Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 27
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Gildo dejó de mirar por la ventana y se dio la vuelta.

Vio cómo Aurelio se divertía. Esa expresión era bastante habitual en él. Un director jefe que, al final, bajo ese traje impoluto y una imagen de profesional, no dejaba de ser un niño divertido y muy muy travieso.

—¿Tienes una idea? ¿Y por qué no me lo has dicho antes?

Aurelio se frotó las manos.

—Porque primero quería saber qué habías averiguado tú.

Gildo negó con la cabeza.

—Venga, director, escupe.

Aurelio se reclinó hacia el escritorio y movió el ratón. El ordenador se despertó y comenzó a activarse el silencioso y casi imperceptible ventilador.

—¿Tengo que ir?

Aurelio no respondió en un primer momento. Cogió un mando a distancia y encendió la televisión que estaba en la pared. Después de varias pantallas estándar, que cambió con el mando, apareció una noticia.

Aurelio se levantó, cogió su móvil y se sentó en el sofá justo al lado de la pantalla.

Gildo se quedó de pie, mirándola, perplejo.

—¿Qué diablos es?

Aurelio, si antes su expresión era de satisfacción, ahora era de gozo.

—Rebuscando en la vida de este hombre, he encontrado esta noticia de hace unos años —dijo, y comenzó a leerla.

Era un artículo del The Britannia Post .

Una periodista de nombre Tilda Glass lo firmaba.

Corría el año 2016. Un escándalo del señor Michael Lucchesi ocupaba la primera página.

En el tabloide británico, la noticia decía que el presentador de televisión y la mujer del primer ministro habían sido descubiertos en un hotel de citas diurnas.

La foto era de un Michael con diez años menos, ya sin pelo y con las mismas gafas.

A pesar de taparse con la mano y con una gabardina, se podía ver perfectamente que era él quien subía a un taxi londinense junto a una mujer rubia.

—Vaya lo que tenemos aquí —dijo Gildo.

Aurelio subió las cejas y chasqueó los dedos.

—Aquí tienes mi idea.

Gildo dejó de mirar la pantalla.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que esto es lo que puede haber pasado.

—No te sigo. ¿Crees que el ex primer ministro británico lo ha matado?

—No, el policía eres tú. Lo que quiero decir es que nos estamos centrando en lo que es la pizza romana, la pizza napolitana y la maldita gastronomía, y a lo mejor, a este tío lo han matado por otro tema que nada tiene que ver. Como, por ejemplo, por algo relacionado con esto.

Gildo asintió.

—La pizza solo es una excusa… Lo han matado por no dejar quieta la pilila dentro de los pantalones. Ya te sigo.

—Exacto. Ya sabes el dicho: si lo ha hecho una vez, ¿quién te dice que no lo ha hecho más veces? —dijo Aurelio.

— Il lupo perde il pelo, ma non il vizio . El lobo pierde el pelo, pero no el vicio.

—Efectivamente.

Gildo se giró hacia la pantalla de nuevo.

Leía el artículo cuando el teléfono de Aurelio sonó.

—Oh, perfecto, en horario —dijo el periodista—. Ven, siéntate.

Gildo no entendió.

—Ven, quiero que estés —aclaró Aurelio, y le indicó que se sentara a su lado.

Gildo se sentó justo a su lado y vio que lo estaba llamando un número largo con más treinta dígitos y prefijo de Gran Bretaña.

—Buenos días, señora Glass —respondió Aurelio al descolgar la llamada.

El teléfono se encontraba en el mueble de madera, delante del sofá. La voz de la mujer se difundió por el despacho a través del altavoz del móvil.

— Buongiorno , Aurelio. Un placer hablar contigo.

—El placer es mío. Estoy aquí con mi amigo e inspector de policía, Gildo Falcone, de la comisaría del Trastevere.

—Mucho gusto, inspector. Tengo pendiente una visita a vuestra preciosa ciudad. La Ciudad Eterna.

—Pues, por favor, cuando vengas, nos lo haces saber y te llevaremos a comer a algún lugar de primera.

—Cuenta con ello. He leído tu correo y te he llamado. ¿En qué puedo ayudaros?

