Muerte a la Napolitana (Inspector Chef Gildo Falcone 6) 18
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— Porca miseria… ¡Lillo!

Él se giró de golpe.

—A Gi, ¿cómo vas? —preguntó con unos bigotes de tomate que se le dibujaban en el rostro.

—Esa era mi comida.

El guardia de la caseta de entrada de la comisaría estaba devorándola.

—No es lo que crees, Gi. Verás, te he dejado justo la mitad de todo lo que ha traído tu madre.

Gildo se acercó y, efectivamente, se había comido justo la mitad de todo. La mitad del pan, la mitad de los macarrones con tomate, la mitad del salmón y estaba calculando la mitad del tiramisú.

—El chófer de tu madre…

—Ambrogio…

—Ese. Aparcó en una zona que no se podía.

Vino la policía municipal y le estaban dejando una multa y, al verlo salir, se la hice retirar —dijo, satisfecho de la hazaña cumplida—.

Así que me preguntó cómo me lo podía agradecer.

Y le dije que mi mujer es una gran admiradora suya y que le haría ilusión ir al plató a verla y me dijo que sí…

Gildo negó con la cabeza.

—¿Y qué tiene que ver eso con mi comida? —dijo, divertido.

Al final, Gildo era consciente de que toda esa comida acabaría en la nevera de la comisaría y se la comería fría otro día. O incluso acabaría recubierta de moho y tirada a la basura en un par de semanas.

—Es que luego hablamos de que mi mujer es muy fan y que ojalá aprendiera de tu madre. Porque lo único que me prepara para llevar es un bocadillo de atún o una ensalada del supermercado.

Gilo se sentó en un sillón. Se abrochó el último botón y se puso una servilleta para que no se manchara su preciosa camisa de flores.

—¿Y qué pasó?

—Pasó que el chófer…

—¡Ambrogio!

—Ese. Me dijo que tenía arriba comida y que podía comer. Porque usted no se lo acabaría todo.

Gildo asintió y probó los macarrones. El hambre le estaba corroyendo por dentro. A los primeros bocados, ya se sintió mejor.

Llevaba tres bocados de pasta cuando una bocina empezó a sonar en la calle.

En un primer momento, no le dieron importancia, pero, después, cuando la bocina continuó, Gildo paró de comer y le preguntó a Lillo.

—¿Cómo has dejado la garita?

—Cerrada —respondió mientras saboreaba el tiramisú.

—Puede que sea alguien que viene a la comisaría, ¿no te parece?

Lillo paró de masticar.

— Madonna Santa . Puede ser .

El guardia dejó todo y se precipitó a una ventana que daba a la calle para ver qué estaba sucediendo.

Del mismo modo que se había ido corriendo, Lillo regresó.

—A Gi, tengo que ir a abrir.

Gildo asintió, sin más.

Lillo corrió escaleras abajo y Gildo escuchó como abría la puerta. Luego, mientras seguía comiendo pasta y repasando ideas, vio aparecer a Lillo de nuevo.

—¡A Gi!

—¿Qué pasa ahora, Lillo?

—Han venido a verte y tienes que irte.

—Me da igual, que esperen, estoy comiendo.

—Parece urgente.

Gildo, a la segunda insistencia del guardia, no reaccionó.

De repente, apareció un hombre por la puerta.

Iba vestido elegantísimo. Traje gris oscuro, corbata negra, camisa blanca con gemelos, zapatos marrones brillantes, un pin en la solapa y el pelo muy corto.

Llevaba gafas de sol y era más alto que Lillo.

Este, a pesar de ir con uniforme de domingo, parecía que iba en pijama.

Mientras Gildo se preguntaba quién demonios era ese hombre, Lillo lo miraba con la boca abierta y admiración.

—Soy el señor Smith, del consulado británico. ¿Es usted el inspector Falcone?

Gildo no contestó, seguía masticando los macarrones.

—Tiene que venir conmigo. El cónsul británico quiere hablar con usted. Es urgente.

Gildo cogió un trozo de pan y lo pasó por el tupper , rebañándolo. Luego, se lo llevó a la boca.

—¿Me deja cinco minutos para acabar? O si no, mi madre se va a enfadar mucho, y él —dijo señalando a Lillo— se lo va a chivar.

El señor Smith ni se inmutó.

—Insisto. Tengo órdenes de que tiene que venir inmediatamente. Tengo el coche aquí delante, tengo que llevarle. Es un problema diplomático. Insisto.

Gildo resopló y se limpió la boca de tomate. Cogió el trozo de pan que le quedaba y se lo llevó.

—Vamos a ver qué le pasa al cónsul que es tan urgente que no puedo ni siquiera comer —gruñó Gildo, y, al pasar delante de Lillo, le indicó su escritorio—. Lillo, llévatelo a tu casa o acábalo, me temo que mi comida finaliza aquí.

Al decir eso, tiró de la servilleta a modo de babero. Al ver que tenía aún la servilleta puesta y que había abierto al británico con esas pintas, se ruborizó.

El agente Smith levantó una ceja con un aire de asco.