17
La suerte de Gildo fue Ambrogio.
Era la primera vez que se ponía de su lado y eso le gustó. Y lo más sorprendente fue que Teresa lo escuchó.
Dejó toda su comida take away del domingo en la mesa y regresó a los interrogatorios.
Siguió con el cameramen .
Daniel Harper. Otro que chapurreaba algo de italiano.
Daniel y Michael se conocían desde hacía casi cinco años. Era su cameraman de confianza, tanto que, en los platós como en los numerosos documentales que había grabado alrededor del mundo, siempre iba él.
También se enteró de la defunción esa misma mañana de sábado cuando desayunaba con los demás. Había bajado y dejado a Sophie en la habitación mientras intentaba que los fuertes medicamentos le hiciesen efecto.
Decía que era normal, de vez en cuando incluso tenía que encerrarse en un lavabo, a oscuras y frío, para que el dolor pasara. Y ese día, a media mañana, se le quitó.
El resto de información coincidía con el resto del equipo.
Con la secretaria, en cambio, el interrogatorio fue mucho más corto.
—Solo tengo una pregunta más, señorita Walsh.
—Claro, dígame —respondió con acento inglés.
—La última frase de Tarantino fue: «¡Tú me has arruinado!» —indicó Gildo—. ¿A cuánta gente arruinó con sus posts envenenados?
Ella ni se inmutó.
—A nadie. Solo es la envidia que este hombre tenía por el éxito de Michael.
—No tengo mucha experiencia en redes sociales, es más, no tengo ninguna.
Solo me entero de lo que me dicen, pero leo periódicos y pregunto mucho.
Lo que quiero decir es que la gente puede hacer mucho daño con un solo clic.
Y que cuando alguien tiene muchos seguidores, puede hacer el bien y puede hacer el mal.
Lo que sí he entendido es que cuando uno es muy controvertido y muy polémico, tiene más likes o como se llamen.
—¿A dónde quiere llegar?
—Aparte de Tarantino, ¿quién más lo quería muerto?
—Nadie.
—Hay algo que no me dice….
Si la mujer no estaba aún lo bastante erguida, se estiró aún más.
—¿Cree que quiero engañarle?
—Me temo que, si no quiere ayudarme, no se preocupe, yo tampoco.
—¿Qué quiere decir?
—Usted y su equipo no podrán irse de Roma hasta nuevo aviso.
La mujer abrió los ojos de par en par. Miró al policía y rio de forma nerviosa.
—¿Cómo dice? —preguntó con un tono desafiante—. Usted no me puede impedir marcharme.
—No se lo voy a impedir, pero si hablo con un juez, me dará la razón.
Así que no hace falta que hablemos con el juez.
Simplemente, tenemos que llevarnos bien.
Pase en la Ciudad Eterna unos días, haga turismo y vaya de compras o quédese en su lujoso hotel.
Haga lo que quiera, pero la necesito aquí unos días —dijo Gildo con ánimo de no hacerla enfadar—.
Solo unos días. Usted y el resto del equipo.
—¿Ya me puedo ir?
Gildo le indicó la puerta, pero, antes de que se fuera, le pidió su teléfono por si necesitaba contactar con ella.
La mujer se fue y el minivan que los había acercado se los llevó de la comisaría en Vía Trastevere a su destino.
Gildo, en cambio, se quedó pensando un rato en la sala de interrogatorios.
Tenía la cabeza embotada de tanta información y una sensación de mareo que poco a poco se estaba apoderando de él.
No tenía dudas, tenía hambre. Habría ido a un bar cerca de allí y se hubiera cogido algún bocadillo o, si hubiera tenido suerte, podía encontrar una focaccia o una pasta con un cappuccino .
Se levantó y, al salir de la sala de interrogatorios, se acordó del manjar que lo esperaba en la mesa.
Llegó y la escena que vio no se la podía creer. Su comida había sido diezmada.