19
El consulado británico estaba relativamente cerca de la estación Termini.
Al lado del museo histórico de los Bersaglieri y de la Villa Bonaparte, entre otros monumentos.
Rodeado por un lado por las murallas y por la Puerta Nomentana, el edificio era cuadrado, de arquitectura de los años setenta, en una zona verde. El Jaguar Sedan negro y con matrícula del consulado entró por la verja junto a una tanqueta del ejército militar italiano.
Aparcó justo al lado de la puerta y bajó.
Al agente Smith no le había hecho mucha gracia que Gildo comiera pan en los asientos traseros del coche. Aunque tampoco le había hecho mucha gracia a Gildo no poder terminar la comida.
La verdad era que el coche se encontraba en unas condiciones de extrema pulcritud, seguramente, más que cuando salió de la fábrica.
Bajaron y Gildo siguió al agente. En el primer piso y al final del pasillo, había un despacho presidido por dos agentes de la guardia inglesa con fusiles de mano.
Dejaron pasar a Gildo y al agente.
—Siéntese, por favor.
—Prefiero esperar de pie —replicó Gildo solo para fastidiarlo.
Miró por la ventana. Con esas vistas privilegiadas al parque, era más fácil trabajar en el centro de Roma. El verde y los árboles rodeaban el edificio y había una piscina o estanque o lo que fuera lleno de agua que lo rodeaba.
La puerta se abrió. Un hombre entró sin dilaciones. Miró al policía y siguió en dirección al escritorio. Al segundo paso, se volvió a mirar a Gildo como si se hubiese equivocado, como si fuera un error. Nadie en su sano juicio vestiría con una camisa hawaiana en domingo.
—¿Inspector Falcone? —preguntó una vez estuvo detrás de su elegante y señorial escritorio.
Gildo solo se giró.
Era obvio que era él. El agente Smith no hubiera llevado a otra persona a esa fortaleza británica.
—Por favor, siéntese —dijo, indicando la silla.
—Tengo mucho trabajo. Prefiero quedarme de pie. Me gustaría volver a comisaría lo antes posible —dijo, y miró el reloj—. Llevo un buen rato sin poder avanzar con mi investigación.
El cónsul se apoyó en la mesa con las dos manos.
—¿Ya sabe por qué le hemos llamado?
Gildo se rio.
—No me han llamado —respondió—. Me han casi secuestrado.
El cónsul ladeó la cabeza de un lado al otro, desdramatizando la situación.
—Bueno, lamento ciertas prácticas de mi equipo, pero hay cosas que son necesarias —indicó con tono afable y un marcado acento inglés—. No me he presentado, soy James Tyson, cónsul británico en Italia.
—Lo sabía, lo pone en la placa de la mesa —indicó Gildo—. ¿Qué quiere?
El hombre se aclaró la voz e indicó con un gesto al agente Smith que se marchara. Este asintió, siempre callado, siempre con sus gafas de sol puestas, y salió.
—Verá, sé que está al mando de la investigación de nuestro connacional, Michael Lucchesi. Es cierto, ¿verdad?
Gildo ni se inmutó.
—¿Podría confirmármelo?
—Es cierto.
—Bien, gracias. Veo venir un problema diplomático con este asunto. No quisiera que esto aboque en un problema mayor. Por eso quería hablar con usted y saber cómo van las investigaciones y qué podemos hacer desde aquí.
Gildo se lo pensó, aquello era muy extraño. ¿Por qué un embajador lo llamaba para decirle solo eso?
Gildo se cruzó de brazos.
—Dígame la verdad. Ni usted ni yo tenemos tiempo que perder.
James Tyson rio nervioso.
—Queremos evitar un desastre diplomático y cultural.
No quiero que pase en mi mandato. ¿Está claro?
—ordenó—. No conmigo. Pronto vendrán nuestros monarcas en visita oficial y no me gustaría que Italia se mostrara una vez más como un país ineficiente e incompetente también en esto.
