Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 24
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El hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores se aclaró la voz.

—Inspector Ermenegildo Falcone, me parece muy preocupante que haga esta pregunta —dijo el señor Rossi con un tono arrogante—. Después de llevar el caso todo este tiempo, ¿aún no había llegado a la conclusión más obvia y veraz?

Gildo se quedó sin palabras. Podría hacerse el valiente y el presuntuoso y decir que él ya tenía el caso dominado y que podía haber llegado al asesino solito, pero optó por hacer justo al revés.

—No llevo con el caso ni cuarenta y ocho horas. ¿Qué es lo que se me ha escapado?

El señor Rossi ladeó la cabeza.

—Vamos bien… —dijo con condescendencia—. Lo que no nos esperábamos era que usted no lo viera enseguida. El caso del ciudadano británico es de manual —dictaminó.

—¿De manual?

El señor Rossi tenía el cuello muy recto.

Tendría unos cincuenta y pico años, delgado y con ojos saltones.

Se veía muy confiado y, seguramente, muy asqueado de estar hablando con gente de la plebe como ellos dos.

En su cabeza, tenía cosas mucho más importantes que pasarse por la comisaría del Trastevere.

—Un hombre amenaza a otro y lo mata. Punto. ¿Qué es lo complicado?

Gildo asintió.

—¿Me está diciendo que han arrestado al señor Tarantino?

Rossi asintió.

—Vaya, qué eficientes. ¿Quién lo ha arrestado?

—La policía, quién si no.

Gildo se esforzó en sonreír.

—¿Me refiero a qué agentes? ¿De qué comisaría?

—Los de la comisaría Palazzo di Giustizia.

Gildo asintió.

—Pensaba que la comisaría del Trastevere era la que estaba encargada del caso… —dijo, y se giró hacia el comisario—. ¿No era así, jefe?

—Eso es, pero ante su incapacidad e… —dijo Rossi, y miró a Gildo de arriba abajo, deteniéndose sobre la camisa hawaiana de flores de color lila— incompetencia, se les han adelantado.

Gildo asintió.

—Entonces —dijo Gildo, y se sentó en la punta de la silla—, déjeme entender una cosa, ¿por qué me lo encargaron a mí en principio?

—No fue una decisión mía —respondió Rossi.

Gildo se giró.

—Comisario…

—Lo importante es que el caso esté resuelto, ¿verdad, señor Rossi? De esta forma, todos contentos. Ermenegildo es un muy buen inspector, ahora se podrá concentrar en otros casos, ¿verdad?

—Efectivamente, comisario Espósito —afirmó, mirando a Gildo—. Caso cerrado y listo.

Gildo y Rossi se miraron varios segundos, sin decir nada, estudiándose.

Gildo entendió todo a la primera, pero no estaba conforme.

La verdad podía ser esa, no tenía la certeza absoluta.

El pizzero, el famoso Salvatore Tarantino, podía haber matado al británico, pero tenía que llegar hasta el fondo de la cuestión.

Necesitaba confirmación, necesitaba saber si en la cárcel estaba la persona correcta o, en caso contrario, el caso no le dejaría dormir por el resto de sus días.

Gildo asintió.

—Solo le pido un favor.

El señor Rossi arrugó el ceño.

—¿Cuál?

—Quisiera hablar con ese hombre.

—Está recluido, el caso cerrado y usted está libre de todo tipo de obligación. ¿Me ha entendido?

Gildo sonrió.

—Lo entiendo perfectamente, solo le pido un favor por la molestia. Ya que me ha llevado un fin de semana perdido, pido verme con ese buen hombre, ¿cinco minutos? —dijo Gildo, y se encogió de hombros—. Creo que es lo mínimo, ¿verdad?

El señor Rossi se levantó, se abrochó el botón de la americana y dijo:

—Veré lo que puedo hacer.

También Gildo se levantó y, con un gesto rápido, cogió por la muñeca al señor Rossi, fuerte y de forma inesperada.

—Creo que se ha equivocado de persona. No lo dejaré marchar con un simple «veré lo que puedo hacer». Quiero hablar con Tarantino, a solas, cinco minutos, esta mañana, y usted me lo garantizará.

Hubo un silencio incómodo en el despacho del comisario.

Los dos hombres se quedaron mirando; Gildo, agarrando la muñeca del otro.

—Erme, ¿es que se te ha ido la olla o qué?

Los dos siguieron mirándose como si el comisario no existiera.

—¿O si no? —preguntó el señor Rossi.

—Solo quiero la verdad. Tengo amigos que también la quieren y que, para políticos como vosotros, pueden ser un grano en el culo.

—¿Es una amenaza? —preguntó Rossi.

—Cinco minutos o este caso explotará en vuestra cara. Y me encargaré de que el cónsul británico sepa que el gilipollas de turno has sido tú —dijo Gildo, serio—. Y no es un farol, tengo su número de móvil. Me lo dio ayer por la tarde.

—Suélteme el brazo.

—Cinco minutos.

—¡Suélteme!

Gildo lo hizo y el político se masajeó con la otra mano la muñeca que le había agarrado.

—Comisaría Palazzo di Giustizia . Cinco minutos. Si sale ahora, cuando llegue, ya lo estarán esperando —esputó como si fuera su propia condena a muerte—. Ni un minuto más.