29
Como era de esperar, el despacho de Er Bufa olía a tabaco.
Las ventanas, abiertas y el hombre, en su silla.
Subió las escaleras en silencio y entró sin preaviso. El comisario estaba con las piernas apoyadas en el escritorio y un periódico en la mano. La guinda era un cigarrillo en la boca.
Era para hacerle una foto y guardarla para algún momento en que necesitara chantajearlo.
Fue a entrar y se lo pensó mejor. En la ranura que quedaba, acercó la cámara del móvil y le hizo una foto.
Guardó el móvil como si acabase de llegar.
Tocó dos veces la puerta.
—Comisario, ¿puedo entrar?
El hombre tiró el cigarrillo, bajó los pies y se incorporó.
Tosió un par de veces y movió las manos en el aire, intentando disipar el humo.
—¿Puedo entrar?
—Entra, Erme, sí, entra.
Gildo empujó la puerta. El aire estaba irrespirable por el humo del tabaco a pesar de que estaban abiertas las ventanas.
Era siempre lo mismo, el día de la marmota. Los inspectores y policías ya no le hacían caso, era una guerra perdida.
Gildo avanzó y dejó la carpeta en la mesa.
—¿Qué es esto, Erme? ¿Pistas de tu nuevo caso?
Gildo suspiró.
—No, pruebas de que Salvatore Tarantino está en la cárcel injustamente.
El comisario la apartó unos centímetros y fue a hablar.
Antes de que nada saliera de su boca, Gildo se adelantó.
—Aquí están las pruebas —afirmó, y levantó las manos para detener la inminente embestida de Er Bufa—. ¿Le gustaría a usted que lo encarcelaran injustamente, comisario? ¿O a su hijo?
El hombre no dijo nada, solo gruñó.
—Déjeme explicarle. He hecho analizar por Camelo Zanatta las dos masas.
—¿Qué dos masas?
Gildo suspiró. Eso le llevaría mucho tiempo.
Empezó a explicarle su sensación. Luego, las diferencias de las dos masas de pizza .
La que estaba en el rostro del cadáver, de Michael Lucchesi, era diferente a la masa de la pizzería de Tarantino.
Las pruebas eran irrefutables. Además de que el hombre estaba en una visita amorosa extraconyugal.
Le explicó que era imposible que Tarantino lo hubiera hecho.
Sumado a que el móvil del asesinato era flojo.
—Porque alguien amenaza de muerte, ¿es ya culpable? A este paso, comisario, las cárceles las llenaremos de acusadores.
—Esto es muy flojo, Erme —dijo, y cerró la carpeta.
—Lucchesi era un donjuán —replicó, y le explicó lo que había averiguado—.
¿Es que no lo ve?, todo apunta a otro lado.
No es Tarantino. Él solo es el chivo expiatorio.
Usted lo sabe tanto como yo. El cónsul británico dijo que necesitaban a alguien para cerrar el caso, comisario.
¿No ve que es un error? Y este error estará en nuestra conciencia el resto de nuestras vidas…
El comisario gruñó otra vez.
—Puede haber pagado a un sicario. A lo mejor tienes razón, pero es más probable que Salvatore Tarantino haya sido el asesino ideológico y la mano ejecutora sea otra.
Gildo no respondió; necesitó pensarlo y razonarlo. Pero por más vueltas que le daba, menos sentido tenía todo.
—Necesito más tiempo.
—Este caso está cerrado y tú tienes que seguir con una pila de otros. ¿Estamos como siempre, Erme?
—Dos días, y si descubro algo, reabrimos el caso.
—No, está cerrado. Ya quedé de pena delante del señor Rossi. No quiero que tengamos que volver al tema.
—Dos días y luego me pongo con uno u otro, como si tengo que recuperar y quedarme otro fin de semana.
El comisario lo miró perplejo. Al escuchar su oferta, negó con la cabeza.
—Un día. Son las siete y media. Si mañana martes a la siete y media no has conseguido nada, dejas el caso.
Y… —dijo el comisario, y asintió Gildo—, si te equivocas o no consigues ninguna prueba, lo que vas a hacer es quitarte esa barba de indigente, te cortarás el pelo, dejarás de venir con las camisas de flores y cogerás un coche de servicio —dijo, y lo miró aún más intensamente—.
¿Lo has entendido? Ciao , ciao a la Vespa y a tu imagen de profesor de surf.
¿Está claro? —preguntó el comisario—. ¿Tenemos trato?
Gildo no respondió. Solo avanzó, le estrechó la mano y, sin decir nada, se marchó del despacho.
Tenía veinticuatro horas para demostrar su teoría.
Regresó a la Vespa. El Lèttere Caffè estaba cerrado. En su móvil no había ningún mensaje de Marzia. Tuvo un pinchazo en el estómago. Echó de menos encontrar sus corazoncitos en la pantalla.
Desbloqueó el móvil y mandó él una cara con un beso.
Lo guardó, arrancó la moto y se marchó. Tenía que hablar urgentemente con una persona, y esa persona era la secretaria del señor Lucchesi. La investigación seguía.