Aurelio y Gildo se miraron.

—El inspector Falcone lleva el caso del señor Lucchesi, pero hay elementos que se nos escapan.

—Hola —dijo Gildo—. Verás, la situación es esta…

Antes de que el inspector siguiera, la mujer lo interrumpió.

—No hace falta que me lo digas. El señor Tarantino está en prisión como chivo expiatorio.

Los dos hombres se miraron.

—¿Se lo has dicho tú? —preguntó Gildo.

—¿Yo? ¿Cómo? Es la primera vez que hablo con ella.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Gildo a Tilda.

Del otro lado, se escuchó cómo la mujer espiraba, seguramente, el humo de un cigarrillo.

—Conozco muy bien el modus operandi de mi gobierno y de nuestros consulados. No es la primera, ni la última, vez que pasa.

—Tilda… —dijo Aurelio—, a raíz de tu noticia de hace diez años, de la mujer del ex primer ministro, queremos saber cómo era la vida sentimental, por lo menos la pública, del señor Lucchesi.

La mujer suspiró. Se tomó un par de instantes para pensarlo y sorprendió a los dos hombres.

—Si de pequeño le hubieran cortado la polla a ese chico, hoy habría menos problemas por Londres. También es verdad que, sin él, yo no hubiera tenido tanto material. Pero hay que decir que este hombre tiene hijos bastardos por todo Londres y líos, querellas, acusaciones. Un picha brava, sin duda.

—Es decir, que no solo tuvo el problema con la mujer del ex primer ministro.

La mujer se echó a reír.

—Ese hombre se ha acostado con medio Londres, y a la otra mitad le hubiera gustado acostarse.

Gildo se pasó las manos por el pelo y se reclinó en el sofá.

—Gracias, Tilda, nos has ayudado mucho.

—¿Estáis pensando que lo han matado por un ajuste de cuentas de su programa de televisión? —preguntó Tilda.

—Valoramos todas las posibilidades —respondió Gildo.

—Estáis perdiendo el tiempo. Os lo digo yo, que estoy aquí y ya me sé la historia. Habéis cogido al hombre equivocado.

—Tilda, no ha sido el inspector Falcone quien ha arrestado a Tarantino, han sido los de arriba.

La mujer se echó a reír otra vez.

—Muy típico. En fin, os tengo que dejar. Cualquier cosa, ya tenéis mi número de teléfono —dicho eso, la mujer sin despedirse, colgó.

Se quedó el despacho en silencio. Los dos mirando el teléfono. La pantalla seguía enseñando la noticia firmada por la periodista.

Con una llamada a Londres, se habían aclarado más temas que con una semana de investigaciones en la capital.

Gildo sintió que tenía que apresurarse o las pruebas del verdadero culpable se evaporarían con el tiempo.

Y si eso pasaba, no se podría perdonar que en la cárcel estuviera un inocente.

Tarantino no sería el hombre más honrado de la ciudad, pero no por ese delito.

Sabía que Tarantino no había matado a Lucchesi.

Sí, lo hubiera hecho, pero, de momento, en el código penal italiano, aún no eran delito los deseos.

Si eso fuera así, entonces habría más gente en la cárcel que en libertad.

—Bien, lo tenemos bastante claro, ¿no?

Gildo se giró y lo apuntó con un dedo.

—Ni se te ocurra salir con una portada de esto.

Aurelio lo miró mal.

—Gildo, no pienso perder este tren.

—Ni se te ocurra decir nada de lo que te he dicho yo.

El periodista lo tranquilizó. Solo iba a usar la información que podía sacar a la luz. Nada de filtraciones, nada de teorías conspirativas, nada de todo esto. Solo hechos y, por supuesto, un guiño a esa tendencia de sacar demasiado el miembro viril a pasear por la vida.

Llegados a un acuerdo, salió del despacho del periodista. Mientras bajaba por el ascensor, le sonó el móvil; era un mensaje de Carmelo, el forense.

Estaba justo en el otro lado de la ciudad, pero tenía la analítica de la pizza , así que decidió acudir enseguida. El tiempo pasaba y el verdadero asesino de Lucchesi seguía en libertad.