23
Si no hubiera sido por su Vespa, Gildo no habría llegado tan pronto a la comisaría esa mañana. Ni habría podido pasar por la morgue.
El tráfico de los lunes por la mañana era el peor, solo por detrás de los viernes por la noche.
Roma despertaba de un paréntesis de fin de semana.
Era una mañana calurosa y predecía que sería un día casi veraniego, casi de agosto.
Aparcada la Vespa, fue directo al Lèttere Caffè.
Entrar le supuso un extraño efecto. Hacía varias semanas que desayunaba en otro lugar. Ahora, después de hacer las paces con Marzia, ya regresaba a lo que más le gustaba, su rutina.
Se acercó a Marzia. Estaba de espaldas, haciendo cafés para otros clientes.
— Buongiorno —dijo Gildo.
Ella se giró y, al ver que era él, se le iluminó el rostro.
Marzia estaba guapísima, como siempre, como el resto del año. Con sus pantalones tejanos apretados y una camiseta negra debajo de un delantal de cuero. Pelo en coleta y una mirada que lo sedujo al instante.
—¿Cómo estás?
—Me alegro de verte de nuevo por aquí.
Gildo suspiró y le guiñó el ojo.
—¿Puede ser lo de siempre? Bueno, mejor dicho, lo que era siempre.
Ella le devolvió el guiño y le dijo que se lo llevaría a su mesa. A la mesa de siempre, la última de la derecha.
Gildo se sentó y esperó su manjar. Como siempre, un croissant de mermelada con un cappuccino , luego, a los pocos minutos, un espresso y otro al rato.
Mientras estaba acabando el primer espresso , vio cómo llegaba un coche con cristales oscurecidos. Se detuvo delante de la comisaría y, de los asientos traseros, bajó un hombre trajeado.
No hacía falta ser Sherlock Holmes ni el teniente Colombo para entender que ese hombre representaba problemas y que lo esperarían en el despacho del comisario.
El hombre entró y el coche se quedó delante de la comisaría.
Gildo se cruzó de brazos.
Cuando Marzia apareció con el segundo espresso , no le dio tiempo de beberlo porque su teléfono empezó a sonar.
No contestó. Era la comisaría.
Cogió el café y cuando sus labios tocaron el líquido, apareció Lillo. Sin mirar si algún coche pasaba por la calle, cruzó.
Tenía una mano levantada, como si Gildo aún no lo hubiera visto.
—A Gi, te he llamado.
Gildo acabó el café y bajó la tacita.
—Lo sé, pero estoy desayunando.
—El comisario, Gi, el comisario —gritó con una respiración entrecortada.
—¿Qué le pasa? ¿Le ha dado un infarto? ¿Se le está quemando el despacho? Para eso llama a los bomberos, ¿no te parece, Lillo?
El hombre tragó saliva y negó con la cabeza.
—Que no, que no. Que necesita verte.
—¿Verme? ¿Ya? ¡No son ni las nueve de la mañana!
—Un hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores. Tienes que venir. El comisario está gritando dónde estás y por qué no contestas al teléfono. Por favor, ven enseguida.
Gildo levantó las cejas. Conocía muy bien ese estado anímico del jefe.
Bajo presión, con los jefes que lo estrujaban y sin sus respuestas.
Una pequeña parte de él disfrutaba verlo sufrir.
Ese hombre, supuestamente del ministerio, debía traer órdenes de los de arriba.
Pondría la mano en el fuego a que ese individuo era quien había hablado con el cónsul británico, o bien el emisario, el correveidile de turno.
—Por favor, debes ir o lo pagará conmigo.
—Lillo, no te preocupes, Roma no está ardiendo. Pago y voy… —dijo para que se tranquilizara—. Necesitas hacer ejercicio, Lillo, no puede ser que estés cansado por correr veinte metros.
El agente de la recepción se tranquilizó y regresó a su puesto, esta vez mirando la calle antes de cruzarla.
Gildo así hizo, pagó y se marchó directo al despacho del comisario.
Lo primero que pensó fue que era curioso, esa mañana, el despacho de Er Bufa sí que tenía las ventanas abiertas, pero también que, inexplicablemente, no olía a tabaco.
—Erme, siéntate, por favor.
Gildo se sentó en la otra silla vacía, al lado de la visita. Otro punto extraño: su gentileza inusual e inesperada.
—Te presento al señor Rossi.
Gildo asintió y el otro le tendió la mano. Gildo se la estrechó.
—El señor Rossi ha venido para darnos una buena noticia…
No tenía mucha práctica en visitas del Ministerio de Asuntos Exteriores, pero, de esa visita, esperaba de todo menos buenas noticias. Como máximo, malas noticias bien vestidas para dar una falsa imagen de buenas.
Gildo subió las cejas y miró aún con más intensidad al hombre.
—Ya hemos encarcelado al asesino de Michael Lucchesi —dijo con orgullo.
Creyó no haber entendido bien.
—¿Cómo dice?
El comisario se lo repitió. En efecto, lo había entendido perfectamente.
—Vaya. Pensaba que el caso lo llevaba yo. ¿Qué ha cambiado? —preguntó con una cierta malicia.