Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 26
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No era muy ético, pero a Gildo le dio igual.

En la búsqueda de la verdad, lo ético y lo políticamente incorrecto contaban poco.

Quedó esa misma tarde con Aurelio. Que un policía visitara a un periodista en su despacho del Roma Tribune olía a tongo. Pero a Gildo ya no le importaba lo que pensaran de él y lo que podía o no podía hacer.

—Llevo desde el sábado dándole vueltas… —dijo Aurelio.

Gildo asintió.

—Me gusta tu nuevo despacho.

—Por lo menos ahora podemos quedar aquí, antes lo teníamos que hacer abajo, en las salas privadas.

Gildo cogió la placa de la mesa.

—Director de contenido —dijo, arqueando la boca—. Estás hecho un portento.

Aurelio le hizo el gesto de la piña, juntando los dedos.

—Cuéntame lo que has averiguado.

Gildo le explicó la no tan agradable entrevista con el cónsul británico y la visita del político del Ministerio de Asuntos Exteriores.

De las ganas de cerrar el caso y, que daba bastante igual quién acabase entre rejas.

Le explicó que el cónsul no solo estaba de acuerdo, sino que, seguramente, había sido el artífice de toda esa conjura.

Luego, le explicó el acuerdo algo forzado con el señor Rossi y de los cinco minutos de entrevista con Tarantino.

—¿Te han concedido verlo? —preguntó, asombrado, Aurelio.

—No es todo. Tarantino me dio el número de su amante. En cuanto salí de allí, fui a verla.

—¿Has conocido a la amante de Tarantino? ¿En serio? ¿Puedo añadirlo en el artículo de mañana? Esto es una bomba…

—Espera, gringo, antes de reventar la ciudad con otra noticia que arrase con media capital, tendrás que esperar o sabrán que te he dado yo la noticia.

—¿Crees que los servicios internos no saben que estamos aquí? Todos lo saben, Alexa nos escucha, tu Siri nos escucha, Google también, los servicios secretos saben dónde estás. Gildo, baja del mundo de Yupi. Este es el pan de cada día. En fin, sigue con la amante.

—Esta mujer dice que estuvo con él y que estaría dispuesta a defenderlo ante un juez. Me enseñó su móvil, hay llamadas, mensajes y un par de fotos que acreditan que estaban juntos. Se ve que la mujer está enamorada.

—¿Y él?

Gildo se encogió de hombros.

—¿Es que tengo cara de cupido? Ni me importa ni me incumbe.

—Pero me has dicho que Tarantino no quiere que salga a la luz que tiene una amante.

Gildo apoyó los codos en las piernas y se pasó las manos por la cara.

—Pero, a ver, ¿tú crees que la mujer no lo sabe? Todas las mujeres saben ciertas cosas, lo que no quieren es admitirlo, perder el estatus, etc.

Aurelio solo sonrió.

—Puede haber sido un sicario.

Gildo negó.

—Lo he pensado, no lo veo.

—Puede haber sido la mafia, que pone el dinero de la pizzería y lo recicla.

Gildo negó otra vez.

—No, no lo creo —aseguró Gildo—. Tenemos que averiguar más de Lucchesi.

—Saber de cuántos restaurantes cobraba sobornos Michael Lucchesi para sus programas es imposible.

—Tiene que ser alguien al que no haya dejado en ridículo como a Tarantino. Alguien a quien, quizás, ese dinero le ha supuesto más inversión y lo ha acabado hundiendo. Esa es la línea de investigación.

—Y a Tarantino, ¿crees que no le ha afectado lo que le dijo Lucchesi después de todo lo que pagó?

—Sí, tienes razón, pero tienes que considerar que Lucchesi decía que detrás de Tarantino hay alguna sociedad criminal.

Si es así, si pagan a esta gente, a Tarantino le daba bastante igual.

Pero imagina que eres un restaurante pequeño, que vas justo, con sus costes, personal, y encima sacas un buen dinero para pagar a un tío como Lucchesi como si fuera la inversión de tu vida porque sabes que eso puede marcar la diferencia, y luego, en lugar de llevarte a las estrellas, te hunde… Ahí tenemos un potencial asesino.

Aurelio miró a Gildo en silencio. El policía también le devolvía la mirada. Muchas veces, ellos dos se entendían tan solo con eso, simplemente, con silencios y miradas.

—No me convence —dijo el periodista.

Gildo se levantó y se acercó a la ventana.

—¿No te convence? A ver, superperiodista, ¿qué es lo que sí te convence?

Aurelio se reclinó en el sillón y lo siguió con la vista. En su rostro apareció una sonrisa maliciosa, juguetona, casi malévola.

—Yo tengo otra teoría… —dijo Aurelio—. Y sé que te gustará.