Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 28
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Carmelo Zanatta estaba comiendo.

Como siempre. O trabajaba o comía o comía trabajando.

Se encontraba en su escritorio redactando un informe. Nada de ordenadores. Su jefe le había dado uno para que fuera más rápido y productivo, pero lo único que consiguió fue que cogiera polvo hasta que se lo volvieron a llevar.

—¿Qué diablos comes? —preguntó Gildo al entrar en la morgue.

El hombre levantó la cabeza. Tenía una bolsita de plástico y al lado un cuenco de aluminio. Este era el contenedor que usaba para depositar una bala o algún elemento extraño cuando lo sacaba de un cuerpo. El cuenco rebosaba de pistachos con cáscara.

Carmelo lo miró y le alargó la bandeja con los frutos secos.

—¿Quieres? Están deliciosos. Son pistachos picantes, creo que llevan wasabi o alguna cosa por el estilo.

El forense, al ver la expresión de repugnancia de Gildo, retiró la bandeja. Era la primera vez que le ofrecía comer algo. Pensar que ese contenedor había llevado trozos de riñón o balas ensangrentadas o a saber qué asquerosidad estuvo a punto de provocarle arcadas.

—No, gracias. Solo espero que lo lavaras.

Carmelo lo miró con perplejidad.

—Ah… sí, creo que sí.

Gildo tragó saliva.

—Me has llamado por el informe.

—He trabajado todo el santo día para ti. He conseguido averiguar varias cosas —dijo, y con la barbilla, indicó una carpeta—. Allí está.

Gildo la cogió antes de que se le ocurriera pasársela con las manos sucias de pistachos.

Una vez la carpeta estaba en sus manos, la abrió.

—¿Qué has averiguado?

—Pues lo que he descubierto es esto —dijo, y se metió un pistacho en la boca, dio un par de mordiscos, tragó y lo soltó—. La masa encontrada en la víctima no coincide con la masa de la pizzería de Salvatore.

Gildo suspiró de alivio. Su teoría, hasta allí, se estaba sosteniendo.

El forense siguió:

—He analizado las dos harinas. No es que yo sea un gran conocedor de tipologías de harinas, pero la masa de la cara de la víctima tiene menos gluten y menos fuerza panadera.

No es una harina profesional de pizzería, eso está claro.

Es más parecida a una harina común de uso doméstico. Una de supermercado, vaya.

—Muy interesante —dijo Gildo—. ¿Y las levaduras son las mismas?

El forense se metió otro pistacho en la boca. Lo comió emitiendo unos ruidos que asemejaban a un conejo con una zanahoria.

—Ni de lejos. La pizzería de Salvatore Tarantino trabaja con un levado de veinticuatro horas. Esta masa tiene levadura seca instantánea. Es una masa improvisada. La puede haber hecho en el mismo lavabo del hotel, con una harina y una levadura del supermercado.

Gildo bajó la cabeza y leyó el informe.

—En definitiva, inspector Falcone, esto no ha salido de una pizzería napolitana. Me juego lo que sea, hasta mi cena.

Gildo miró al forense y subió las cejas.

—Eso es decir mucho…

—Para acabar con este tema —siguió, y se metió otro pistacho en la boca—. Se rompe como una masa de domingo por la tarde. La de Salvatore habría quedado elástica, incluso seca.

Gildo asintió. Era lo que se temía. Una farsa, incluso la química gritaba ese veredicto.

Lo que estaba diciendo ese informe era que las dos composiciones químicas de la harina eran la noche y el día.

La masa de la pizza napolitana de Salvatore tenía una química pura, de tipo 00, sin cenizas, con mucha fuerza y un nivel de gluten muy alto.

En cambio, la de la máscara encontrada en la cara de Lucchesi era otra cosa.

Baja en fuerza, con muchas cenizas, con aditivos, almidón de maíz y ácido ascórbico.

El dato que le resultó más interesante a Gildo fue uno: en la masa de la máscara, había un índice glucémico altísimo.

Gildo sonrió.

En definitiva, una harina de baja calidad. Una harina para las recetas que se hacen en casa.

Cerró la carpeta y se despidió del forense.

Sabía que allí estaba la clave. Tenía que enseñárselo al comisario o al juez, o a alguien.

Había sido todo una puesta en escena. Gildo lo tenía claro.

El asesino no era Salvatore Tarantino. El asesino aprovechó la situación.

Compró una harina de supermercado y una levadura que mezcló rápidamente, fermentó y aplicó.

Lo tenía, tenía la prueba de que no había sido él.

Arrancó la Vespa y se fue directo a hablar con el comisario. Estaba seguro de que él lo entendería.