Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 25
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Tarantino entró por la puerta.

Miró perplejo a Gildo. Le pareció fuera de lugar y casi increíble que ese hombre llevase una camisa hawaiana con flores lilas allí dentro.

—Alguacil, ¿qué es…? —preguntó Tarantino mientras la puerta detrás de él se cerraba.

Gildo activó el cronómetro en el teléfono. Consiguió llegar a la comisaría Palazzo di Giustizia en media hora. Aparcada la Vespa, entró y, ante su sorpresa, un agente de la policía lo estaba esperando. El Señor Rossi lo había llamado e informado del acuerdo.

Lo acompañó a una sala de interrogatorios sin cámaras, sin habitación de grabación detrás de un espejo.

Era una sala de las que usaban los abogados.

Confidencialidad absoluta. El señor Rossi había mantenido su palabra.

Gildo había tocado la peor de las teclas, la noticia que reventara en un periódico, esa era la peor moneda de cambio entre la justicia italiana y el consulado británico.

—¡Escúcheme! Solo tenemos cinco minutos —afirmó Gildo.

Esa expresión llamó la atención del hombre. Iba esposado y vestía un pijama de Calvin Klein negro, unas zapatillas Adidas y unas marcadas ojeras. Allí estaba delante de él el hombre que según las fuentes oficiales era el culpable de la muerte de Michael Lucchesi.

—¿Quién narices es usted? ¿Un detective privado, un periodista o un payaso? —preguntó Tarantino.

—Me llamo Gildo Falcone, soy inspector de policía y… —dijo, sacando de su camisa lila la placa— soy la única persona que le escuchará.

El hombre arrugó el ceño. Se giró mirando la puerta por donde había entrado como si tuviera un segundo de titubeo, a punto de gritar al alguacil que abriera y lo sacara de allí.

—Señor Tarantino, han pasado treinta segundos. Tengo un acuerdo con un político y podemos hablar cinco minutos, pero creo que no serán tan generosos y acaba de desperdiciar cuarenta segundos. Siéntese, necesito hablar con usted.

Tarantino le devolvió la mirada y, sin confiar mucho, se sentó justo delante de él.

—¿Qué quiere saber?

Gildo se acercó casi a un palmo de su cara con la mesa de por medio. Lo miró tan fijamente que estaba ejecutando el mismo efecto que un polígrafo.

—¿Ha matado usted a Michael Lucchesi?

Tarantino se lo pensó un segundo y respondió.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Porque soy la única persona en esta ciudad que puede ayudarle. Estaba al cargo de su caso. Ayer fui a su pizzería a buscarlo para hablar. Hablé con el encargado y me dijo que usted no estaba. Le dejé mi número de teléfono.

El hombre sonrió. Su mirada cambió de intensidad, aumentándola.

—Me acuerdo. Sí. ¿Era usted?

—Hemos perdido un minuto y treinta segundos —afirmó Gildo—. ¿Dónde estaba el viernes por la noche?

Tarantino miró hacia otro lado.

—El tiempo pasa…

Suspiró y bajó la mirada.

—¿Dónde?

—Estaba en casa de una mujer…

—No era su esposa…

—No.

—¿Es su amante?

Tarantino asintió.

—Necesito el nombre y el número de teléfono.

Tarantino se lo pensó. Ese hombre tan grande, que en los vídeos era un fanfarrón, grosero y altivo, no parecía la misma persona que tenía delante.

—Nombre y teléfono.

—Tiziana —dijo, y le dictó el número.

—¿Puede demostrarlo? ¿Hay grabaciones u otras personas que puedan testificar?

El pizzero se lo pensó por un instante.

—Inspector —respondió—. No he sido yo.

Gildo asintió.

—Lo sé. Le quieren cargar con el muerto, nunca mejor dicho. Pero si no puedo demostrarlo, van a falsificar las pruebas o a borrarlas si las encuentran antes.

El hombre lo apuntó con un dedo.

—Lo tengo, con la triangulación del móvil —dijo Tarantino—. Lo he visto en CSI.

Gildo lo pensó un instante.

—Estamos hablando del Ministerio de Asuntos Exteriores, cogerán la información y la harán desaparecer. No, lo que quiero decir es si hay una cámara en su casa o donde sea que nos sirva de prueba. A las doce de la noche, en algún lugar, ¿me entiende?

—Imposible. No tengo ni una, pero a esa hora estaba con ella.

—¿Ella puede testificar?

—No. Si hago que testifique, mi mujer se entera y me despelleja vivo.

—¿Prefiere que lo haga su mujer o algún compañero de la cárcel?

—Por lo menos, cuando salga de la cárcel, seguiré teniendo mi restaurante y mi mujer.

—Yo no estaría tan seguro —dijo Gildo, y bajó la mirada—. Tenemos un minuto.

—Podría haber encargado a alguien que lo hiciera, ¿no cree?

—Lo he pensado, pero algo no me cuadra. Tengo una pregunta, ¿quién podría querer ver muerto a ese hombre?

Tarantino bufó.

—Ese cabronazo era un hijo de puta. Primero, te hacía subir y luego, te usaba como felpudo. Muchos como yo adquirimos fama por ese individuo. Delante de la cámara, era de una manera, por detrás, era de otra.

—¿Con los restaurantes? ¿Con los propietarios de los restaurantes?

—No, con todos —afirmó Tarantino—. Pero lo peor no era eso, sino que para ser un restaurante top, como decía él, tenías que… —dijo mientras con una mano frotaba el pulgar con el índice.

—¿Había que pagar?

Tarantino asintió.

—Vaya, vaya. ¿Cuánta gente pagaba?

Tarantino sonrió amargamente.

—Todos le pagábamos a ese hijo de perra.

De repente, la puerta se desbloqueó y el móvil de Gildo marcó los cinco minutos exactos.

«Maldito Rossi…», pensó Gildo.

Tarantino salió acompañado por el alguacil. La última mirada de reojo se la dedicó al inspector, que venía a decir algo así como «confío en ti».

Gildo guardó el nombre que tenía apuntado y el número de teléfono.

Salió de la comisaría Palazzo di Giustizia y, sentado en su Vespa, llamó a la tal Tiziana.