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A pesar de ser las siete de la tarde, la entrada de la pizzería ya presentaba una cola.
Gildo aparcó la Vespa cerca de la entrada, justo al otro lado de la calle céntrica.
Próximo al Vaticano, la horda de turistas que salía de los museos, hambrienta, se juntaba en la cola.
Parecía una inauguración o la venta anticipada de un móvil.
Nada de todo eso. Lo más seguro era que la polémica y la pelea con Michael Lucchesi le hubieran dado más notoriedad.
Después del vídeo trending topic del presentador inglés sobre si era mejor la pizza romana o la napolitana, allí estaba el segundo fenómeno mediático, un flaco favor a la pizzería.
Decidió quedarse sentado en el sillín de la Vespa hasta que el local hubiese abierto sus puertas.
Michael Lucchesi había muerto de la manera menos ortodoxa que se podía imaginar.
Aunque el asesino cometió un error: pensar que la policía creería la idea de que había sido asfixiado con una pizza .
A pesar de que las partículas de plumas encontradas en los pulmones revelaban una muerte por asfixia por una almohada, la idea estaba bien pensada.
El mensaje del asesino era que lo había ahogado la pizza .
Y esta representaba su ego, su arrogancia.
No era una simple masa de pan, no era un simple mensaje.
Y, además, la frase al lado era sensacional : pizza é napoletana.
Escrito en harina.
Harina, pizza , napoletana y una masa.
Elementos que no dejaban nada a la interpretación, nada de conjeturas, solo hechos y venganza. No eran pesquisas, eran una autopista para encontrar al asesino.
La venganza era un plato muy típico de la sangre caliente de Roma y de Italia.
¿Pero quién?
¿Quién mató al presentador británico?
¿Tarantino? ¿Alguien lo ayudó? ¿Un sicario? ¿Otro pizzero que pudiera sentirse salpicado?
Las puertas de la pizzería se abrieron y, poco a poco y con un cierto orden, fueron entrando.
Gildo miró a su alrededor y cuando consideró que era el momento, fue hacia el local.
Caminó lento, analizando.
La pizzería tenía un rótulo grande sobre la puerta.
Entró y le llegó un extraordinario olor a harina caliente y a horno a leña. Con un perfume de ese tipo, ¿a quién no le hubiera entrado mucha hambre?
Una mujer, que estaba detrás de un atril de madera, le preguntó si tenía reserva.
Al decir que no, ella dijo que ya no tenían mesas disponibles.
Sonrió y sacó la placa de la camisa floral de forma discreta.
—Necesito hablar con el señor Tarantino, es muy importante.
La señora se asombró por la placa.
—Lo siento, pero el señor Tarantino no se encuentra hoy aquí.
—Bien, ¿lo puede llamar?
La mujer se lo pensó un segundo. Miró detrás de Gildo y luego en otra dirección, como si buscase a alguien.
—¿Está aquí? ¿A quién busca?
—Lo siento, pero solo el encargado tiene su número personal y lo estoy buscando —dijo, salió de detrás del atril donde apuntaba las reservas y le pidió que la siguiera—. ¿Quiere esperar aquí? ¿Quiere tomar algo mientras tanto?
Él se acercó a la barra y no aceptó nada.
Se quedó observando a la mujer, que regresaba a su lugar para esperar a los clientes. Mientras, se iba comunicando con alguien por el auricular que llevaba puesto. Apretaba el botón, hablaba, esperaba una respuesta y lo miraba. Así un par de veces.
El establecimiento estaba casi completo ya solo al abrir. El escenario estaba vacío aún. Un cartel indicaba que la música en directo empezaba a las siete y media. Recordó el vídeo que Liam Cooper le enseñó por la mañana. Entendió en qué mesas estaban y desde qué perspectiva se había tomado.
Los primeros pedidos empezaban a llegar y el horno de pizzas empezó a estar cargado.
— Buona sera —dijo el hombre—. Me ha dicho mi compañera que busca al señor Tarantino.
Gildo sonrió.
—Lo lamento, pero no está aquí.
—Vaya, qué lástima. No sé por qué, pero me lo esperaba.
El hombre se encogió de hombros.
—Lo siento, pero no suele venir por aquí.
—Claro, claro —respondió con educación, simulando ser un policía calmado e incluso un poco tonto—. Necesitaría hablar con él. ¿Cuándo sería posible?
El hombre no supo qué responder.
—La verdad es que no lo sé.
—Necesito que le dé esto —dijo Gildo, alargándole una tarjeta de visita—. Quisiera que mañana por la mañana me llamase al móvil para vernos. Ya sabe, de forma amistosa.
—¿Amistosa? —preguntó el encargado.
—Claro, no quisiera que el juez emitiese una búsqueda y captura. Ya sabe, televisiones, periodistas, etc., o que la policía venga al restaurante y nos pongamos tontorrones con el restaurante patas arriba.
El hombre se quedó en silencio, las alternativas no le gustaban.
—Haré que el señor Tarantino lo llame mañana por la mañana.
Gildo sonrió.
—¿Algo más?
Gildo ya lo había pensado y se lo preguntó. Accediendo a eso, hubiera ganado varios días de investigación.
—Necesitaría dos cosas: una masa cruda de vuestras pizzas y una muestra de la harina que usáis para elaborarlas.
El encargado dudó.
Gildo vio cómo los pensamientos del hombre cambiaban; pareció que iba a acceder a dárselo, pero cambió de idea.
—Lo siento, no puedo. Prefería que regresara mañana con una orden judicial. Lo siento, pero los abogados del señor Tarantino no son muy comprensivos —dijo con toda la delicadeza que pudo.
Gildo sonrió con amargura. El hombre tenía razón, no podía obligarlo a nada sin el permiso de un juez. Y, además, se lo había dejado claro, los abogados del señor Tarantino tenían que ser temibles. Seguramente, no quería perder su puesto de trabajo para hacer un favor a la policía.
—Pero podemos invitarle a un agua o a una cerveza —indicó, ingenuo y con afán de arreglar lo que era ya imposible.
Gildo se despidió y salió.
Mientras se marchaba hacia la Vespa, se cruzó con un hombre con unas pizzas en una caja. Humeaban, una de ellas debía llevar cebolla y atún. Una de sus preferidas.
Recordó un detalle del vídeo, el señor Michael Lucchesi le espetó a Tarantino que estaba apoyado por mafiosos. Eso podía tener una cierta coherencia con lo que había mencionado el encargado. Si estaba respaldado por la criminalidad, estaría también protegido por ella.
Se sentó en la Vespa y se dio cuenta de una cosa. Al lado había otra pizzería, seguramente, de donde salieron las pizzas para llevar que se acababa de cruzar.
Ese fue el detonante de la idea. Bajó de la Vespa y regresó a la pizzería.