguna visita.
—De acuerdo. ¿Y si se hubiera marchado del hotel?
Ella negó de nuevo.
—Jamás se hubiera ido sin decírmelo.
—Eso quiere decir solo una cosa…
Ella, por primera vez, asintió.
—Exacto.