Prefiero enterrar el caso en los medios, o coger al que sea y tranquilizar a la opinión pública antes de que se extienda una psicosis o la idea de que Italia no es segura.
Lo digo por ustedes y lo digo por nosotros.
Además… —añadió con un movimiento de hombros mientras ponía los ojos en blanco—, la justicia italiana…
—¿Es lo que piensa?
El hombre negó con la cabeza.
—Digamos que he hecho varias llamadas a personas importantes de Roma y creemos que es la vía que hay que seguir.
—Es decir, si lo he entendido bien, prefieren que un inocente vaya a la cárcel y acallar a los periódicos antes de que el culpable verdadero sea llevado ante la justicia, si es que esto nos lleva un poco más de tiempo. ¿Es eso?
El hombre, elegante en cada gesto, asintió satisfecho. Antes de que Gildo pudiera responder, levantó un dedo y lo interrumpió. Con la otra mano, apretó un botón en el interfono de su escritorio, también elegante, también inglés y también ordenadísimo.
—Té para dos —ordenó—. Que sea completo, por favor.
Al soltar el botón, levantó la mirada a Gildo.
—Sabe qué hora es, ¿verdad? —preguntó, elegante y afable.
Gildo no miró su reloj. ¿Qué le pasaba a ese hombre?
—Son las cinco de la tarde, inspector Falcone. Es la hora del té. Me hará compañía para tomarlo. También habrá pastas de té de mantequilla.
—Prefiero el café y volver a trabajar.
La respuesta no le gustó. Al cónsul no le gustaba que las personas le dijeran que no. Estaba acostumbrado a que todos aceptaran sus invitaciones y que hicieran lo que él decía.
—Es más, me gustaría irme.
El hombre de detrás del escritorio se colocó de lado y, apoyándose con una mano, cruzó las piernas.
—Espero que siga mis recomendaciones.
Gildo, por primera vez desde que había entrado el cónsul, dio dos pasos hacia adelante, hacia él.
—¿O si no?
El hombre inglés siguió firme.
—Usted es joven, es lo mejor para todos, créame.
Gildo se tomó un segundo para responder, mirándolo a los ojos intensamente.
—¿Ya me puedo marchar?
James Tyson esperó un instante y luego, en la consola encima de la mesa, apretó un botón.
—Que venga el agente Smith.
Gildo caminó hacia la puerta.
—No hace falta que llame a macho man . Sé cómo salir. Gracias.
Al abrir, se encontró al agente Smith de frente. Su rostro era el mismo que cuando lo vio por primera vez, hacía una hora, y que cuando lo había dejado pocos minutos antes. Siempre igual, siempre impasible.
—Mejor que le acompañe nuestro agente, por si se pierde.
Gildo, sin girarse, concluyó:
—Imposible perderse.
El agente Smith lo escoltó hasta el Jaguar.
Los asientos traseros ya estaban limpios, sin las migas de pan que había dejado el invitado.
Gildo, para fastidiarlo, hubiera vuelto a comer un trozo de pan, mejor aún, un trozo de pan seco, del que deja muchas más miguitas.
O una crostata , pero no tenía nada. Era más, lo único que tenía era hambre.
Pensó en todo lo que le cocinó su madre para comerlo en un domingo de trabajo.
Se preguntó si se le escapó darle las gracias.
Cuando llegó a la comisaría, ya estaba cerrada. Todos los comercios de la calle estaban cerrados. En un domingo por la tarde, casi de noche, todos en esa zona estaban descansando.
Arrancó la Vespa y se fue al único lugar donde le faltaba ir.
Tenía la imperiosa necesidad de saber cómo era el pizzero Salvatore Tarantino y cómo era su pizzería.
A pesar de que ya la había visto en los vídeos, en persona siempre era otra cosa.
Así que aceleró y se fue directo al local de Tarantino.