Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 21
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Asombro.

Al volver a verlo, la chica de la entrada sintió asombro.

No hacía falta que dijese nada. Su expresión era de: ¿qué diablos hace aquí de nuevo?

Gildo sonrió y no se dejó intimidar.

—¿Hacéis pizzas para llevar?

Ella asintió con la cabeza.

—Perfecto, una margarita para llevar, por favor.

La mujer no supo bien qué tenía que hacer. Toqueteó la pantalla que tenía delante y lanzó el pedido.

—Son quince euros.

Gildo levantó la mirada de golpe.

—¿Perdona? Puede que te hayas equivocado.

—No, la margarita son quince euros.

—Pero si una margarita vale siete u ocho euros. ¿Cómo va a valer aquí quince? ¿Y qué vale una con trufa? ¿Cuarenta?

—Cincuenta y cinco. Con trufa fresca de Alba. ¿Quiere esa?

—¡No! No pienso pagar eso, por ese dinero me voy a Alba a buscarla.

La mujer resopló.

—¿Quiere o no la margarita?

Gildo asintió y se ruborizó. Era un atraco a mano armada. Una simple pizza margarita con solo mozzarella y un par de hojitas de albahaca.

Era verdad que allí no se pagaba por la comida, sino por el ambiente de lujo. Por quince euros, se convertía en la margherita más cara de Roma.

Cuando la tuvo, se la llevó hasta la Vespa.

Conducir una moto con una caja de pizza tenía dos posibles consecuencias: estrellarse o ponérsela entre los pies, en posición vertical y que toda la pizza se fuera a un lado.

La solución más ideal era comerla por la zona.

Dejó la Vespa y caminó hasta un banquito que estaba justo al lado de la fuente del Via Borgo Pio. Se sentó y abrió la caja.

El vapor, que olía a tomate y a mozzarella , le envolvió la cara. Tuvo que admitir que tenía una pinta extraordinaria. Un borde muy muy crujiente y un sabor sublime.

No sabía si esa era la mejor pizza napolitana de la capital, ni si era mejor que las romanas.

De lo que sí estuvo seguro fue que tenía tanta hambre que le pareció la mejor en mucho tiempo.

Comió sentado como un turista. Viendo las personas que pasaban por la calle y se dirigían a casa o a un restaurante.

Cuando le quedó una porción pequeña, la guardó, aunque se la hubiera comido y, si hubiera pedido otra también.

Regresó a la Vespa; era hora del Porco Miseria.

Tenía la costumbre de que cuando llegaba al food truck , se fijaba en la gente que paseaba por los Foros Romanos.

Esa tarde noche del domingo había poca gente.

Podría ser por un partido, por un evento que no conocía o por cualquier otra cosa, lo cierto era que se cruzó con muy pocos transeúntes.

Y eso tenía una consecuencia directa, que del Porco Miseria saldrían pocos bocadillos.

Aparcó cerca y fue caminando hasta el puesto.

Fiorella lo saludó primero. Ornella se giró y salió por la puerta de atrás.

—No hace falta que te quedes —dijo, algo abatida.

—¿Qué pasa, hoy tampoco? —dijo Gildo, refiriéndose al trabajo.

Ella se encogió de hombros.

—Vendrán momentos mejores, ya verás.

Gildo indicó el mamotreto que estaban construyendo enfrente.

—Seguro…

Ella se giró hacia él.

—¿Has comido?

—Una margarita en la calle.

Ornella sonrió.

—¿Es que te han desahuciado de tu piso?

—No, es una larga historia.

Ella asintió y alargó los brazos, le arregló el cuello de la camisa, que se le había puesto mal.

—¿Qué tal con Marzia?

Él le explicó que había seguido su consejo y que habían desayunado juntos.

—¿Ves? Si cuando me haces caso… —dijo sonriendo mientras le daba una palmada en el hombro.

Gildo bajó la mirada.

—Gracias.

Ella hizo un ademán, quitándole importancia.

—Escúchame, esto está controlado, vete a casa. Nos vemos el miércoles, que hay el concierto ese. Y entonces sí que te necesitaremos.

Gildo suspiró, se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Eres la mejor. Gracias.

—Venga, vete antes de que cambie de idea.

Gildo sonrió y regresó a la Vespa. Arrancó y se marchó.

Ornella regresó a la caravana convertida en restaurante.

—La verdad es que el jefe es muy guapo —comentó Fiorella.

Ornella se giró como si le hubiera pisado un pie o un escorpión la hubiera picado.

—¿Él sabe que sigues enamorada? —añadió Fiorella.

Bajó la mirada, el comentario la dejó sin aliento.

—¿Cómo, qué dices? Nosotros estuvimos…

—Sí, ya, blablablá. Claro. Pero no he dicho eso —insistió Fiorella.

—¿Lo dices porque te gustaría probar? —preguntó Ornella, y levantó un brazo—. Si quieres dar un paso adelante, es todo tuyo.

Fiorella se acercó a la jefa y le dijo cerca del oído.

—Te equivocas, a mí me molan las chicas y nunca pondría los huevos en la misma canasta. Lo que digo es que a lo mejor sigue enamorado de ti. Ya sabes…

Ornella ladeó la cabeza.

—Hay otra mujer en su vida. Y así está bien. Nuestro amor se apagó y allí se quedó, atrás, dejando espacio a una nueva relación entre nosotros.

—¿Una nueva relación? —preguntó Fiorella—. Menuda bobada has dicho, jefa. ¿Y qué relación es esa?

—Una amistad preciosa.

—¿Estás segura? A lo mejor deberías decirle lo que sigues sintiendo por él.

Ella negó con la cabeza.

—Si hiciera eso, lo más probable es que se estropeara lo que tenemos.

—Perdona que me meta donde no me llaman, pero… ¿qué es lo que tenéis?

Ornella suspiró y miró por la ventana del food truck . Un grupito de asiáticos se acercaba y parecían hambrientos.

—Este chiringuito, ¿te parece poco?

—¿Crees que soy tonta? Veo cómo lo miras, cómo lo tratas, cómo lo observas de reojo. Si parecéis escolares. Lo que deberías hacer es coger el toro por los cuernos y actuar.

Ella se lo pensó. No le desagradaba la idea, pero el miedo la detenía. Las esperanzas que tenía eran entre pocas y nulas.

Los asiáticos se acercaron y empezaron a pedir.

La caja empezó a sacar tickets , los hornos, focaccias y bocadillos, y las freidoras, patatas con sabor a trufa.

Entre pedido y pedido, Ornella pensaba en las palabras de Fiorella y una pregunta la empezó a atormentar: ¿podrían tener una segunda oportunidad?