22
Lunes.
Gildo empezó la mañana siguiente haciendo una visita sorpresa.
Bajó las escaleras de la morgue y se fue directo a la sala de Carmelo.
Tocó la puerta y pidió pasar.
—¿Qué te pasa, Gildo, es que en comisaría ya no te soportan y me vienes a tocar los cojones aquí?
Gildo sonrió de forma circunstancial.
—No, tranquilo, solo estoy de paso.
El hombre pensó un segundo mientras miraba el techo. Se estiró y la silla crujió debajo de su peso.
—Inspector, creo que nunca te has presentado aquí un lunes por la mañana. ¿Qué ha pasado?
Gildo enseñó la caja de pizza .
— Mamma mia … Ayer, cannoli siciliani , hoy, pizza . ¿Qué está pasando?
—No te pases, ya tuviste bastante con los cannoli . Por cierto, ¿te los comiste todos o has dejado alguno para hoy?
—Antes de que arrancaras la Vespa al salir de aquí ya no estaban.
—Lo suponía.
Gildo dejó la caja en la mesa y abrió la tapa. En ella, una porción de margarita era lo único que había.
El forense la miró y levantó la vista, casi ofendido.
La porción estaba reseca, con la punta levantada, y la mozzarella se había puesto de un transparente blanquecino.
—Necesito dos cosas.
—Empezamos mal. Ya vas con exigencias, Falcone.
Gildo hizo caso omiso del comentario.
—Necesito un análisis completo y exhaustivo de la masa que el británico tenía adherida al rostro.
Quiero una caracterización físico-química completa: perfil de proteínas, contenido de gluten, grado de hidratación, salinidad, tipo de fermentación, presencia de levaduras, trazas de aditivos y cualquier residuo compatible con harina industrial o doméstica.
—Gildo señaló entonces la pizza que llevaba consigo—.
Y después necesito el mismo análisis comparativo sobre esta muestra.
Quiero saber si ambas masas proceden de la misma harina, de la misma elaboración o, al menos, del mismo tipo de producto.
En otras palabras: quiero saber si coinciden.
Carmelo levantó la mirada y buscó la mirada de Gildo.
—Para lo que me pides, con una miga es suficiente…
Gildo puso los ojos en blanco.
—¿Por qué lo dices, Carmelo?
—Es una pizza y sería una lástima tirarla, ¿no te parece?
Gildo bufó.
—Eres increíble. ¿Piensas en algo más que en la comida?
—En las únicas personas que me entienden y que yo entiendo: los muertos.
Gildo negó con la cabeza y se dio la vuelta.
—Falcone, no me has contestado, ¿qué hago con esto?
Gildo, ya por el pasillo, le contestó.
—Haz lo que quieras…, pero lo necesito rápido. Muy rápido.
Carmelo se pasó la lengua por los labios. Eso era lo que quería escuchar. Cogió la caja y la guardó en la nevera más cercana, en medio de las mayonesas, mermeladas y demás cosas. Apoyó la caja justo encima de una bolsa negra.
—Perdona, Teodor, pero es que no sé dónde ponerla.